Libro
IX El
que vino de lejos
Miren a éste, el carajo anda tan orgulloso
por creerse un protagonista principal en este centro comercial lujosísimo, ¡que
no se mueve a su derecha para dejar pasar al que le llega de frente,
seguramente porque vio que es un hombre sencillo del pueblo! Tenía para donde
moverse y conoce las reglas de urbanidad, pero escogió no desviarse y avasallar
al que venía en sentido contrario. El ciudadano se le apartó moviéndose hacia
su izquierda algo sorprendido. Y supongo que nuestro amigo estirado asimiló
como un triunfo que su contrincante –para él fue un contrincante- le haya
cedido el paso, aunque le correspondía mantenerlo. Decido instantáneamente que
ni siquiera hurgaré en la cara del vencedor para evitar a toda costa el roce
con la estupidez de una fiera menor como ésta, varada desde antaño en su
supuesta superioridad. Si lo hubiera visto de cerca, me habría recordado la
mirada y el gesto de aquel sobrino mío que era realista. Es evidente: aquí hay
gente que no ha empleado el tiempo para salir de lo que era. A los cuarenta
años ya demuestran claramente si vinieron a crear y crecer como personas, o si
a envejecer prematuramente de tanto repetir lo que hacían sus abuelos.
Ahora en el Metro esta caraja, que con su
gesto facial deja saber que se cree más que los mestizos, me obliga a pensar
que no sabe cuánto se disminuye cuando imagina que alguien es menos. Tampoco
nota que en realidad está obedeciendo a lo que recuerda o imagina, prisionera
en su mente. Está siendo usada por un circuito impreso, por una máquina, y se
empequeñece cuanto le niega al otro, quedando reducida al grado más
insignificante. Cada vez que incomprende dónde está parada, niega su
inteligencia. Es como quien se duerme en su concierto favorito por haber comido
demasiado antes de la función. Lo que mejor hago es estar atento mientras la
gente anda sumida cada cual en su mundo de sueños y acosos virtuales. Lo de
sueños y acosos virtuales lo logro leer viendo sus caras.
Al fin en el Centro. Todavía no puedo
creer que haya regresado. Después de doscientos años, me resulta extraño estar
de nuevo en casa, aunque ya sé qué ocurrió desde mi partida. Pero todavía me
toca descifrar a quiénes ha traído para acá la Providencia, qué ha reunido el
universo en este maravilloso paraje, mi hogar predilecto del cosmos, para esta
segunda y definitiva jornada.
Pasear por aquí me trae el recuerdo de las
negras sobradamente amorosas con el heredero huérfano, solitario y callejero.
Su trato especial para “el hijo de los amos”. Matea apoyaba mis correrías.
Nadie podrá decir que las hice para imitar a Pedro el Grande. Cómo disfrutaba
aquellas incursiones, eran la diversión más ilustrativa. Escapado, lograba
olvidar todo infortunio. El presente inquietante y distinto me liberaba de mí y
de todo. Un día, justo cuando regresaba, descubrí que un esclavo huyente estaba
saltando la verja e ingresando al patio de mi casa. Entré y, tomando todas mis
precauciones, lo busqué entre los matorrales. Estaba herido y venía escapando
de sus verdugos. Me hice su amigo. Lo amparé unos días y me dijo que sus
familiares habían fundado los primeros enclaves libres del país, hacía ya
doscientos años. Los negros, con sus irrevocables ansias de independencia,
¡tenían dos siglos siendo más libres que todos nosotros! Igual tendríamos que
hacer ahora los adelantados -apartando los colores y salvando los detalles y el
tiempo-, para ir más allá de tanta declaración, consigna y palabreo sin
sustento en la mente de cada uno. Luego, cuando tenía 12, fue lo de José
Leonardo, pero sólo escuché los murmullos en la casa. Mi tío desconfiaba de mí
porque yo no les tenía miedo a los negros y él sí. El maestro Robinson
desapareció después de lo de Gual y España. Desde el principio se sospechó su
participación, pero fue después, en Europa, cuando me contó todo. Tampoco pude ver con mis propios ojos cuando
ajusticiaron a España en la plaza. Los maestros de la escuela llevaron a todos
los niños, obedeciendo la ordenanza real, para que la parvulería presenciara la
ejecución y quedaran todos aterrorizados, atados corto a la voluntad del rey.
