Encerrar
a los sensatos y soltar a los dementes
Comienzos de agosto: Hoy, a los que andan todavía sin
tapabocas, debiera asustárseles con una ley: “Si te encuentro sin tapabocas, y te
hago una prueba y estás infectado asintomático, te salen veinte años, por
asesino encubierto”. Y a los que andan en fiestas ligeras, infestándose sin
culpa unos a otros, igual: “Si te encuentro en una fiestecita, y te hago la
prueba y estás infectado asintomático, te salen veinte años”. Y a los que se te montan encima en las colas y si les reclamas el metro y medio de distancia te reviran molestos, igual. ¿Por qué? Porque
a la gente hay que cuidarla de verdad, y porque al que no sabe hay que
educarlo. El gobierno se está conformando con mantener en cuarentena a los que
la cumplen, y deja libres a los infractores. Es como hacer pagar a los justos y
perdonar a los pecadores. Es alcahuetear al hijo desobediente, dejarlo sin dirección,
sin norma. Maleducarlo y de paso apalear al hijo sano. Es como ponerle una nota
general a todo el salón, porque se negó a delatar a uno que saboteó la clase,
con la diferencia de que, con la nota, el infractor también paga. Por huirle al
mote de dictadura -que, aunque inmerecido, corre desenvueltamente gracias a la
sevicia imperial-, estamos castigando a los virtuosos y solapando a los
pendencieros. Es correcto el rumbo, no reprimir es la ruta del amor, pero es
errada la acción concreta: alcahuetear no es gobernar. A ese problema hay que
ponerle el freno lo más rápido posible. Es urgente.
Y resulta que direccionar con firmeza a los infractores no nos
llevaría a parecer una dictadura, podría, por el contrario, perfeccionar
nuestra ruta amorosa. Porque en realidad la mayoría está haciendo una
cuarentena archivoluntaria y súperconsciente. Y, además, la medida no tiene por
qué salir del gobierno como una potestad autoritaria. El espíritu de la
participación nos dicta que debería autorizarla el pueblo, consultado en una
encuesta. Si agenciamos que sea la gente quien analice, legisle y resuelva el
problema de los anarquistas infectadores, afianzaríamos la democracia popular y
obligaríamos, una vez más, a los servidores imperiales, a tragarse su campaña
difamatoria.
Pero el gobierno revolucionario no hace nada especial contra
los violadores de la cuarentena, porque ésa es la norma en la Estructura de la
Muerte. Alcahuetear es lo que ocurre en las familias, en los barrios, en los
salones de clase, en las regiones y en los países donde, el gobierno, cuando es
débil o ineficaz, se quiebra frente a otros poderes fácticos: el maestro deja
hacer a los alumnos problemáticos, los líderes vecinales aceptan los tráficos
de los grupos delincuenciales, el gobierno regional o nacional deja intactas
las mafias de cualquier tipo, termina apoyándose en ellas estableciendo diversas
formas de cogobierno. Por esa vía, Colombia llegó a ser un narco estado. El regente,
para protegerse ante un contrincante incómodo o intransigente, pacta y no lo agrede,
acepta compartir la autoridad, pero mantiene el simulacro de que gobierna a todos.
En nuestro caso, el gobierno deja hacer a los buhoneros que se van para la
calle, a los transportistas que violan la cantidad de pasajeros (para acatar lo
de ir con los microbuses medio vacíos y para no traficar con la gasolina,
tendrían que ser Hombres Nuevos, servidores públicos y no acarreadores de cosas.
En realidad, mientras no haya transporte propiedad de las
comunidades organizadas, no habrá garantía de que se cumpla un cuidado como el
que la pandemia requiere y los choferes defraudan).
Por supuesto, desde la Teoría de Confrontaciones Comunes, frente
al núcleo anárquico duro que irracionalmente no acata las medidas restrictivas
del gobierno, el principal remedio no puede ser la ley. Antes que utilizar un
mandato legal valdría analizar qué motiva a los infractores. Conocer sus
razones y motivaciones para, con ese conocimiento, ayudarlos sistemática,
técnicamente a desistir de sus jugueteos con la muerte. ¿Es posible ver el
trasfondo y saber por qué salen sin tapabocas, por qué no hacen cuarentena, por
qué organizan fiestas a pesar del peligro, por qué plenan los mercados y
bulevares sin cuidarse?
