Libro XII El Pequeño Rey
y las Siete Parábolas
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Vamos a hacer una novela entre todos. Yo pongo el personaje principal y lo
delinearemos entre los cuatro –propone Alexander-. Desde ahora solicitamos a
los televidentes para que vayan completándolo.
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¿Y cuál es el protagonista? Ponlo de una vez. Pero si no nos gusta,
propondremos otro –azuza Marcela Aruyani.
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Es la historia de un tipo que fue educado por reyes y ahora es así, y de esa
manera trata a sus contemporáneos.
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Nadie sabe que el personaje fue educado por reyes, ni que debido a esa
formación, ahora trata a sus contemporáneos como súbditos –dice Katiusca.
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Como súbditos, si ve que se les puede montar encima. Porque si ve que no puede
inventar mucho, se somete inmediatamente y trata al que tiene enfrente como a un ser superior –agrega Piro.
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Educado por los reyes quiere decir eso: criado sometido, bajo el dominio de
alguien que profesa ciegamente la idea de que el destino de la gente es
obedecer, vivir sin comprensión de procesos y guardando las ganas de
equilibrarse usando contra otros el derecho a dominar –puntualiza Alexander.
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Fiel a los mandatos reales, el tipo tiene una mente obediente al pasado: le llega una idea que le da tristeza,
y le hace caso, la acoge y pasa la mañana triste –aporta Aruyani-; le llega un
remordimiento y lo retuerce por todo el día, cada vez que aparece otra vez.
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Desde el principio da suficientes pruebas de que no ve lo que tiene enfrente, pero no se da cuenta de su media
ceguera. Mediana, porque otras cosas sí las ve, o parece que las viera. –dice
Alexander-. Entre las que ve, están los demás, que le llegan solicitando
empleo, por ahí descubre que son fáciles de dominar y que puede aprovecharlos.
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De resto, pasa el día alucinando, pero no se da cuenta. Va por la calle y cree
ver a un empleado y ya va a regañarlo por andar suelto en horas de trabajo,
cuando se da cuenta de que no es su empleado, sino alguien parecido –inventa o
recuerda Piro.
Los
obreros están en plena faena oyendo el programa, comentando las peripecias ya
superadas del camino.
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¿Recuerdas cuando llegaba apurándonos, sin ver lo que estábamos haciendo?
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¿Y cuando desbarataba lo que encontraba, sin saber que estábamos haciendo un
experimento?
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Y nos botaba los utensilios de trabajo que acabábamos de inventar.
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No le decíamos antes de hacer las cosas, porque su costumbre era negar que
pudiéramos hacer algo bueno, inventar algo o mejorar un procedimiento. Entonces preferíamos hacerlo escondido y
mostrarle los resultados cuando ya no podía decirnos que no se podía.
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¿Por qué cerraste la puerta? –dice el pequeño rey.
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Esa vez se pasó. Estaba discutiendo con su socia, y ella, ¡delante de él!, se
despidió dando un portazo tras salir de la oficina. Pero, al ratico, el tipo te
reclamó acusándote de haber cerrado tú la puerta.
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Estaba tan colérico y cegado por la ira cuando discutía con la doña, que no se
acordaba.
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La arrechera le borraba la memoria.
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La arrechera y la costumbre de que el más tonto paga los platos rotos.
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O la convicción de que la realidad es como a él le da la gana que sea.
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¡Estás regalando las cosas del trabajo! –le reclama a otro empleado que entra.
Vio el obsequio hace poco, y asumió que se trataba de un objeto de la empresa,
pero, en vez de preguntar, juzgó y acumuló malestar hasta ahora, y reclama
agresivo. Enseguida se da cuenta de su error, pero no pide disculpas por haber
acusado injustamente al trabajador.
En
el estudio, los del Cuarteto ponen la “Canción para calmar un imperio”. “No hay
peligro, cálmate. Todo está bien. Viramos para entrar. Estamos llegando al
Cielo, por eso ya no te seguimos. No te hacemos caso, pero no somos extraños:
somos tu alma, tus mejores sueños, los que no has podido cumplir….. “. Termina
con un grito sabroso y espectacular.
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¡Eso nunca se ha caído ni se caerá! –refuta el personaje a un empleado que le
está dando una recomendación. Hoy en la mañana, una barra estuvo a punto de
caer y el obrero salvó de un golpe seguro la máquina que se encuentra al lado.