Ellos sí vieron cómo llegó, casi arrastrado por un caballo, y cuando lo
ahorcaron y le cortaron la cabeza. Yo, en Europa desde hacía poco, supe que la
frieron en aceite y la pusieron en una puerta de la ciudad para asustar más a
los súbditos. Antes de morir soltó su anatema “¡No tardará el día en que os
ahoguen mis cenizas!”. Yo, del otro lado del océano, escuché ese grito y lo
clavé muy profundo en mi ser. Ahora volví a caer en la misma trampa. Creí que
viniendo preparado en lo personal y sabiendo qué hacer, podría tener éxito y resulta
que estoy nuevamente solo. Necesito una veintena, un centenar de capitanes
excelentes y no los veo por ningún lado. Nadie entiende el cambio de mentalidad
o, si lo entiende, no se integra a un proyecto específico para establecerlo. Nadie
apoya una expedición de cambiar nosotros primero en un club, usando
precisiones, un método y proyectos evaluables hasta en lo más mínimo. No logro
convencer a un contingente de ciudadanos libres para irnos a fundar la utopía
en una pequeña comunidad de carne y hueso. Sólo he coincidido con los poetas
salvajes, locos e irreverentes, los más audaces, pero indisciplinados respecto
a lo real. Hay algunos trovadores más desquiciados todavía, que prefieren
asesinarse con alcohol o gastarse acarreando incómodas cargas burocráticas. No
se puede contar con esa gente.
Al regimiento libertador debe
caracterizarlo esta vez una férrea disciplina basada en la habilidad sencilla y
puntual de no tener enemigos en la mente: ¡hay que deshacerlos allí mismo cada
vez que aparezcan, lo cual es la fórmula secreta para no arrecharse con lo que
haga otro ni con lo que ocurra, sino entenderlo y responder desde la
inteligencia! Usaremos ese poder para construir enclaves del paraíso aquí en la
tierra, ¡poblados libres! ¡cumbes de estos días, con gente de todos los
colores!, para que la gente los admire y quiera irrefrenablemente mudarse.
¡Atraer a la gente con ese tipo de belleza, enamorarla, unirla y mudarla: ésa
es la tarea! Bueno, al menos la mía. Claro, allí deberemos evaluar lo que se
haga diariamente y establecer los parámetros de lo que significa avance y lo
que significa estancamiento, repetición, retroceso, vejez y muerte en vida. Con
eso bastará para desplegarnos y arribar, en esta segunda oportunidad, a la
sociedad sin sectarios ni guerra: al Paraíso, exactamente ahí. Ese es el plan
que trazamos Jesse y yo. Establecer la fundación y dejarla bien plantada, así
como la vez pasada dejé firmemente plantada una república mantuana, aunque
quería la Reina de las Naciones. Para vencer ahora, el grupo de líderes tiene
que mostrar una hermosura inaudita, un crecimiento absoluto e infinito en lo íntimo.
Sofisticadas habilidades de comunicación persona a persona. Una verdadera
nobleza de espíritu. Ésas son las coordenadas a que deben responder, tanto el
bando libertador como sus realizaciones. No me importa de donde vengan los
próceres, si de la oligarquía y sus huestes marchitas, o de la revolución y sus
copartidarios, por ahora triunfantes. Lo que cuenta es que los elegidos quieran
alcanzar en vida nuestro más glorioso destino.
Se requiere un ejército realmente
excepcional. Miles de campeones que amen por igual a los camaradas y a los
anticomunistas, y los ayuden a ambos a conquistar, no el poder gubernamental,
que es para ellos un factor de discordia, sino lo que los une, conquistar lo
que en el alma quieren ambos. ¡Los camaradas y los opositores libertarios lo
que quieren es la sociedad más bienaventurada y feliz, la sociedad más luminosa
y próspera! ¡Ambos persiguen esa misma belleza! Así es. Para que los mejor
intencionados de todos los bandos tengamos éxito, tendrán que aparecer aquí, en
Venezuela, durante estos días, miles de seres como Cristo, como Buda, miles de
Luther Kings y de Mandelas, miles de Gandys y de Lao Tses de esta época. Ésa es
la fase de la revolución que está comenzando. Me imagino que están por ahí. Eso
fue lo elucubrado, volver la sociedad terrestre un Edén. Es la obra más divina
del universo, así que no nos falta la ayuda celestial, y los héroes para tal
epopeya con seguridad están cerca y sólo tengo que aprender a distinguirlos,
mirarlos aparecer y reunirlos.