***
Vivir en la estructura dividida
Entre los violadores de la cuarentena estricta puede haber
inocentes: creen que no está pasando nada serio. Desinformados habituales. Pero,
sin duda, lo que protagoniza la mayoría es su vida en el marco de la estructura
dividida. Costumbres de sumisión. El ser de la Estructura sólo conoce la
sumisión y la rebeldía. La Estructura es esa inconsciencia, ese no uso de la
inteligencia. En la Estructura, nadie los enseñó a entender por su cuenta y
actuar en la conciencia de manera autónoma, entonces, no lo saben hacer: no
saben actuar en el nivel de la madurez plena. El covid 19 aparece como algo
nuevo en su escenario y contraría su costumbre, y no lo evalúan por su cuenta,
ni acatan las normas que vienen de afuera. Si los obligaran, las cumplirían por
temor y las violarían en cuanto pudieran. Aun cuando no sean obligatorias,
pudieran estarlas percibiendo como tales, y dándoles la espalda para ser
libres. Ésa es la vida en la Estructura. No es imprescindible ser un opositor
político para desacatar. Basta con vivir íntimamente dividido y con que no pese
un castigo sobre tu cabeza. Al margen de la adscripción a una línea política,
el vivir rebelde existe y se expresa abiertamente. Los renuentes a cumplir las
normas restrictivas viven en el nivel de la acción rebelde ciega: perciben la norma
nueva como imposición y, por deseos de libertad y autoafirmación, las contravienen.
Su instinto los hace llevarle ciegamente la contraria a la autoridad. Si la
gente hace una cosa y espera que ellos la hagan también, se sienten oprimidos y
buscan hacia el lado contrario. Los mueve la inmadurez. También puede moverlos un
intento de suicidio: mala vida y deseos subrepticios de resolverla con la
muerte. Desesperanza, falta de una emocionante expectativa de vida. O puede haber
simple comodidad. Inercia de la costumbre. Resistencia al cambio. Flojera de
hacer las cosas de una manera diferente a como las he hecho siempre.
Que esa rebeldía ciega se exprese es una muestra de que no
hay, en el país, un régimen autoritario estricto: es un indicio de que el
gobierno no está reprimiendo ni medianamente a la población. Y una declaración
de que, inocente pero trágicamente, un sector considerable de la población está
escogiendo –gracias a que tiene las manos libres y no posee conocimiento sobre
sí mismo-, el asesinato en masa de sus conciudadanos. El gobierno no es una
dictadura, pero actúa como cómplice de estos asesinos del pueblo; igual que
ayuda a que se enriquezcan los banqueros y los traficantes de alimentos: son
los vericuetos de la revolución burocrática.
***
Inventar o errar
Entre los rebeldes ciegos están sin falta los fuertes, los
osados, los valientes: quieren probarse contra el peligro. O quieren descubrir
la vida por sí mismos. Afrontan el peligro para crecer. No aprenden con cabeza
ajena. Necesitan meter la mano en la
candela para saber que quema. Habrá entre ellos quien presenta un cierto grado
de locura, irracionalidad, alucinación, vida fuera de la realidad, que ilustra
hasta qué punto no todos vemos lo mismo, pues vagamos obsedidos por el sueño.
El gobierno les habla con mansedumbre, los aconseja
repetitiva y blandamente. De la teoría de confrontaciones se desprende que más
valdría asumir a cabalidad una ambiciosa tarea educativa, ser creativos e
inundar el espacio comunicacional con filmes, caricaturas, obras, videos,
incluso volantes y pintas callejeras, en los cuales se avanzara tenazmente sobre
el problema. Promover una escalada cultural para impactar a los ciudadanos
realengos. Reconocer que están lejos de la patria, de la República Verdadera
que estamos construyendo, y aprovechar la pandemia para realizarles una campaña
admirable de traerlos al redil de todos. De todos los humanos, se entiende.
