Cuidarse o no cuidarse
Es preciso saber por qué los más jóvenes no se cuidan. ¿Qué
lleva a un muchacho, en plena avenida, a venir junto a alguien que riega las
matas y tomar agua del chorro, con sus manos, sin siquiera enjuagárselas
primero? ¿Qué diferencia a este muchacho de otro que sí se aparta cuando
observa grupos de transeúntes o posibles infectados –los que vienen como
tristes o cansados, porque pudieran estar ya contagiados, los que andan
descubiertos, porque están más expuestos- y transita por el sector menos
congestionado de la vía pública? Mezclados junto a los fuertes, los osados y
los valientes, pudieran estar los atormentados, los agobiados por penas
soterradas. Los de autoestima muy lastimada. Los sumergidos en un gran odio
general y en deseos de suicidarse y morir destruyendo. Ganas de infectarse y
morir matando gente. ¿Qué más podría haber? ¿A quiénes más debemos rescatar? ¿De
quién más hay que cuidarse?
En primer lugar, la acometida mediática amorosa, los comics de
rescate, las caricaturas buscando a los hermanos extraviados para sumarlos a la
acción utópica conjunta, las pintas y volantes hechos por las organizaciones de
base, las series de televisión, los comics y las historias bien contadas, todo
con intención seductora armoniosa. Informar y seducir usando la vía transversal,
el otro cerebro. Y todo eso elaborado tanto por comandos del partido como por
los activistas libertarios autónomos, los entusiastas, los aprendices de
ciudadanos nobles, los comunicadores voluntarios. Y luego, sin falta, las
puniciones preventivas, para shockear a los dormidos, a los inocentes, a los
fuera de esta realidad. El uso de la ley como amenaza, como preaviso para aislar
a los infractores y disminuir su número hasta un mínimo. Finalmente, poner bajo
candado a los que queden irreductible por las buenas, que ya serán muy pocos, en
un centro de rehabilitación, hasta que se curen.
La meta de la cruzada persuasiva es encaminar a cuantos se
pueda hacia los derroteros más edificantes. Redireccionar y aprovechar la
energía de los que no se someten: persuadirlos y llevarlos adonde desplieguen
constructivamente su valentía: a la frontera, a impedir el paso de los
trocheros asesinos, a las jornadas de visita en los barrios, a los peligrosos
repartos de comida y otros enseres casa por casa.
***
Carnaval
del deseo
Se habla de que la pandemia
dejará un nuevo mundo. Sabemos a ciencia cierta que las ilusiones no bastan y
que el nuevo mundo sólo llegará en la medida en que cada uno cambie de
mentalidad: en la medida de la mutación psicológica. Pero nada impide sumarnos
a la fiesta de los buenos augurios: ojalá el desastre, en nuestro país,
convenza a los alcaldes de que necesitamos barrios organizados más
eficientemente, donde la gente se conozca, tenga la mejor relación humana,
capacidad para accionar juntos y poder territorial, que les permita detectar y
regular a todo extraño que llegue: barrios felices y pueblos bonitos
confeccionados, sistemáticamente, a voluntad, según las necesidades que la
pandemia está planteando. Y ojalá convenza al ejército de declarar que no puede
militarmente con la frontera, y lo lleve a solicitar la ayuda civil para poblar
esa inmensa extensión con pueblos bonitos y barrios de gente renovada e incorruptible.
Y ojalá la pandemia convenza a los venezolanos de formarse para ser esa ciudadanía
inexpugnable, y ojalá se fuera la mitad de la población de las urbes demasiado
saturadas, a fundar esos barrios fronterizos ejemplares. Desarrollar al máximo
el control popular haría imbatible el poderío militar. Y ojalá la pandemia convenza
a los comunicadores gubernamentales de que deben adquirir mayor autonomía de
acción: adversar dentro de la unidad. Pasar a ejercer la revolución dentro de
la revolución. Los
del canal que nos cuida a todos –hay canales que, en el fondo, aunque lo
ocultan hasta donde pueden, quieren a la mitad de los venezolanos muertos-, los
del canal que nos quiere a todos vivos y felices pasarían a ejercer una
autonomía combativa que los abriría al ejercicio de la oposición noble. No
hablamos de que los comunicadores deban ponerse contra el gobierno y salirse
del partido molestos, o romper con la revolución por cualquier controversia
normal y cotidiana. Nada de eso. Eso era antes, cuando los adecos y los
copeyanos. Aquí se habla de aprender a adversar desde la unidad: crecer en lo
humano y aprender a hacer críticas valientes y leales. Cuidar a la gente en
serio. Descalabrar informativamente lo que esté malo o incompleto. Ser del
gobierno y de la oposición noble, que es también una forma de gobernar, animar
ese nuevo tipo de ser humano integrado. Pero los que prefieran acercarse a
fundar un canal nuevo, bienvenidos, Todos los que no son chavistas y quieren
incursionar en la Oposición Noble comunicativamente, tienen el espectro
abierto. Lo importante es dejar de alcahuetear. Ser Hombres Nuevos y Nuevas
Creaturas. Iniciar la acometida sinceradora frente a todo intento burocrático
de esconder la realidad. Por ejemplo, junto a los lugares, plazas y edificios
que están siendo desinfectados, colocar, aunque sea, una lista escrita –ni
siquiera las fotos, bastaría con la lista en letras-, de los lugares, paradas
del Bus Ccs y otros sectores de la ciudad que permanecen abandonados e inmundos.
