Delirio Fascio


El autoritario, el fascista manifiesta su credo cada vez que imagina un futuro sin sus enemigos, y cuando no se para en la muerte para lograrlo. Los revolucionarios novatos venezolanos no necesitan hablar de la muerte para tomar el poder. Ya tienen el gobierno, y pueden darse el lujo de predicar la paz y el diálogo, pero están bajo el peso de su tensión humanista y su carga histórica: están inscritos en una marcha rumbo al futuro, y tienen que aceptar la paz como llegadero, pero ellos no saben –ni se preocupan por aprenderlo- deshacer el dominio de las imágenes, la dictadura de la emoción, ¿entonces cómo van a desterrar del todo el odio, la ira y la necesidad de explotar? Se puede deducir limpiamente que esa explosión es cuestión de tiempo y que, igual que hicieron los burgueses, mantendrán el ideal ético en el futuro y la acción dividida en el día a día: caerán enredados en las redes del disimulo y la hipocresía. Es lo que ocurre con todo lo albergado en el seno de la Estructura de la Muerte. Sólo saliendo de esa demoníaca hechura y deshaciéndola sistemáticamente con cada acto, se puede llegar a una paz sustentable y a algo que podemos llamar unión, integración psi, amor. Y sólo entonces podrán dar, a los opositores, un trato diferente que garantice la fundación de una nueva sociedad.

El fascismo es el momento en que los demócratas divididos se quitan las máscaras. Pero cuando, en medio de sus etapas de receso, los fascistas ven un exceso de poder en manos de otro –hablo de cuando ven a toda la gente guardada en cuarentena, y creen, interpretan que es por acatamiento a una orden, se les despierta su instinto de dominación y renuevan sus ímpetus. No saben que una buena parte de la gente que se resguarda no lo hace por sumisión, sino que están actuando por conciencia, por voluntad propia, porque comprenden la situación y deciden libremente, por su propia cabeza, guardarse en sus casas. No conocen la libertad. No saben que el ser humano puede elevarse al grado de compartir el poder, dejar de ser autoritario, dejar ese mundo donde alguien manda y los demás son simples ovejas sacrificables. El asunto es que los fascio, creyendo que están presenciando una jornada de obediencia masiva y de mando autoritario excesivo, explotan con toda su irracionalidad y se proponen para ocupar ellos el papel de opresores absolutos. Se consideran los más aptos, los auténticos, los capaces de gasear y guardar el cabello y los huesos para usos industriales. Ellos, los verdaderos exterminadores, que ahora serían capaces de quemar negros e indios públicamente, y de asesinar a todos los viejos y de limpiar la faz de la tierra de pobres y de discapacitados, se ofrecen como candidatos al poder total. Y, cuando lo declaran, usan unas expresiones que demuestran una desfachatez y una locura, dignas del cuarto Reich: dicen que no hay coronavirus, que ése es un mito para dominar, y que no hace falta usar tapabocas.

Ésa es la locura que la sociedad humana tiene que aprender a sanar. Y no es llevándolos a Núremberg, ni excarcelándolos por décadas, hasta que mueran. Es aprendiendo a unir a los otros, a los que quieren alejarse de todo holocausto, a los que no quieren ser fascistas ni que éste flagelo vuelva. La forma de conjurar el regreso de la monstruosidad es uniéndonos los más sensatos de los humanos en un frente más allá de los partidos y los credos, un frente que construya la sociedad sin dominados, y facilitando así que triunfe la inteligencia y se expanda la conciencia de la unidad, la paz y la armonía. Cambiar los colegios, cambiar los barrios, los programas de entretenimiento, la forma de hacer política y economía: ¡ésa es la tarea! Reencantar nosotros el mundo, para que ellos no tengan problemas qué arreglar, ni modo de tomar el poder en ningún lado.

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