Pero, el personaje cree que se trata de una conjetura o un invento del
subalterno para llamar la atención, y no acepta que deba tomar alguna
precaución.
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Era capaz de negar cualquier verdad basándose en su autoridad.
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Como un rey.
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Si le llevas un reclamo, te ve como a un desquiciado, como diciendo, ¿en qué
mundo se creerá éste que está viviendo? -leen los envíos en la emisora.
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Si le ofreces un favor, o si haces una deferencia con él, si tienes una
atención de ángel, se prepara porque supone que lo estás trabajando para
sacarle algún provecho.
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O se prepara para aprovecharte, ya que considera que eres tonto y utilizable.
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Les tiene miedo a los motorizados. No le reclamaría nada a ninguno. Les tiene
miedo a las malandras también
- ¿Qué llamas malandra?
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No tiene el canon europeo, pero mejor, tiene un encanto especial, el trópico en
el alma: es zumbada, usa el lenguaje inventando, baila con soltura y decisión,
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Si es de pelear por su tipo, por algún chivache, por sus hijos, va y pelea, se
lo enseñó el ambiente.
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Si la invitas, “Hay una batería mal puesta por ahí, no está difícil”, te dice
Sí va. O, puede que te diga No, pero sigue siendo malandra.
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Es dura, guerrea con dos muchachos pequeños y un paquete, pero es capaz de
llevarse adicionalmente al perrito, lo mete en una bolsa y carga con todo para
adentro del microbús dando órdenes y con su toque de maquillaje.
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Huele a sabroso, a gente como uno, aunque no se haya dado el baño del día.
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Bueno, fin de la aclaratoria. Seguimos con el Reyezuelo.
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¡Sólo una más! El retrato no está completo, pero pueden completarlo.
Publicaremos sus envíos.
¿Y
qué pasa si este individuo se mete en un partido o logra un cargo público?
¿Y
si en vez de un Reyezuelo, fuera una reyezuela? –pregunta un participante
remoto.
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No me quiero meter ahí –dijo Katy.
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Eso dilo tú –dijo Aruyani Irato Tumi, prefiriendo evitar ella también.
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Ustedes no me consideran –se queja de repente el reyezuelo, olvidando todas las
veces en que este grupo de subalternos
lo han consentido amigables.
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¿Y la vez que lo ayudamos con esas maletas, fuera del horario, por hacerle la
segunda y causamos que los de ahí enfrente se estuvieran burlando un buen
tiempo de nosotros, porque les parecía un exceso de jaladera de bolas, de parte
nuestra?
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Su baja auto estima y sus psicosis de persecución le borraban toda la memoria
afectiva.
Los
radioescuchas y televidentes están enviando una tras otra retahíla de supuestas
y correspondientes acciones ejecutadas por el protagonista de hoy. Alexander
saca conclusiones:
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Si quien emprende lo hace para atesorar más que los otros, para aprovechar a
los otros usándolos como instrumento, ese temor…..
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Esa división –lo interrumpe Piro.
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Esa separación –los interrumpe Katiusca.
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Esa dominación –los interrumpe Aruyani.
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Si quien emprende lo hace para defenderse de enemigos, ese temor a la larga
engendra el mundo en que las tierras, las riquezas y las máquinas quedan en manos
de un mínimo por ciento de la población y la mayoría en la indigencia.
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Y hay un desprecio en usar a los que te ayudan. Es considerarlos inferiores o
incapaces de lo mejor. Eso es totalmente contrario al proyecto de elevarlos al
rango humano.
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Pero son los indigentes quienes tienen que darse su rango humano y elevarse
hasta emprender con nobleza, entre hermanos –recuerda Katiusca-. Ese crecimiento
es el requisito, la condición ineludible para terminar de heredar el cielo.
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¿Recuerdas el día que decidimos que no se podía trabajar para alguien así? –comenta
uno de los obreros.
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Sí. Pensamos que delirabas cuando hablaste de tener nuestra propia empresa. No
sabíamos que te habías estado asesorando con “Empresarios On Line”.
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Lo primero que establecimos fue que nuestro móvil para emprender no sería considerarnos
superiores, o querer aprovechar a los tontos que salían a la calle cada día, sino
demostrar que se puede hacer algo entre iguales.