A cada tipo de infractor, habría que diseñarle una serie de
dispositivos personalizados que lo tocaran. Un film corto en que un inocente arriesgado
se mete en el fuego y se quema: se contagia y termina adolorido, no sólo de los
pulmones: su cerebro, testículos, riñones, corazón pagan cara la aventura. Verlo
sabrosamente actuado y escuchar las risas de los que notan el tamaño de la insensatez
del afectado, pudiera suscitar el temor al ridículo y disuadir a más de un
desprevenido. Historia dos: el que regresa por una trocha, infecta a su familia,
mata a su mujer y malogra a su hija; su nombre verdadero es resguardado, pero
se asegura que el evento ha ocurrido x veces en la vida real. Historias tres:
las de alguno pillado sin tapabocas, encontrado positivo y encarcelado por
asesino, en vivo, si es posible.
Historia cuatro: la de un grupo que celebraba una fiesta al filo de la
muerte, se les hace la prueba, dos dan positivo y son encarcelados por asesinos
solapados. Los actores son entre dramáticos y cómicos, como en Aquí no hay
quien viva, y delinean nuestro tono épico: el equipo libretista
se burla mientras pinta los cuadros de la vida real reconstruidos
graciosamente, pero sobrevuela cualquier trasfondo catastrófico y sin
esperanzas, y deja relucir el protagonismo del pueblo vencedor. En cada caso quien
conmina a los facciosos es el pueblo decidido y valiente, no la policía. En vez
de enfatizar la debacle de la clase media y del sistema capitalista, recalca la
aparición de héroes verdaderos que enfrentan y vencen con soltura cada percance
de la crisis actual, rumbo a una Nueva Sociedad.
Otro dispositivo puede desplegar consejos tradicionales –de
los que repiten y repiten infructuosamente los burócratas en el canal que vela
por todos-, pero mostrando, en el fondo de la pantalla, escenas desconsoladas, crueles
pero verídicas, de los que están infectados por descuido y sufriendo
amargamente boca abajo, quizá encaminados al sepulcro. Se podrían armar shows
dramáticos de una o dos horas diarias y mejorarlos o repetirlos hasta que se
hicieran virales o se pusiera de moda verlos y comentarlos, pero sobre todo reírse
con ellos. Se podría arreglar que los televidentes agregaran nuevos detalles o
enviaran insumos para cooperar con los equipos de producción audiovisual de la
campaña. Sería recomendable medir continuamente el % de rebeldes, para
verificar su disminución –o su aumento- y constatar el éxito o
fracaso de los dispositivos y mejorarlos. Todo menos dejar a esa gente - a los rebeldes infectadores-
haciendo y aconteciendo por estas calles.
Una parte importante del asunto es tomarlos en cuenta –en
vez de hacerse uno el loco con ellos o dedicarle, esporádicamente, operativos
de aconsejamiento policial-, darles a saber que se los quiere, que hay quien los
comprende y se preocupa por ellos y por todos. Quinta historia:
los muchachos del liceo, luego que celebran la graduación afectuosos y
cercanos, alegre y desprevenidamente, terminan separados en hospitales
diferentes, llorando cada uno en su cama a los fallecidos entre el grupito
infractor. Pintar estos dramas hoy,
significa prestar un servicio público de primera necesidad. Los equipos de esta avanzada
aconsejadora transversal podrían proveerse espiritualmente con esta consigna,
asumir su trabajo como un apostolado y declarar, al final de cada dispositivo,
que fue elaborado con todo el amor que hace falta, para rescatar a los
muchachos del peligro y la muerte inminente. En vez de lamento impotente, se
suscitaría la fiesta de la creatividad, una libre competencia por hallar el
método más eficaz de convencer a los alegres suicidas. Saldo diario de
rescatados, cientos de historias de vida aumentando el flujo de insumos para la
victoria.
El gobierno pone el énfasis en que los funcionarios repitan
las mismas recetas, mes tras mes, aunque no funcionan disuadiendo los
disidentes y aunque los casos de infección aumentan. Está lejos de esmerarse en
producir la avalancha creativa que exige la revolución psicológica que
necesitamos. Ése no inventar sino errar, es un signo determinante de acción
burocrática. Hay quien está produciendo materiales para convencer renuentes,
pero hacen falta los programas exclusivos para publicitarlos.
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