Quinto Programa     La posición Noble

 

Como hemos visto, la oposición noble es oposición al gobierno en lo que éste tiene de burocrático o corrupto o ineficiente, pero es también oposición a la contrarevolución salvaje, que niega todo lo bueno del intento revolucionario. Por tanto, es rescate de lo bueno de los opositores salvajes, es la aventura de ir a buscar el alma de los hermanos que fueron envenenados y cayeron redonditos en la trampa de ver sólo la mitad de los hechos y hundirse en la guerra. La oposición noble es esa expedición del amor. Pero, además, la ON es también oposición al comportamiento imparcial, o neutral, supuestamente apolítico, que es en realidad el resultado de haber recibido una exclusión sistemática. Un apolítico está entre los más dominados por el proceso social: es alguien a quien se le conculcaron sus derechos a la participación, debido a que en el sistema autoritario unos mandan y los otros son excluidos del gobierno: sólo en el sistema amoroso todos pueden tener poder, porque aprenden a compartirlo y a vivir en paz. Ya dedicaremos un programa completo a este tema de la imparcialidad.  Por último, la Oposición Noble es el ejercicio de asumir la política en su nivel superior, aristocrático, más allá de los partidos, las divisiones, el odio y la mala vida: la acción tecnopoética de construir en cada presente lo que los seres divididos no pueden hacer, aunque lo deseen y prometan, la fundación de una Nueva Sociedad que acoja y proteja a todos. La Oposición Noble es, entonces, una expedición afectuosa que comienza con la mutación psicológica de los involucrados, para ir a rescatar a los que fueron separados o apartados sistémicamente, la batalla de la incorporación de los que contienden ciegos y de la mayoría silenciosa excluida, al ejercicio de una ciudadanía activa, benéfica, creativa, y aristocrática en cuanto ennoblecedora de la sociedad.

En este tercer programa vamos a establecer la base técnica de operaciones y algunas precisiones y exactitudes teóricas para afinar el método con el que estamos trabajando. Llamaremos Tecnología de la Mutación a nuestro bagaje instrumental y operativo de trabajo. Cómo todos los métodos, nuestro método surge de un saber. El saber inicial, en nuestro caso, es la Ciencia de Uno. La Ciencia de Uno es un conocimiento sobre la dominación, que comienza cuando detectamos la dictadura que ejercen las imágenes sobre nosotros mismos, sobre cada ser humano. Ese conocimiento sobre las imágenes íntimas que nos dominan, lo aplicamos enseguida a explorar la dominación entre individuos o entre grupos. La Ciencia de Uno es, entonces, un conocimiento sobre las dominaciones que produce el ser humano y su sociedad. Pero cada una de las dominaciones produce un sufrimiento específico: la dominación íntima produce angustia, pesar psicológico; las dominaciones en el ámbito social generan pobreza, exclusión, guerras. De modo que La Ciencia de Uno es un conocimiento del ser humano y su sociedad, en cuanto productores de dominación y de sufrimiento. El conflicto interior produce sufrimiento íntimo, dolor psicológico personal, y luego, durante los conflictos interpersonales, ese sufrimiento íntimo es trasladado al ambiente. Cada persona que sufre lleva afuera su dolor, creyendo que así obtendrá algún alivio y genera la sociedad dividida y caótica, el tormento que protagonizamos todos los días.

Un niño viene diciendo groserías enormes en la cabina del Metro, y disfrutando que nadie se atreve a reprenderlo, está sometiendo gente, está dominando a esa población. Algunos ríen alcahueteándolo, otros se hacen los locos, la mayoría está indignada, pero se inhibe. Quisieran que el niño callara (esa es la imagen que los domina y con la que chocan frustrados). Quisieran que hiciera caso, que fuera educado, como los niños de antes. Quisieran que acatara que “Eso no se hace, eso no se dice, etc”, y sufren frustrados. Quieren regresar al sistema autoritario estricto, pero no lo hacen, lo posponen. Son prisión en ese proceso de obediencia ciega a una serie de imágenes mentales, frustración e ira contenida y malestar general. De pronto una de las damas, furibunda, dice para los que están cerca de ella “Ése no llegará a los doce años”, así formula su deseo de matarlo, quiere que el muchacho muera para ella quedar en paz: eso es una trampa de tiempo, una solución en el futuro, una aparente solución que impide la solución verdadera ahora, ya; esa solución para dentro de uno o dos años, llegada de la mano de un asesino vengador, es una evasión. Pero quizá ella está expresando un sentir general, el sentir de todos los adultos que están oyendo las barbaridades verbales que suelta el infante desbocado e insolente, en su fiesta de la libertad arrebatada a contracorriente.  Quieren un cambio afuera, en un futuro impreciso, porque no saben que pueden obtener su liberación en un segundo, instantáneamente: bastaría con dejar de obedecer la imagen donde el niño hace caso y se porta como un buen chico, etc. Bastaría con aceptar la realidad, en vez de intentar opacarla con barreras virtuales, criticar, calificar, culpar, juzgar, condenar, evadir, posponer, comparar. Bastaría con dejar de pensar en esos términos. Eso los llevaría en el acto a dejar de chocar, de frustrarse, de sufrir. Entonces podrían estar en calma, aunque el niño siguiera igual, aunque persistiera en su provocación.