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Y quitarnos al tipo de encima.
Los
del Cuarteto mezclan episodios de sus pasadas vivencias con los enviados por
los tele y los radio participantes.
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Lo acosa un presentimiento y lo acuna por una semana –suma Katiusca.
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Un tipo se le adelanta en la curva –tal y como hacen todos en la vía-, y él ve
la camionetota, se compara y piensa que le tiró el vehículo encima porque se
cree el rey del mundo -igual que él-, lo insulta, no muy alto, para que el
insultado no se baje del vehículo con un arma enorme y la cosa termine
peor. La esposa lo acompaña en su pelea
encubierta, se desahoga insultando bajito al de la gran camioneta.
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Su esposa le dice que la culpa de que el vidrio se ruede es que una punta del
sujetador está doblada, y él sabe que es verdad, pero no se lo dice sino que
agrega una causa adicional: es porque no entra bien –que también es cierta-,
pero ella se enfurece creyéndose contrariada y repite su razón y él repite lo
suyo en vez de desarmar la trampa y se maltratan mutuamente por un rato hasta
que cada uno se va para un lado diferente de la casa, pensando que el otro
sufre de estupidez aguda.
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Una de las claves del personaje es que no tiene cables a tierra –aclara
Alexander-. No descansa de darse mala vida. Cuando no está maquinando
presagios, está recordando oportunidades que se le fueron y no aprovechó, y se
lamenta o casi llora, pero no sabe que cada bajón de esos es evitable, que
puede eliminar cada mal paso con una comprensión y una sonrisa, que su
padecimiento es inventado y que puede descansar. Está realmente preso de sí
mismo y de la mala vida.
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En el comienzo de la empresa común, a cuenta de que puso la mayor parte del
dinero, quiere someter –agrega Piro.
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Y a cuenta de que era el más ideologizado, quería llevar la vaina para una
secta –dice Marcela
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¡Epa, epa, ése era yo! Pero eso fue sólo al principio -reclama Alexander-.
Okey, está bien, ésas valen. Si al tipejo de nuestra historia lo dejas de su
cuenta, ideologiza, parcializa, gobierna, paga y se da el vuelto. Sólo en una
sociedad altamente democratizada, termina montado en el carril humano.
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Cuando estaba molesto con la mujer, venía a pagarla con uno –recrea uno de los
obreros-: “Yo me jodí para tener lo mío, nadie me lo ha dado, ustedes creen que
los reales caen de las matas, si yo no me hubiese jodido no tendrían trabajo,
quieren venir a chulearlo a uno. Creen que uno nació ayer…..”
- Tuvo mucho tiempo cerca
a gente que lo adulaba, que se le rebajaba y le fortaleció su creencia de que
la forma de tratar a las personas era rebajándolas –lee Marcela un envío de los
mensajeros divinos.
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En realidad, todos tenemos algo del tipo: ese bárbaro personaje somos todos –lee
Piro.
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Y todos colaboramos con ese tipo de empresa que disminuye a la gente, se
apodera de cuanto consigue a su paso y acapara temerosa los bienes del planeta.
La economía es depredatoria, porque todos apoyamos al reyecito a que se
enconche detrás de ella.
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Pero entre todos podíamos ayudar a des la situación y a descontinuarla, y fue
lo que hicimos.
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Okey. Aprovechemos que ya empezamos a decirnos las verdades sin molestarnos y
saque cada cual una de su propio archivo personal y mándela.
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Mientras más aprendamos a reírnos del personaje, más cerca estaremos de no
reproducirlo con nuestros movimientos diarios.
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Manifiesta su alta tasa de sufrimiento en forma de choques, desencuentros,
frustraciones y tristezas. Se ve claro que ese sufrimiento es perfectamente
evitable, sólo que él no lo sabe y recurre a las formas canónicas para
equilibrarse: come de más y le sale una barrigota, se enferma, consume drogas
fílmicas, calmantes antidepresivos –lee Katy lo que envió un televidente.
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O sacude el odio contra alguien, al cual considera culpable: una forma
adicional de quedar escondido, a salvo en su caverna de pensamientos..