***
Socialismo
no - Paraíso sí
Y la Anc, ojalá descubra
que no es para la burocracia para lo que fue nombrada. Sino para profundizar la
democracia. Quizá este descalabro -doscientos muertos, para los venezolanos, es
un descalabro, si lo comparamos con la excelente performance con que comenzamos
la campaña anticovid- prepare a nuestros constituyentes para el paso crucial
que se avecina: decidir, no hacia el socialismo -una mitad de los activistas
divididos a favor del socialismo, contra la otra mitad que está a favor del
capitalismo, ambos ciegos, viendo unos un seis y los otros un nueve, incapaces
de entender todo el problema, incapaces de unirse y declararse la paz-, sino
hacia la República inteligente. Para resolver a suficiente altura esta tarea de
preservar al pueblo venezolano de la guerra –una pandemia eterna, más mortífera
que todos los virus juntos-, deberán, todos los líderes de la Anc, volverse
conocedores de las técnicas de solución de conflictos comunes, algo puntual y
delicado, pero nadie dijo que ser Constituyente sería fácil o gratis. En esta jornada de desear lo bueno que
vendrá, mis deseos son que la Anc supere el sectarismo y se atreva a no
decretar el socialismo y la guerra, y dicte una Constitución que decrete el
paraíso y la paz, el traslado de todos a la Armonía entre nosotros: al Paraíso
Terrenal.
Quizá, tras la pandemia,
el gobierno aprenda que no basta la buena intención, los consejos blandos, los
sacrificios de la gente encerrada, los médicos y demás héroes infectados y
caídos en gallardo conbate. Hay que ir más allá, al fondo de la estructura
mental de los renuentes, remover sus recovecos y deshacer sus juegos fatídicos.
La guerra es militar, bacteriológica, económica, pero, sobre todo, psicológica.
Fue burocratismo enorgullecerse con los primeros logros y pensar que ya todo se
había hecho, mientras se obviaba el trabajo de disuadir a los rebeldes y
sacarlos de su laborioso y productivo quehacer infectador.
Por supuesto, no se trata
de que yo sepa, más que los revolucionarios poco profundos, sobre gobernanza de
un país. Yo también estoy aprendiendo, como los demás. En el fondo lo que propongo
son principalmente hipótesis sin comprobar, de que, aplicando solución técnica
y sistemática de situaciones conflictivas, conocimiento proveniente de cierta
ciencia aún desconocida para la mayoría y su método, se pudiera llegar más
rápido adónde vamos. Y, a fin de cuentas, es posible que el gobierno tenga
razón y esté acertando con su método de suplicar conciencia. Pudiera estar
siendo una buena estrategia la del gobierno: dejar que unos paseen infectando
incautos y otros entren al país sin salvoconducto sanitario y que los vecinos se
reúnan a celebrar inconscientemente y que maten a unos cuantos miles para que
vean el poder que tienen, ¡lo nocivos que pueden ser en medio de su inocencia!
Y entonces suplicarles, en vez de exigirles, que entiendan y asciendan a la
conciencia sin necesitar castigos, sin amenazas, en este país bendito donde la
vida les da toda la libertad para hacer eso y crecer: y generar por esa vía su
comprensión. Quizá está siendo una buena estrategia ésa del gobierno. Y de ser
así, estamos navegando rumbo a obtener el doble lauro de acabar con la pandemia
y entregar, ya probadas, las herramientas máximas de construir el cielo: la
confianza en el buen juicio de los últimos de los ciudadanos, la fe en la
celestial semilla que hay en cada uno de los hijos del cielo, la persuasión
benevolente, la esperanza en los poderes divinos del universo. Me alegraría que
así fuera.
