Rescate
a la venezolana
Población cegada
Capítulo especial de la
labor de rescate de la población fuera de la Estructura de la Muerte, es el de ir
a buscar a los que se encierran en su búnker de información maliciosa y son
capaces de repetir “No hay guerra económica”, o, “No hay ataque ni bloqueo
imperial”, cuando el señor Mendoza, nuestro principal productor oligarca,
declaró estar en guerra hace años, y Bolton aseguró que se sentía como Dark
Vader, mientras pugnaba por asfixiarnos. Pero nuestra población cegada –como zombis
que repiten lo que les grabaron- afirman su relato con todo el énfasis, como
una profesión de fe en la cual les va la vida: son realmente fanáticos
religiosos. Eso hay que curarlo o no habrá patria. Mientras la ceguera
voluntaria no sea curada, no habrá patria.
Una persona demediada a
ese punto de declarar con todo su ímpetu “¡En Venezuela el que se enferma y no
tiene real se muere y punto!”, obviando que tenemos la tasa de recuperados más
alta del continente, y la más baja de decesos, gracias a la salud pública
gratuita, con todos sus baches, una persona enferma a ese punto, es capaz de
empujar a todos aquellos de sus conocidos ingenuos que presenten los primeros
síntomas, a rehuir las clínicas del gobierno y a pasear su virus entre vecinos,
amigos y familiares durante días, infectando a un gentío, y agravar su estado
personal y solicitar la atención pública cuando ya su situación sea
irreversible y ponga en riego a los médicos y a todo el personal que lo
transporte y lo socorra: un daño neto inmenso, surgido de la mentalidad ciega por
el odio –a veces inocente pero igualmente maligna-, enferma y malintencionada
hasta el fascismo, en tiempos del coronavirus mayor.
Hace falta un rescate monumental,
a través de una campaña, tan seria y continuada como la prediseñada para redimir
a los realengos infectadores. Es imprescindible ir a buscar a los encandilados
por la ira, a los enfermos de ceguera mediática. Y esa campaña para cerrarle el
paso al fascismo, deberá hacer énfasis en que la población toda desarrolle al
máximo la capacidad para ver lo bueno y lo malo de todo, lo positivo y lo
negativo de cada evento, ver todo lo de un lado y todo lo del otro.
Negarse a evaluar lo
bueno y lo malo de un bando en guerra es incapacidad para deducir, pensar
comprensivamente, incapacidad para descifrar procesos con el pensamiento. Uso
limitado del aparato racional. Atrofia para confiar en los frutos de la
inteligencia. Pero, en general, esa parálisis cerebral proviene del
autoritarismo. Las ganas de tener razón y de que nadie lo discuta es deseo de
tener súbditos. Esa pasión por el pensamiento único es una afición metida en
los genes de nuestra cultura. Se forma en la misma estructura que lleva a creer
que hay un dios con ojos por todas partes, rencoroso, malévolo y vengativo. Esa
convicción de que está bien que alguien mande y los otros obedezcan, es un
problema cultural asido a lo profundo de nuestra psiquis. Para abatir esa forma
de pensar y de actuar, hay que desmantelar la estructura psicológica de la
sociedad. Hay que tomar por asalto la Estructura de la Muerte y destruirla.
Una operación gigante
debe ser diseñada: una batería de tácticas y escaramuzas evaluables
permanentemente, debe ser inventada: contratar una compra de medicinas y pasar
los detalles en pantalla nacional, decirles a los zombificados que se está
pasando por tv para despertarlos, para que vean, porque vivir así –demediados,
disociados, medio ciegos, casi lobotomizados, medio descerebrados- no sirve
para construir un país. En el evento televisivo hay que colocar todas las pruebas
de lo bueno hecho, las estadísticas, las alabanzas de los organismos
internacionales a la ejecutoria nacional en cada caso de éxito, la pandemia, la
vivienda. Otra estrategia pudiera ser dar la alerta sobre el tema, llamar a un
concurso de ideas y premiar las que más disociados se traigan. Desplegar todas
las iniciativas. Claro, eso no lo hará la revolución burocrática. Lo hará la
ON. Los sectarios están para alzar su bandera unos contra otros y fustigarnos
con la amenaza de la guerra. El trabajo de inventar para unir lo haremos
nosotros, los mutantes.
Los señores fascistas
dicen que Globovisión es del gobierno, porque para ellos, si no los apoyas,
eres del enemigo. Ese es el autoritarismo extremo, pero ese producto, esa forma
de actuar que sólo está conforme si lo complaces, esa manera de ser que niega
tu libertad a disentir, ese molde sale de nuestras familias, de nuestras
escuelas e iglesias, de nuestros partidos y de las redes y la tv –que los
principales canales de tv se inscribieran en el golpe de estado contra un
gobierno elegido por 70% de la población votante, dice hasta qué punto son
partidarios de negar el derecho ajeno, es decir autoritarios, fascistas-. Dejar
que la sociedad enseñe a la gente a ser así, ciega para lo diferente,
intolerante, es matarnos a plazos. Alguien así jamás se avendrá a otra cosa que
dominar. Dar golpes de estado, esclavizar, manipular por tv. Ser fascista, ser
intolerante, ser incapaz de ver que el otro puede tener una parte de la razón y
negarse a oírlo para aprender y cambiar en lo personal, es decir “Si no estás
conmigo, estás con mi enemigo”, “Te quiero esclavo o muerto”. O decir “Tú no eres
gente, no tienes mente, tienes que pensar con la mía, remolcado, o morir”.
Formar a alguien así es cometer un crimen de lesa humanidad, aunque lo haga la
escuela, la familia o la iglesia, y el proceso formativo culmine en una
Universidad. Tanto el padre, el maestro, el cura o el líder que forme a alguien
así, son operadores antisociales, son exterminadores de la sociedad. Y lo digo
con las pruebas en la mano; la II Guerra y sus cinco decenas de cadáveres, por
la medida chiquita. Entrenar a alguien para que sea fascista, sectario,
dominador o sumiso, debería ser declarado un delito.
Este es un capítulo
especial de la labor de la Oposición Noble, y habla de una etapa de transición
entre la democracia a medias -incluidas las revoluciones burocráticas-, y la
democracia real, sabia, creciente y enrumbada a adjudicarse la mayor nobleza en
la relación humana.
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