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Para protegerse, recurre sobre todo a recordar y repetirse que es un rey, que
los demás son inferiores porque él nació con un privilegio en la sangre, en los
genes o en el lugar de nacimiento de sus progenitores y lo debe disfrutar, y lo
disfruta cuanto puede. Así que descalifica a los otros, los despersonaliza si
los ve débiles, ejerce el más salvaje supremacismo en su ambiente, crítica,
enjuicia, condena a sus subalternos, los ve como enemigos. Todo el que no se le
somete es un peligro –transmite La Princesa.
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Necesita esos pensamientos de superioridad como una muleta con la que sube y
baja: se eleva un poco con esos pensamientos, pero siempre regresa a la
realidad que le sabe como una caída. En el fondo de ese vaivén se siente
sumamente frágil –lee Alex.
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Te juro que yo dudé que el tipo se pudiera venir. ¡Era una verdadera lacra!
–dice uno de los obreros.
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Cierto. Pero tenía sus momentos de amistad, le gustaba hacer favores, mostrarse
buen cristiano, compartir lo que le sobraba, entregar tiempo libre para el bien
común.
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Sí. Iba para la iglesia, pero salía con sus mismas ganas de eliminar
físicamente a sus enemigos, a los del gobierno, a los ladrones, a media
humanidad. Pero en el fondo era buena gente.
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Por eso fue que nos lo pudimos traer.
En
la emisora, los cuatro completan, reseñan, comentan, transmiten mensajes,
avanzando en su función.
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Se sabe ignorante en muchos campos y eso le duele, no sabe lidiar con ello y
quedar en paz. Descubre que la mayoría sabe más que él. Que los demás tienen
mejores profesiones, sueldos, empleos, carros, ropajes, amistades, pareja y
vidas más disfrutables, y eso lo deja mal: perplejo, incómodo, descolocado, mal
parado, sufriente –dice Alexander.
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Y entonces se molesta de nada, se ofende feísimo. Cuando se compara, fabrica la
imagen de que otro lo ve feo, horrible o tal cual es, y su horror lo hace
desorbitarse de locura. Es como un niño frente a un espectro –agrega Piro.
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Para completar el capítulo, faltan varias historias más. ¿Quién las envía?
–solicita Marcela.
En realidad, han llegado incontables anécdotas.
Seleccionan una de un árbol. La lee Katiusca.
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Aunque es opositor, tiene amigos en la Gobernación del Estado y los manda a
buscar para tumbar un árbol de la acera, frente a su casa, por debajo de
cuerdas. Los tipos llegan a la diez de la noche a ganarse su propina y hacen
las cosas mal y el árbol le cae sobre la cerca de la casa y se la rompe, pero
deja un gran reguero de hojas y palos que pasan una semana y acumulan basura de
los que, por flojera de caminar hasta la esquina, dejan ahí sus bolsas de
desperdicios caseros, aprovechando los montones iniciales de desperdicios. Unos
vecinos adolescentes queman una porción de esas hojas y palos, la pila más alejada de la casa del personaje
–quizá la escena más brillante y emotiva del relato-, se entusiasman, hacen una
gran fajina de lo más hermosa festejando con el fuego y, al final, al recoger las
cenizas y los últimos palos chamuscados, nuestro tipo no deja que el más
pequeño de los muchachos se lo ponga en la puerta, junto a la mayoría de la
hojarasca y los troncos que todavía están ahí. El pequeño rey somete al que la
llevó, porque era uno solo y casi un niño, diciéndole que él no tiene nada que
ver con ese daño, que él no mandó a tumbar nada y que eso es problema de la
Gobernación. Los muchachos se molestan de que haya sometido al menor y van todos
a reclamarle, unos ocho varones iracundos y dos hembras envalentonadas, y
entonces el reyezuelo se acobarda y deja que le pongan enfrente todos los maderos
y las virutas que sobraron del incendio. Ellos comentan que en la noche le
quemarán esa basura también, ya que el tipo no se responsabiliza ni quiere
recogerla, y entonces una vecina que los escucha y no quiere soportar el humo
nocturno y, además, tiene método, por no decir excelente juicio, va y encara al
reyezuelo con razones de peso: “Si fue la Gobernación, ¿por qué llegaron a las
diez de la noche en un camión de agua y no en uno de faenas, y por qué no
sabían tumbar un simple árbol? ¿Tú
realmente crees que la gente es estúpida y se cree eso de que no lo mandaste a
cortar?”. Y le menciona que cerca vive un Fiscal que ya indagó sobre el asunto
y alertó que en las ciudades no se puede estar quemando basura, porque hay
tuberías de gas capaces de explotar y crear una desgracia mayúscula. Al día
siguiente el reyecito manda a botar toda su basura. No se sabe cuál de las frases lo convenció. Para mí que fue: “¿Tú realmente crees que la
gente es estúpida? –comenta Katy.