Hasta hace poco viví sin dama. Sabía que
el universo me había enviado una, la más adecuada compañía y que en su momento
la encontraría, pero lo importante era prepararme para la expedición. Adivinaba
que tendría la distinción y la hidalguía de las aristócratas, y que a la vez
ardería permanentemente en los fuegos patrios y que sería mi compinche y
asesora en esta aventura de terminar de construir el país de mis sueños, uno
libre y soberano entre patrias soberanas. Una nación que se abrirá a la luz y
ayudará a sus vecinas a emerger, para no estar sola y para protegerse entre
todas. Las mujeres que no tienen ese fervor heroico son para mí como niñas, y
no me suscitan interés carnal alguno, más allá del deslumbramiento sorpresivo
ante Eros Desencadenado. En mis sueños imaginaba la magia de María Teresa y la
locura de Manuela. En eso andaba, discriminando a las demás como seres de un
mundo anterior ya en extinción, cuando de pronto vi a María Luisa y supe que
estaba ante el portento más inesperable. Ojos alechuzados, se me ocurre decir
en honor al poeta, por la inclinación y la chispa de sapiencia que fulgura en
ellos, y lejana como una mantuana de antes. Yo no creo en esas distancias
aparentes, siempre he estado rodeado de mujeres de todas las edades y con todo
tipo de problemas. Sin ir muy lejos, en mi casa de San Jacinto había más de
veinte. Así que observaba a ésta pasearse de aquí para allá, como si realmente
perteneciera a otro mundo, pero consciente de que ese mundo raro era pura
invención de ella. Aun así, cuando al cabo de varias vueltas me sonrió, desató
mi asombro más reverencial y mi más loca alegría. Ese día no pudimos terminar
de encontrarnos. Pero desde entonces su existencia fue un prodigioso regalo y
su recuerdo una presencia dominante e inspiradora. Por unos días, me aseguré de
que era ella y siempre temía que cuando la viera de nuevo estaría con su esposo
o que denunciaría una serie de códigos adversos, quizá fuera lesbiana, o
evangélica y haría rodar mi intención por el suelo o algo así, pero eso no me
detuvo. Si era ella, sabía que su rechazo o la aparente separación sería sólo
al principio, igual que el primer día. La añoraba a pesar de ni siquiera poder
rememorar bien su cara. Ahora ya me la sé de memoria, y se disolvieron todas
esas esperas y las dudas. Estoy a cien kilómetros de ella, pero aun así me
inquieta. Más que su recuerdo, es su estancia en este planeta lo que me
entrecorta la respiración. Hoy nos vimos al medio día y luego ella se fue a
hacer sus cosas, pero mientras avanzo tarde abajo en esta máquina infernal
laborando en mi obra maestra para provocar el fin del imperio, voy hacia ella.
Me provoca salir a caminar para conjugar a solas el factor inmaterial de su
esencia. Tampoco es que tenga de ella principalmente una imagen celestial, o
una erótica, ni una noción vaga ni una precisa. Hablo es de su dominio sobre
mí, su cercanía amiga. Esa sonrisa cómplice junto a su soledad –quizá es la
mía-, el grado de proximidad que logra o sugiere con sus gestos, la conmoción
que me produce. Me recuerda cuando María y yo decidimos venirnos a Venezuela.
Ella lo sabía de esa manera en que saben las mujeres, pero no lo formuló en
palabras: “Si nos quedamos a vivir en Europa, tú no lo soportarás, morirás en
pocos meses. Si nos vamos a Venezuela, moriré yo, pero lo prefiero. Presiento
que debo hacerlo y que es irrevocable”. Yo también lo supe, pero no quise
leerlo en su escueta frase: “Vayamos a nuestra corta felicidad”. Fue una vida
fabulosa, pero no quiero recordarla. Estoy aquí, y tengo más de lo que nunca
esperé recibir en este viaje. Merecer sí, merezco todo lo mejor. Espero que sea
la corsaria cósmica que creo me fue destinada para que no ande solo y tenga
éxito en esta navegación suprema. Pero todavía no la conozco bien, dejo el
destino en sus manos. Total, es mi dama y le entrego el poder de hacer con
nosotros lo que desee.
