Cuidarse o no cuidarse

Es preciso saber por qué los más jóvenes no se cuidan. ¿Qué lleva a un muchacho, en plena avenida, a venir junto a alguien que riega las matas y tomar agua del chorro, con sus manos, sin siquiera enjuagárselas primero? ¿Qué diferencia a este muchacho de otro que sí se aparta cuando observa grupos de transeúntes o posibles infectados –los que vienen como tristes o cansados, porque pudieran estar ya contagiados, los que andan descubiertos, porque están más expuestos- y transita por el sector menos congestionado de la vía pública? Mezclados junto a los fuertes, los osados y los valientes, pudieran estar los atormentados, los agobiados por penas soterradas. Los de autoestima muy lastimada. Los sumergidos en un gran odio general y en deseos de suicidarse y morir destruyendo. Ganas de infectarse y morir matando gente. ¿Qué más podría haber? ¿A quiénes más debemos rescatar? ¿De quién más hay que cuidarse?

En primer lugar, la acometida mediática amorosa, los comics de rescate, las caricaturas buscando a los hermanos extraviados para sumarlos a la acción utópica conjunta, las pintas y volantes hechos por las organizaciones de base, las series de televisión, los comics y las historias bien contadas, todo con intención seductora armoniosa. Informar y seducir usando la vía transversal, el otro cerebro. Y todo eso elaborado tanto por comandos del partido como por los activistas libertarios autónomos, los entusiastas, los aprendices de ciudadanos nobles, los comunicadores voluntarios. Y luego, sin falta, las puniciones preventivas, para shockear a los dormidos, a los inocentes, a los fuera de esta realidad. El uso de la ley como amenaza, como preaviso para aislar a los infractores y disminuir su número hasta un mínimo. Finalmente, poner bajo candado a los que queden irreductible por las buenas, que ya serán muy pocos, en un centro de rehabilitación, hasta que se curen.

La meta de la cruzada persuasiva es encaminar a cuantos se pueda hacia los derroteros más edificantes. Redireccionar y aprovechar la energía de los que no se someten: persuadirlos y llevarlos adonde desplieguen constructivamente su valentía: a la frontera, a impedir el paso de los trocheros asesinos, a las jornadas de visita en los barrios, a los peligrosos repartos de comida y otros enseres casa por casa.

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Carnaval del deseo

Se habla de que la pandemia dejará un nuevo mundo. Sabemos a ciencia cierta que las ilusiones no bastan y que el nuevo mundo sólo llegará en la medida en que cada uno cambie de mentalidad: en la medida de la mutación psicológica. Pero nada impide sumarnos a la fiesta de los buenos augurios: ojalá el desastre, en nuestro país, convenza a los alcaldes de que necesitamos barrios organizados más eficientemente, donde la gente se conozca, tenga la mejor relación humana, capacidad para accionar juntos y poder territorial, que les permita detectar y regular a todo extraño que llegue: barrios felices y pueblos bonitos confeccionados, sistemáticamente, a voluntad, según las necesidades que la pandemia está planteando. Y ojalá convenza al ejército de declarar que no puede militarmente con la frontera, y lo lleve a solicitar la ayuda civil para poblar esa inmensa extensión con pueblos bonitos y barrios de gente renovada e incorruptible. Y ojalá la pandemia convenza a los venezolanos de formarse para ser esa ciudadanía inexpugnable, y ojalá se fuera la mitad de la población de las urbes demasiado saturadas, a fundar esos barrios fronterizos ejemplares. Desarrollar al máximo el control popular haría imbatible el poderío militar. Y ojalá la pandemia convenza a los comunicadores gubernamentales de que deben adquirir mayor autonomía de acción: adversar dentro de la unidad. Pasar a ejercer la revolución dentro de la revolución. Los del canal que nos cuida a todos –hay canales que, en el fondo, aunque lo ocultan hasta donde pueden, quieren a la mitad de los venezolanos muertos-, los del canal que nos quiere a todos vivos y felices pasarían a ejercer una autonomía combativa que los abriría al ejercicio de la oposición noble. No hablamos de que los comunicadores deban ponerse contra el gobierno y salirse del partido molestos, o romper con la revolución por cualquier controversia normal y cotidiana. Nada de eso. Eso era antes, cuando los adecos y los copeyanos. Aquí se habla de aprender a adversar desde la unidad: crecer en lo humano y aprender a hacer críticas valientes y leales. Cuidar a la gente en serio. Descalabrar informativamente lo que esté malo o incompleto. Ser del gobierno y de la oposición noble, que es también una forma de gobernar, animar ese nuevo tipo de ser humano integrado. Pero los que prefieran acercarse a fundar un canal nuevo, bienvenidos, Todos los que no son chavistas y quieren incursionar en la Oposición Noble comunicativamente, tienen el espectro abierto. Lo importante es dejar de alcahuetear. Ser Hombres Nuevos y Nuevas Creaturas. Iniciar la acometida sinceradora frente a todo intento burocrático de esconder la realidad. Por ejemplo, junto a los lugares, plazas y edificios que están siendo desinfectados, colocar, aunque sea, una lista escrita –ni siquiera las fotos, bastaría con la lista en letras-, de los lugares, paradas del Bus Ccs y otros sectores de la ciudad que permanecen abandonados e inmundos.