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Le gusta equipararse con los de arriba, así sea sólo asumiendo las ganas de
ganarle a los demás. Saca energía o alegría de pensar que será igual de
poderoso algún día –le echa Piro leña al fuego para exhumar al personaje-. Ve
gente adinerada y la admira, se somete de inmediato, sin ver el proceso de la
escisión ni la raíz de la indigencia ni su dimensión global. Ve pobres y se
siente aparte pero se les monta encima con la misma mecánica inmediata: hijo de
reyes, rebaja, despersonaliza, menosprecia, pretende someter, disfruta los
puestos de jefe. Comparte la ideología de los encumbrados.
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Su modelo siempre es el mejor, no acepta discusión. Su idea inicial es
profética, verdadera por naturaleza, por eso queda dominado y choca o queda
alejado de lo que está afuera. Desconfía de todos. Se esconde en trucos de la
mente o cae en ellos: no sale de una idea que se le ocurrió, no cambia su
parecer. No pronuncia la palabra mágica para salir: no sabe que tal palabra
exista. Prefiere jugar a matar gente así sea virtualmente –primero, luego lo
hará de verdad-; eso lo aprendió de los reyes.
Si le mencionas un error suyo en algún procedimiento, saca a relucir
todos los tuyos, para apaciguar el golpe, y para quedarse sin evaluar su
problema, repitiéndose que el que tiene más de uno eres tú –agrega Aruyani.
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Pasea su anticuada forma de ser como un Don Quijote al revés –poetiza un tele
protagonista-, pero, en vez de noblezas e idealismos, recuerda iniquidades que
le hicieron y proyecta hacérselas a la gente común, a fin de ponerla en su
lugar y equilibrarse. Sus aventuras son sus deformaciones de la realidad, sus
equivocaciones, sus rituales de desencuentro. Pero como el público sí conoce
las salidas mágicas y está afuera, observándolo mientras él se debate en su
pequeña trampa de pensar -y sin saber que es fácil salir-, entonces el pequeño
rey queda en evidencia o en ridículo, con su equivocación estructural a cuestas
cada capítulo. El resultado es la risa, por parte del público lector.
Después
de unos anuncios y otras intromisiones,
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Si haces algo bueno en su entorno, cree que es porque te paga o porque le debes
servidumbre, por tu condición inferior –envía un trabajador de una fábrica no
liberada aún-. Nunca piensa que es porque hace falta y eres consciente o
artista y te divierte hacer lo bueno o tienes acceso franco a la amistad
general. Si le haces un favor, cree que es porque eres servil, porque él se lo
merece dada su condición superior, porque eres un lacayo.
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O porque le estás jalando bolas y se siente grande, como un jefe –completa otro
obrero en cautiverio.
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Mete su abolengo y su realeza en cada acto, no cree que haya nobleza en el ser
humano. En esa negación le va la honra, la autoestima.
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Si le reclamas algo, cree que es porque lo odias y lo quieres arruinar. Si le niegas
un favor, piensa que eres el más desconsiderado, el más desagradecido. Para él
la gente tiene una mente ruin y lo rodea de peligros y acechanzas –arman los
escuchas el perfil del personaje a ser decapitado.
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Yo sustituiría decapitado por descontinuado –corrigió la Princesa.
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Eso de vivir cuidándose, tiene su razón de ser. El mundo de los enemigos y las
acechanzas existe, Pero hay que estar dispuesto a salir y saber cuando alucinas,
para arribar al otro mundo –agrega Alex..
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Ve fijo el mal, distorsiona la realidad eternizándola: si se te olvida algo, piensa
que eres olvidadizo siempre, que todo se te olvidará sin remedio, no se acuerda
de cuando a él se la han olvidado vainas, ni cuando has tenido muy buena
memoria y lo has salvado –lee Katiusca un preci (o) so detalle.
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Eso de ver calificando, o descalificando, es una forma de crítica adversa, es
un acto preventivo contra un enemigo. Un ataque –elucida Piro.