Hay, entre los muchachos de la revolución,
unos que van directo a los puestos, no ven para los lados, no hacen nada que
los desvíe de esa meta. Si no lo dice un jefe, no lo inventan ni lo descubren,
no lo intuyen por sí mismos; aunque lo oigan, no lo entienden: con esa gente tampoco
se cuenta. Otros creen que sólo con marchar van a hacerlo todo, o con pintar
murales. Si no aparece quien les haga saber que el verdadero trabajo es ir a
los barrios, pero no a pasear –ni a patearlos, como dicen horriblemente
algunos-, ni a buscar necesidades y entregar “beneficios” sino a extraerlos del
caos y fundar, en esos breves territorios, enclaves de una nueva sociedad,
estamos jodidos. Se supone que ése era mi trabajo, que era yo quien tenía que
seducirlos, fundando yo el primer recinto celestial para explicarles, en vivo,
que ahora viene el segundo paso -después de haber tomado el gobierno por las
buenas más de diez veces-, y que consiste en cambiar de mentalidad y construir
ejemplos en vivo, barrios con sus fábricas de la gente y colegios donde se viva
entre amigos cósmicos, que enamoren hacia la nueva y bella forma de vivir. Pero
el hecho es que dondequiera que digo eso, congresos, foros, tertulias de bar o
de plazas, mis palabras mueren en el silencio. Suscitan burlas o admiración
impotente pero, indefectiblemente, las realizaciones quedan para después. Es una
verdadera debacle: si yo quisiera irme hoy a un pueblo o a un barrio especial a
crear uno de los emporios de la vida por venir, no tendría a quien llevar. No
conozco a nadie que se tome en serio no esperar, no criticar ciego, no
condenar, no arrecharse porque nos maten gente mientras nosotros no matamos a
nadie: ¡todo eso a la vez!, y, por supuesto, no albergar una idea fija de que
otro es enemigo. Si consigo alguien que no se molesta con enemigos, entonces no
sabe desangustiarse. Y si no logran manejar su mente, ¿qué carajo van a hacer
en los puestos avanzados, en los enclaves especiales del paraíso, aparte de
sabotearlos sin culpa? Quien quiera sacar la sociedad de su rutina tiene que
salir él primero, en vez de justificarse diciendo que la culpa es de la Cuarta,
aunque en parte sí lo sea. Muchos camaradas, ahora que arrecia la acometida
burguesa, hasta se han puesto a culpar al pueblo, “¡Es que la gente es muy
cómoda!”, “¡Es que tienen el imperio en la cabeza!”, “¡Es que están esperando
que se lo hagas todo!”. ¿Y los que aseguran que el cambio de mentalidad será de
aquí a cincuenta, cien o quinientos años? No saben lo que es posponer, no saben
lo que es cambiar de una buena vez. No saben que, si avanzas con ganas hoy,
llegas al Edén de una, ¡hoy! Ni saben que al cambiar tú, descubres que los
demás también pueden hacerlo y, sobre todo, cómo.
Lo que nos rodea debe ser una belleza,
pero no de objetos artísticos fabricados por una élite de seres sensibles
seleccionados por la cultura, sino que la vida misma debe ser una obra de arte.
La relación entre las personas, ¡eso es lo que primeramente debe ser llevado a
la calidad de obra de arte! Cada ciudadano debe estar en un proceso de
transformarse gustosa y amenamente en un ser hermoso y amante de la belleza. El
sufrimiento debe desaparecer o estar en vías de llegar a su fin. Ya hay
conocimiento para eso y sólo faltan los líderes que lo apostolen, pero, los
soldados de la revolución ya sabemos a qué se dedican. Estos manganzones del
ejército civil patriota van a los barrios a poner a los muchachos a jugar hasta
rugby de playa. Los pescan y los ponen a eso, les dan uniformes y todo, apoyo
logístico lo llaman, cuando deberían estarlos entrenando para eliminar imágenes
y crear deportes nuevos, para administrar su propia red de alimentación sin
robar, para hacerse sinceros más allá del rumor y de los avasallamientos
mutuos. Esta gente no tiene remedio. Si no supiera que quien comenzó todo este
trajín fue el mismo Jesse, no me explicaría por qué aún sobrevive el proyecto.