 

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Socialismo no - Paraíso sí

Y la Anc, ojalá descubra que no es para la burocracia para lo que fue nombrada. Sino para profundizar la democracia. Quizá este descalabro -doscientos muertos, para los venezolanos, es un descalabro, si lo comparamos con la excelente performance con que comenzamos la campaña anticovid- prepare a nuestros constituyentes para el paso crucial que se avecina: decidir, no hacia el socialismo -una mitad de los activistas divididos a favor del socialismo, contra la otra mitad que está a favor del capitalismo, ambos ciegos, viendo unos un seis y los otros un nueve, incapaces de entender todo el problema, incapaces de unirse y declararse la paz-, sino hacia la República inteligente. Para resolver a suficiente altura esta tarea de preservar al pueblo venezolano de la guerra –una pandemia eterna, más mortífera que todos los virus juntos-, deberán, todos los líderes de la Anc, volverse conocedores de las técnicas de solución de conflictos comunes, algo puntual y delicado, pero nadie dijo que ser Constituyente sería fácil o gratis.  En esta jornada de desear lo bueno que vendrá, mis deseos son que la Anc supere el sectarismo y se atreva a no decretar el socialismo y la guerra, y dicte una Constitución que decrete el paraíso y la paz, el traslado de todos a la Armonía entre nosotros: al Paraíso Terrenal.

Quizá, tras la pandemia, el gobierno aprenda que no basta la buena intención, los consejos blandos, los sacrificios de la gente encerrada, los médicos y demás héroes infectados y caídos en gallardo conbate. Hay que ir más allá, al fondo de la estructura mental de los renuentes, remover sus recovecos y deshacer sus juegos fatídicos. La guerra es militar, bacteriológica, económica, pero, sobre todo, psicológica. Fue burocratismo enorgullecerse con los primeros logros y pensar que ya todo se había hecho, mientras se obviaba el trabajo de disuadir a los rebeldes y sacarlos de su laborioso y productivo quehacer infectador.

Por supuesto, no se trata de que yo sepa, más que los revolucionarios poco profundos, sobre gobernanza de un país. Yo también estoy aprendiendo, como los demás. En el fondo lo que propongo son principalmente hipótesis sin comprobar, de que, aplicando solución técnica y sistemática de situaciones conflictivas, conocimiento proveniente de cierta ciencia aún desconocida para la mayoría y su método, se pudiera llegar más rápido adónde vamos. Y, a fin de cuentas, es posible que el gobierno tenga razón y esté acertando con su método de suplicar conciencia. Pudiera estar siendo una buena estrategia la del gobierno: dejar que unos paseen infectando incautos y otros entren al país sin salvoconducto sanitario y que los vecinos se reúnan a celebrar inconscientemente y que maten a unos cuantos miles para que vean el poder que tienen, ¡lo nocivos que pueden ser en medio de su inocencia! Y entonces suplicarles, en vez de exigirles, que entiendan y asciendan a la conciencia sin necesitar castigos, sin amenazas, en este país bendito donde la vida les da toda la libertad para hacer eso y crecer: y generar por esa vía su comprensión. Quizá está siendo una buena estrategia ésa del gobierno. Y de ser así, estamos navegando rumbo a obtener el doble lauro de acabar con la pandemia y entregar, ya probadas, las herramientas máximas de construir el cielo: la confianza en el buen juicio de los últimos de los ciudadanos, la fe en la celestial semilla que hay en cada uno de los hijos del cielo, la persuasión benevolente, la esperanza en los poderes divinos del universo. Me alegraría que así fuera.