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Siempre lo veía a uno deformado. Se imaginaba cosas y se las creía. Si te
tropezabas, era que siempre te la pasabas cayéndote. Te ponía un mote, una
etiqueta, y la prefería a la realidad de todos los días. No lo veía a uno como
alguien en progreso, con lo bueno y lo malo, pero en un aprendizaje. No creía
en el factor humano, te veía como un animal. Eso me enfurecía –recuerda uno de
los obreros.
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El personaje no ve a la gente como algo que se perfecciona, sino como algo
degradado y mal hecho para siempre. Te ve como una pérdida total, con una mirada
vieja y descalificadora que encierra una crítica, un juicio y una condena, todo
en uno. No eres como él sueña, totalmente obediente. Totalmente súbdito. Eres
levantisco e inventador, un problema para él. Lo dejas presto a la defensa.
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Cuidaba, medía, desconfiaba, te negaba, te espiaba. Te dejaba que lo hicieras
mal para luego reclamarte. Se alegraba si errabas, así se sentía más.
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Si le cuentas un secreto tuyo, lo usa contra ti: en el fondo, nunca estuvo
contigo. Si le confiesas un desliz tuyo, te dice Te lo dije, te acusa, te
recrimina, aprovecha para montarse. Si le cuentas un secreto de otro con la
promesa de que no lo divulgues, te traiciona.
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Recuerden que falta ponerle un nombre a la historia. Envíen sus propuestas para
el título.
¿Y
sus relaciones con la iglesia?
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Eso ya lo dijimos. Pero podemos abundar: concuerda con la iglesia porque ambos
tienen la misma visión de que la gente debe obedecer. Unos, los privilegiados,
inteligentes, europeos, etc, deben dirigir y los demás calársela.
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Pero sólo se alía con una iglesia y de un modo más o menos fanático y sectario,
negando las otras. Nunca se le ocurre entender el lío de todas contra todas,
atropellándose en la puerta e impidiéndose mutuamente entrar al cielo.
-
Le hace servicios a Dios ayudando a algunos desdichados, y enseguida cobra por
eso: va y ejerce sus razones jerárquicas, sus derechos monárquicos a someter.
-
Por esa época en nuestra historia, los pobres, los indigentes y los obreros
asalariados estaban en el gobierno y el reyecito los criticaba sobrado: “Ellos
no tienen sabiduría ni derecho a estar ahí y pronto caerán”, Y se ve cómo el
educado por los reyes apoya cuanto puede a los exterminadores de repúblicas.
Corre, con ingenuidad campesina -cuando no con solapada malevolencia
reptiliana-, los rumores más filosos y horripilantes, para ayudar en el
exterminio.
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Engreído, antipatriótico, separado, egoísta, servicial y religioso pero
desconfiado y despótico. Sin embargo, el mundo de la magia lo circunda – comienza
a terminar Alexander.
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Una vez que decidimos que todo cambiaría, que haríamos el experimento, que
nosotros tendríamos que cambiar primero, comenzó la subida del siglo. El
traslado de una era a la otra.
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Primero fue entrenarnos y volvernos expertos en salto mental. Luego diagramarle
la salida al tipo.
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No han enviado nada acerca de las trampas que el susodicho hace –anuncia Piro-.
De lo que le roba al fisco, de lo que escamotea encompinchado con los
funcionarios, De lo que le sustrae a todo el que le muestra un lado flaco. De
los sobreprecios con los suministros al estado o con las ventas al público.
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Ni de lo que hace con sus hijos –alerta Alejandro-. Los odia cada vez que son
ellos mismos, pero le hacen falta para llenar los vacíos del ego. Tiene que
mantenerlos, y se lo saca a cada rato, pero se desquita transmitiéndoles el
código cortesano: sométete a mí que ya te tocará el turno de someter a los demás.
Con ellos pequeños satisface su ambición de ser un soberano en su reino.
-
Finalmente, el prodigio, la realidad, las soluciones y la alegría lo cercan y
lo convencen. Un día descubre que es un rey entre reyes –aunque no en una
república salvaje sino en una divina-, y que ya los demás ciudadanos, los más
nobles, en vez de querer imponer su criterio unos por sobre todos los otros, y
en vez de conformarse con formar mafias y matarse mutuamente, se están
agrupando para compartir el poder en paz: todos. No unos arriba y otros abajo:
todos arriba y el pasado atrás, en el olvido –comienza a terminar Katiusca.