Pero nos falta revisar
otra hipótesis: quizá la revolución está en pie, no porque los opositores -incluyendo
sus magnates imperiales-, son demasiado torpes, ni porque los revolucionarios
venezolanos son lo más vergatario que hay, el colmo de la sapiencia, sino
porque hay un poder divino que desea establecer de una buena vez un cielo en la
tierra, y escogió este país y este continente para producir esa magna belleza,
pese a cualquier error humano. Yo no la creo. Las hipótesis no son para
creerlas religiosamente. Pero me gustaría que fuera cierta y, como parece que
se comprueba día a día, descanso en ese mágico transcurrir.
A la larga iremos viendo
si se comprueba. Mientras tanto, yo me divierto descubriendo y dando a conocer nuevas
vías posibles, e intentando reunir gente para transitarlas en el Barrio Feliz y
con los otros proyectos factibles. Pero parto de datos seguros, sacados de la Ciencia
de Uno y de ciertas evidencias: estamos en guerra y necesitamos confeccionar una acometida
psicológica, en la cual el requisito fundamental es penetrar a fondo el fenómeno de
la disidencia, la formal y ésta informal. Manejar ese fenómeno es la clave para
unir y vencer. En fin, hay que irse a las fronteras, todos los que
puedan ir –yo estoy anotado como voluntario- deben alistarse e ir adquiriendo
el entrenamiento en convivencia feliz. Pero un contingente mayor debe dedicarse
a producir bienes culturales que ayuden a atraer a los peligrosos hermanos que
aún están dormidos en el sueño de la vieja normalidad, nuestro Escuadrón
Dormido de la Muerte.
***
Nuestro
Escuadrón de la Muerte
En Venezuela hay un
contingente de personas –un verdadero Escuadrón de la Muerte - que no le para
bolas al gobierno ni a la revolución, que no se detiene en consideraciones de
patria ni en sueños de república verdadera, que está dispuesto a hacer, y de
hecho hace, lo que le da la gana y que es capaz, para muestra un botón: los
números de la pandemia-, de destruir la labor de todo un pueblo valiente armado
con su hermosa utopía, su determinación y su paciencia. Tienen la fuerza de ser
rebeldes. La valentía del que busca libertad a ciegas, la irracionalidad
suficiente para contravenir toda lógica: por ejemplo, algunas de las anarquistas
libertarias no usan el tapabocas para lucir su faz y disfrutar ser admiradas
por bonitas. Desde la óptica del conocimiento de confrontaciones comunes, este
problema presenta un reto educativo. El enorme trabajo social pendiente
consiste en convencerlos, elevarlos a un grado superior de conciencia y armonía
–no disciplina. Los burócratas, por supuesto, no harán ese trabajo. El modus
operandi de los burócratas es mantenerse en el poder a pesar de toda fuerza
contraria, entregarle una cuota de poder y prevalecer a pesar de ella. Pero para
la Oposición Noble la tarea es unificarlos a la República. Lograr que se sumen
a la comunidad de intereses para halar todos –el país- hacia un mismo lado. Los
valiosos y aguerridos ciudadanos de la pulsión anárquica aún dispersa, deben
ser rescatados de su desbandada individualista –antes que los fascistas los
agrupen- y deben ser enrolados en el proyecto utópico de protegernos todos en
paz. Para ello es preciso enamorarlos, lograr que respeten y admiren la
República y su intento de volverse verdadera, convencerlos del todo, hacer que
vean el país como el portento que es. Venezuela y Latinoamérica deben pasar a ser
para ellos una maravilla donde sea loable cobijarse. Mi trabajo, está claro, no
es repetirles a los burócratas que estarán errados mientras no despierten de la
cómoda costumbre y emprendan el camino difícil, que es fomentar con precisión sistemática
el cambio de mentalidad. Mientras no emprendan la revolución dentro de la revolución,
para ganar fuerza imbatible frente a cualquier adversidad. Mi trabajo es
aceptar que estamos presenciando el ocaso de una dinastía burocrática, y
afanarme en provocar el nacimiento de la alternativa, no sólo a la revolución
incompleta, sino también al anarquismo popular inconsciente, al imperialismo
gringo y al decadentismo colonial europeo, que nos tiene el ojo puesto, desde
la época de los piratas del Caribe y la de aquel señor Shomburg, más filibustero
todavía, que nos despojó, con un plumazo, de la Guayana Esequiba. Ese es mi
trabajo: ayudar a fundar una patria que no sea de una dinastía personalista sino
de todos. Y que no se quede en sus límites, sino que ame a todos los humanos y
crezca sin avasallar a nadie, amando y convenciendo de la paz y de la unión,
que crezca y una a Latinoamérica y a todo el orbe hasta fundar el paraíso en la
tierra.
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