Pero nos falta revisar otra hipótesis: quizá la revolución está en pie, no porque los opositores -incluyendo sus magnates imperiales-, son demasiado torpes, ni porque los revolucionarios venezolanos son lo más vergatario que hay, el colmo de la sapiencia, sino porque hay un poder divino que desea establecer de una buena vez un cielo en la tierra, y escogió este país y este continente para producir esa magna belleza, pese a cualquier error humano. Yo no la creo. Las hipótesis no son para creerlas religiosamente. Pero me gustaría que fuera cierta y, como parece que se comprueba día a día, descanso en ese mágico transcurrir. 

A la larga iremos viendo si se comprueba. Mientras tanto, yo me divierto descubriendo y dando a conocer nuevas vías posibles, e intentando reunir gente para transitarlas en el Barrio Feliz y con los otros proyectos factibles. Pero parto de datos seguros, sacados de la Ciencia de Uno y de ciertas evidencias: estamos en guerra y necesitamos confeccionar una acometida psicológica, en la cual el requisito fundamental es penetrar a fondo el fenómeno de la disidencia, la formal y ésta informal. Manejar ese fenómeno es la clave para unir y vencer. En fin, hay que irse a las fronteras, todos los que puedan ir –yo estoy anotado como voluntario- deben alistarse e ir adquiriendo el entrenamiento en convivencia feliz. Pero un contingente mayor debe dedicarse a producir bienes culturales que ayuden a atraer a los peligrosos hermanos que aún están dormidos en el sueño de la vieja normalidad, nuestro Escuadrón Dormido de la Muerte.

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Nuestro Escuadrón de la Muerte

En Venezuela hay un contingente de personas –un verdadero Escuadrón de la Muerte - que no le para bolas al gobierno ni a la revolución, que no se detiene en consideraciones de patria ni en sueños de república verdadera, que está dispuesto a hacer, y de hecho hace, lo que le da la gana y que es capaz, para muestra un botón: los números de la pandemia-, de destruir la labor de todo un pueblo valiente armado con su hermosa utopía, su determinación y su paciencia. Tienen la fuerza de ser rebeldes. La valentía del que busca libertad a ciegas, la irracionalidad suficiente para contravenir toda lógica: por ejemplo, algunas de las anarquistas libertarias no usan el tapabocas para lucir su faz y disfrutar ser admiradas por bonitas. Desde la óptica del conocimiento de confrontaciones comunes, este problema presenta un reto educativo. El enorme trabajo social pendiente consiste en convencerlos, elevarlos a un grado superior de conciencia y armonía –no disciplina. Los burócratas, por supuesto, no harán ese trabajo. El modus operandi de los burócratas es mantenerse en el poder a pesar de toda fuerza contraria, entregarle una cuota de poder y prevalecer a pesar de ella. Pero para la Oposición Noble la tarea es unificarlos a la República. Lograr que se sumen a la comunidad de intereses para halar todos –el país- hacia un mismo lado. Los valiosos y aguerridos ciudadanos de la pulsión anárquica aún dispersa, deben ser rescatados de su desbandada individualista –antes que los fascistas los agrupen- y deben ser enrolados en el proyecto utópico de protegernos todos en paz. Para ello es preciso enamorarlos, lograr que respeten y admiren la República y su intento de volverse verdadera, convencerlos del todo, hacer que vean el país como el portento que es. Venezuela y Latinoamérica deben pasar a ser para ellos una maravilla donde sea loable cobijarse. Mi trabajo, está claro, no es repetirles a los burócratas que estarán errados mientras no despierten de la cómoda costumbre y emprendan el camino difícil, que es fomentar con precisión sistemática el cambio de mentalidad. Mientras no emprendan la revolución dentro de la revolución, para ganar fuerza imbatible frente a cualquier adversidad. Mi trabajo es aceptar que estamos presenciando el ocaso de una dinastía burocrática, y afanarme en provocar el nacimiento de la alternativa, no sólo a la revolución incompleta, sino también al anarquismo popular inconsciente, al imperialismo gringo y al decadentismo colonial europeo, que nos tiene el ojo puesto, desde la época de los piratas del Caribe y la de aquel señor Shomburg, más filibustero todavía, que nos despojó, con un plumazo, de la Guayana Esequiba. Ese es mi trabajo: ayudar a fundar una patria que no sea de una dinastía personalista sino de todos. Y que no se quede en sus límites, sino que ame a todos los humanos y crezca sin avasallar a nadie, amando y convenciendo de la paz y de la unión, que crezca y una a Latinoamérica y a todo el orbe hasta fundar el paraíso en la tierra.

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