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Entonces el reyezuelo crece y se convierte en aquel empresario que dijo: “Yo no
me voy de aquí: un país que te ha dado tanto y es tan lindo, merece que, en su
hora más crítica, uno se quede a luchar por él hasta la victoria” –da por
terminado el cuento Aruyani.
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Y, a partir de ahí, el financiamiento noble, la nueva organización, la libertad
creativa. En vez de apremio por el dinero, temor a perder y trampa del
endeudamiento infinito, tiempo libre, pasión por el ingreso a la heredad, solaz, fin de la precariedad –pone su fin
Piro.
- El objeto de esta
historia es tipificar al emprendedor que abriga un sentimiento de superioridad
o desprecio por los explotables. Pero también para llamar a los entrenados para
subalternos, y pintar las formas en que eso puede cambiar, que siempre es
mediante el cambio mental en los subalternos.
- Recuerdo cuando llegué
aquí buscando trabajo –comenta uno de los obreros-. Uno creía que otro era el
que debía emprender. Esa era una creencia arraigada. A uno lo enseñaron para
emplearse al servicio de otro, como en la Edad Media, y lo creíamos una
institución inviolable.
- Esa educación era
decretar que la gente común no tenía cerebro.
- Hasta que vimos que los
empresarios debíamos ser nosotros.
-
Yo no lo hubiese creído posible. Si no lo hubiese vivido, no lo creería.
-
Era una tragedia. El tipo no estaba preparado para regir una empresa nueva
- Recuerdo cuando lo
emplazamos, le dimos las pruebas de que alucinaba a cada paso, preso en su
mente, que eso lo separaba, que era prácticamente un loco.
- No, señor. Su misma
esposa fue la que trancó esa puerta de un golpe. Usted estaba ahí y lo
presenció, aunque ya lo borró. Pero quedó grabado, vea el video de seguridad.
- Trató de rebelarse pero
le mostramos los montajes que le habíamos hecho durante los últimos tres meses,
las grabaciones con las veces que se había equivocado por desconfiar, por
querer imponerle su criterio a cualquier realidad contundente, las pruebas de
su desprecio consuetudinario y le dijimos que estábamos listos para que todo
cambiara.
- No señor, lo que regalé
no era de la empresa sino mío. Aquí tengo más. Mire bien todas las que tengo.
Usted nuevamente alucinó.
- Se volvió a pelar.
- Cuando vio las
evidencias del mundo en que vivía y la oferta para que se saliera del
pensamiento y viniera a encontrarse con nosotros en el Edén, el tipo quedó
anonadado, destruido. Mejor dicho, desarmado.
- Que él decidiera qué
iba a hacer. Regresar
a Europa, donde no lo emplearían, por la edad. Pero podría emprender con gente
entrenada como súbdita, como a él le gustaba.
-
O quedarse donde había estado, pero ahora solo, sin nosotros, con una empresa
al viejo estilo imperial, con súbditos a los cuales despreciara y tiranizara,
que le jalaran mecate, de los cuales él desconfiara, seguro de que, si bajaba
la guardia, de pronto descubriría que lo habían estado arruinando. Una empresa tradicional.
-
Pero ya había vislumbrado el horizonte más espléndido y quería verlo mejor, más
de cerca. Así que se lo mostramos. Lo primero fue elaborar, con
él, el nuevo estilo de trabajo.
- Jamás le hablará
molesto aquí a nadie. Si se siente mal, resolverá primero su brollo y luego,
cuando esté feliz, dirá lo que sea, entre amigos.
- Porque estamos aquí de
buen grado, como en nuestra casa, contentos. De modo que, cualquier cosa que
salga mal, nunca será por malevolencia y, en consecuencia, no habrá culpables
ni necesidad de calificaciones, críticas iracundas, molestias, juicios ni
condenas.
- Lo único viable es
entender, corregir y avanzar juntos.
- Pasó tres días
zurumbático. Realmente le habíamos estremecido el mundo.
- A los tres días se
vino.
- Yo no creí que diera
ese paso.
- Pero lo dio y nos
reunimos y aquí estamos.