¡Claro que sobrevive de milagro! ¿Cómo van a lograr matar lo viejo si está
dentro de cada uno de ellos y sólo culpan, es decir: si creen que está afuera?
Ya sé qué es la gloria: oír que repiten tu nombre porque no completan tu ideal:
no pueden honrar tu nombre con hechos divinos, y se conforman con palabras y
ceremonias. Y si les dices: hay que crear cumbes urbanos, te dicen que es una
gran idea, pero lo dejan para luego, igual que hace doscientos años no
entendieron lo de repartir las tierras, liberar a los esclavos, fundar una sola
Colombia y ser preferiblemente Ciudadanos Libres. La gloria es ver cómo botan
el caramelo y se comen el papel en tus propias narices. No me atormenta porque
vine a ser feliz para darles el ejemplo, ése es el meollo de la estrategia
pactada. Pero no me lo ponen nada fácil.
Esta vez no soy el heredero más rico del
continente, ni el que más arriesga ni el más viajado por Europa, ni el más
leído. Ni se trata de reunirlos para matar gente –aprovechando las ganas que
tenían represadas por siglos-, eso ya no está en la primera línea del menú.
Ahora el trabajo es dejar de temer y eso los asusta. Conclusión, no he podido
reunir a un solo capitán. La mayoría reconoce la belleza o la relevancia de mis
propuestas, el vuelo ético de mi intención, pero nadie se dispone a ponerlo en
práctica. Por supuesto, los camaradas y sus amigos no tienen la culpa, nadie la
tiene. Y hay que agradecerles a todos esos jovencitos -y a los venerables
ancianos que los preceden- que estén dispuestos a dar hasta la vida por su
ideal. Pero ahora eso no es lo que hace falta. Morir no serviría de nada.
Aquella vez nos quedamos casi sin jóvenes. La guerra amontonó millares de
cadáveres y el odio confluyó principalmente contra mí. Durante una década los
llevé a masacres que parecían infructuosas y exigía más y más sangre. Menos mal
que ya estamos aquí. Mientras los bisoños cantan y gritan y bailan en las
marchas, me esmero en terminar la sorpresa que les estoy preparando para reunir
a la gente y comenzar la acometida final. Aunque a veces me provoca dejar ya
todo así y darme por vencido. Sólo el recuerdo o la vivencia del cielo me
reincorpora al trabajo sagrado.
Yo estaba esa tarde pensativo y Jesús,
sabiendo que cavilaba sobre el día de mi retorno, me puso la mano en el hombro,
se sentó a mi lado y me dijo: En verdad no es que te vaya a ayudar ni que haya
sido oído tu ruego silencioso. Se trata de otra cosa: necesito que me hagas una
segunda. Lo miré extrañado, hurgando osadamente en su pupila infinita, punto de
convergencia de todos los soles y las luciérnagas. Ayúdame, resumió. Vamos a tu
país. Regresarás. Yo quiero sembrar allí la nueva fase de la revuelta del amor
a escala planetaria, y tu ciudad natal me parece como pintada para empezar esta
vez. ¡Allá no les apena decir que son “la sucursal del cielo”, y tú tienes
pendiente la epopeya suramericana, aquella tarea que empezaste, de darle fin a
los imperios y fundar una nación que los aventaje siendo diferente! Ni soñando
lo combinaríamos mejor. Pero esta vez nos intercambiaremos los roles,
planificó. El vendría como un soldado no aficionado a matar gente, pero que
redime a los desarrapados mediante la paz, y yo como un profeta que no hace
milagros ni funda una religión, pero con ello logra deshacerlas todas o
fundirlas en una sola: el aprecio por la gente. Son las dos caras de la misma
vaina. Yo apareceré primero, dijo, tomaré el gobierno y revolveré el avispero:
haré milagros –se refería a lo de regresar al tercer día y cosas semejantes-
para señalar que el pueblo ya comenzó a mandar. Y cuando todo esté ahí, ni de
un lado ni del otro, me apartaré y tú entonces estarás libre para presentarte y
aprovechar tu genio ecuménico y lo que has aprendido estos doscientos años de
calma, para terminar tu obra y hacer la revolución humana más profunda, una
verdadera rebelión cultural que logre sentar las bases de la independencia
íntima en toda una nación pionera. Necesitamos un primer país que se encumbre,
no para arrastrar a los demás debajo de sí, sino para ser feliz y dar el
ejemplo de cómo elevarse sin masacrar conciudadanos: cómo compartir el poder.