Y desde esa calma interior, todo resultaría diferente. Imaginémoslo: todos ven al muchacho sin sentir temor a que las palabras groseras sean pronunciadas, y sin escandalizarse por lo que el menor hace, todos lo ven sin imagen de enemigo, sin culparlo, en calma, y entonces ocurre la honda comprensión de lo que acontece dentro del niño: el muchacho está preso de hacer lo prohibido, en el nivel de la rebeldía ciega. Fue educado para obedecer por temor al castigo (que es lo contrario a entender y actuar por conciencia), pero como ya no tiene miedo –ya vio que los demás tienen más miedo que él-, demuestra su energía dejando de obedecer, retando a los posibles opresores.  En su búsqueda de libertad, queda opuesto a todos los adultos que quieren orden y obediencia. Pero quien lo llevó ahí, a la trampa con enemigos (hay quien quiere que muera para solucionar el problema) quien lo llevó ahí, fue el sistema de educación familiar, vecinal y escolar que tenemos, que entrena para temer, pero a la vez cada día castiga menos, convirtiéndose en algo inoperante, que deja a los adultos prisioneros de sus antiguos sometidos. Desde la calma íntima, los adultos verían que tal sistema está en decadencia y que la sociedad debe tomar una decisión: regresar a los castigos estrictos, o trascender el castigo y llegar al amor y dedicarse estrictamente (con el instrumental preciso, calma, técnicas, precisión) a fomentar la conciencia. La comprensión a fondo, llevaría a los adultos a determinar que las barriadas que tenemos están organizadas para producir niños así, y que antes que culpar al niño deberían asumir la tarea de cambiar esas barriadas y volverlas instituciones inteligentes, que trabajen para la armonía social.

Eso por un lado. Pero, si los adultos no están asustados, no temerán intervenir. Si no están enojados, si nadie se ofende, si se concentran en entender lo que pasa, sabrán que el niño está jugando a dominar, si acceden a la mirada del amor, podrán aportarle la acción unida que lo haga despertar de su sueño con enemigos, encontrarán la palabra justa, el chiste preciso que lo saque de su rutina de retar el peligro. Alguien dirá graciosamente una palabra más grosera que la pronunciada por el menor y le hará saber que su juego no asusta a nadie: quedará completamente desarmado. Si lo ven sin deseo frustrado de dominarlo, esa sola mirada desde la unificación psicológica ayudará a que el niño sepa que ya no tiene necesidad de vencer a otro, su provocación perderá todo sentido. Al no encontrar una población que se paralice, al notar que no logra molestar a nadie, abandonará el acto separado y la disuasión habrá sido, no como un coscorrón sino como una cariñosa mesada de cabello para atraerlo al calor del hogar de todos.

Resolver los conflictos interiores es la vía para concentrar la energía en el niño y comprender que sufre –es muy posible que esté reflejando los sometimientos previos recibidos, los daños sufridos y que esté vengándose, despreciando a los adultos, burlándose ante la incapacidad adulta para orientarlo o sujetarlo. El niño está lejísimo de entender a los adultos y amarlos. Pero sólo si los adultos se salen primero de esa trampa, del caos, sólo si se dedican a entender podrán quedar en condiciones de ayudar al que crece y, a la larga, construir otra sociedad, una con barrios felices donde ese tipo de problemas tenga solución eficiente a tiempo. Sólo si hay comprensión profunda de cada reto, podremos fundar una sociedad donde los adultos no deseen en masa que un niño, malcriado por ellos mismos, sea asesinado antes de cumplir doce años.

Hay un amplio rango de operaciones que poseen estructura de conflicto interior, que, por tanto, se disparan para articular el conflicto social, y que podemos agrupar como operaciones divididas: calificar, juzgar, condenar, culpar, criticar, evadir, posponer, comparar, aburrirse y similares, entre ellas. En todas, un sujeto dominado por sus imágenes, queda separado de otro o del ambiente. Cuando culpamos, no vemos el proceso del otro, nos perturba lo que hace, pues choca con nuestra idea, con nuestra imagen de lo que debería hacer: ese choque interno nos produce malestar. Éste terminaría si eliminara la imagen y me quedara con el presente y su realidad: entonces vería que mi contrincante es inocente, que es una víctima adoctrinada, que no escogió la guerra, sino que quedó atrapado en ella o algo así. Sólo cuando el individuo elimina su mundo de imágenes descubre las otras opciones y puede trascender y arribar a un universo feliz. Pero el que culpa se aferra a su imagen, se queda con ella y desecha lo demás. Igual ocurre con el juicio o la critica impotente y la condena: una imagen domina al sujeto y lo enreda en una acción infeliz que termina atacando afuera. Otras operaciones -esperar, aburrirse, preocuparse, angustiarse, remorderse y similares-, no involucran necesariamente a otro que es atacado, pero portan igualmente la estructura de la división, choque con el ambiente, o entre imágenes contradictorias y se vuelven contra el portador ocasionando daño psicológico personal. El que espera, da prioridad a su imagen en que alguien llega y lo saca de su malestar, de su insuficiente respiración, de su pasear incómodo de aquí para allá, sin notar que él mismo podría eliminar en un segundo todo lo que hace y descansar, o dedicarse a algo realmente grato. Las operaciones divididas pertenecen a un arsenal que azota al individuo y diezma la población. Despertar y salirse de los sectarismos, abandonar los grados intermedios de conciencia, unirnos hasta ser verdaderamente gente de paz y avanzar hacia la construcción de enclaves de un Nuevo Mundo, todo paso fuera del caos, comienza por aprender a detectar las operaciones divididas y desmantelarlas, como segmentos esenciales de la Estructura de la Muerte.

 

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