- El programa de hoy, nos
fue sugerido por los trabajadores de una empresa recién fundada en el eje
noble. Y les secundamos la idea, para recalcar las cualidades que debemos
superar para ser empresarios de rango divino –aclaró Alexander-. Ya habíamos
abundado en las destrezas que debemos adquirir, pero no nos habíamos esmerado
en las que debemos abandonar.
-
Anuncio importante: ¡Ya tenemos el nombre para nuestro personaje! –Exclama
Katiusca-. Después de revisar una catajarra de propuestas, hemos escogido el
que nos parece más acertado-: el titulo será “Humano” ¿Qué tal?
Los del Cuarteto Ponen varias
canciones y, al volver, ya tienen otro tema.
- El gobierno hace algo
muy bueno y yo ni me entero. Sigo creyendo que no hace nada. Es decir, sigo en
conflicto con la vida: lo que ella está haciendo no concuerda con lo que tengo
en mi mente. Mi mente choca con lo real. Soy un conflicto –comienza esta vez Marcela.
- Se me ocurre una
variante: El gobierno hace algo muy bueno y yo ni me entero. Sigo creyendo que
no hace nada. Pero encima lo acusó de no haberlo hecho. Hasta que me entero y
me caigo para atrás como Condorito –se suma Katiusca
- A mí se me ocurre otra:
El gobierno hace algo muy bueno y ni te enteras. Sigues creyendo que no hace
nada. Pero encima lo saboteas sin culpa –dices, por ejemplo, que la vacuna rusa
no tiene permiso de la OMS. Debido a tu ignorancia al respecto y a tu
propensión a desconfiar de tu gobierno, entras en la guerra contra él –se agregó
Piro.
- Bueno. Aquí va la mía:
El gobierno hace algo muy bueno y sí te enteras. Pero, siguiendo tu propensión
a desconfiar, o los mandatos de tu psicosis asesina, ejerces un saboteo
consciente y bien informado, que comienza por decir que no hace nada.
- Hasta aquí nuestra
serie “La parábola infinita”. Manden la suya y se la agregaremos a la gran
pirámide de parábolas que quizá construyamos hoy.
- Aquí llegó una: El
gobierno hace algo muy bueno –junto con todo lo demás que es capaz de hacer,
según la programación del universo- pero prefieres ignorarlo. Escoges creer
ingenuamente algo muy malo que te enviaron. Lo crees de una, porque tienes la
idea de que los del gobierno son perversos y capaces hasta de producir la
muerte fría en masa. No averiguas si lo que te enviaron es una trampa para
derrocar a un pueblo tan inocente como tú. Y propagas la especie con todo el
odio que fuiste capaz de incubar –o de dejarte incubar-, con ganas de que una
parte de la humanidad sufra y pague todo lo malo que ha hecho.
- Muy buena. ¿Qué más han
enviado?
- Aquí nos llega otra: El
gobierno hace algo muy bueno –junto con todo lo demás que es capaz de hacer,
según la programación del universo- pero no te interesa. Tienes algo muy malo
que te enviaron y sabes que es inventado, pero lo propagas con todas tus ganas
de que una parte de la humanidad sufra y se rinda, para tú cobrar todo el
capital monetario que has invertido en este asunto.
- Yo les voy a contar un
sueño que tuve -ofreció Katiusca.
- Date –dijo Piro y
Katiusca se dio.
- Apareció un animalito raro en una de mis
gavetas y creí que era un ratón, aunque era más grande que un ratón. Y mientras
trataba de matarlo, comencé a verle algo raro, tenía unas alas amarillas. Y
luego que casi lo alcancé con un bate con el que quería exterminarlo, no
bateando de arriba para abajo, sino como puyándolo con la punta de una espada, alanceándolo
desde mí hacia él animalito raro -que estaba más o menos a la altura de mis
pezones, pero allá, en la punta del bate-, resultó que era un animal nuevo,
igualito a un chiguire pero con alas y más chiquito que un chiguire. ¡Un
chiguirito original, y yo había intentado matarlo de una, sólo por temor! Lo dejé,
pero al despertar todavía me preguntaba si un bichito así no será para
jodernos.
- Y ahora, ya bien despierta, estás propensa a
verlo como algo bueno que empezó a llegar.
- Aunque vas a estar
pendiente, por si acaso.
- Porque la vida se está
haciendo y no está terminada.
- Y cada uno de nosotros
cuenta.
Fin del libro XII
6 de diciembre de 2021
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