Eso ayudará a que los otros países pierdan el miedo, dijo. No establecimos con
certeza si nos encontraríamos y conoceríamos aquí abajo. Sólo que alguien
vendría antes para arreglar los edificios emblemáticos de Caracas y ponerla
bonita, a fin de que no me inspirara tristeza que tanta gente no hubiera
evolucionado lejos de la tramoya y la viveza, y del sectarismo y los partidos.
Y a fin de disimular un poco que recientemente la libertad malentendida ha
inaugurado la costumbre de orinarse y cagarse en la calle. Eso planeamos.
Me vine impulsado por mi natural
seguridad, pero, la verdad es que no está nada sencillo reunir un contingente
de libertadores en esta época. La vez pasada fue elemental: se necesitaba
ferocidad y, con la gente del llano de nuestro lado, fuimos los más salvajes e
invencibles. Aquella sublime osadía de los llaneros nos salvó. Pero ahora no se
trata de tomar el gobierno, ya eso lo hizo Jesús por las buenas, tal y como
quedamos. Ahora la tarea será elevar a cada uno de los habitantes al rango de
Ciudadano Libre, no por un nombramiento hueco, sino por sus hechos cotidianos,
por la calidad de la vida que se dé y le dé a la República.
Esta tarde, en el Metro, saqué a un niño
de un encantamiento que lo hacía llorar sin descanso. Estaba fijo en una
imagen, sólo había que distraerlo fuera de ahí. Lo toqué amoroso y se dejó
cargar e hizo silencio con gran sorpresa de todos en el vagón. Estoy seguro de
que nadie ahí supo que ese poder está en todos, y que lo tiene que desarrollar
cada uno para ser ciudadano y para que pueda haber una República Verdadera, una
V República, una República Mutante de signo amoroso, no manipulable por ningún
operador extranjero. Va a ser difícil para los niños del Este de la ciudad amar
a los camaradas y superarlos: hacer bien lo que los revolucionarios intentan y
no saben lograr. ¿Cómo les va a caer cuando se les diga que la estrategia para
su triunfo es mudarse de inmediato a vivir en el cielo sobre la tierra y
brillar desde esta altura ética, para marcar la diferencia con los rojos? Los
rojos, ineficientes en lo de matar la vieja sociedad, quedarán por un poco
tiempo rezagados detrás de los del Este, eficientes en construir un paraíso
verdadero, pero enseguida se pondrán las pilas y se habrá consolidado la unión:
esa es la sencilla tarea. ¿De qué manera lo voy a explicar, que ya no lo haya
intentado? Los que se vengan tendrán que demostrar el abolengo, la sabiduría,
la alcurnia, si es verdad que la tienen, haciendo algo que realmente sea
diferente al pasado, al odio, al crimen, a la villanía trasatlántica. ¡El que
no sepa hacer algo mejor que lo que están haciendo los revolucionarios -que al
menos están procurando cambiar el mundo-, que se quede callado y quieto, que no
interrumpa a los héroes mientras aprenden! Héroe es el que se atreve contra las
costumbres, así quede en ridículo. Y por lo regular queda. Sabio es el que, no
sólo se atreve a querer cambiarlas, sino que además descubre cómo salirse con
la suya. Mago es el que lo logra. Poeta es el que celebra así no se vislumbre
por ahí el éxito. Si en verdad sabes y puedes hacer algo mejor e ir más allá de
sólo la buena intención y el odio, entonces ven a hacerlo: ¡enhorabuena,
bienvenido! Serás uno de mis generales o uno de mis sanos competidores. Lo que
deshonra es quedarse quieto en el pasado o querer regresar, no transformar nada
y, encima, ponerse a destruir lo bueno que ha podido hacer el otro. ¡Por ahí no
es, compatriotas! Por ahí sólo se le daría un triunfo más a la muerte y nos
conduciríamos de nuevo a la ruina, al destino más oprobioso y oscuro.
Los partidos democráticos, desde que
aparecieron, escogieron el camino de sabotear a los comunistas a fin de caerle
bien a los norteamericanos. Ya antes habían saboteado el gobierno de Medina,
porque estaba siendo bien acompañado por los rojos, y se negaron a reconocerles
nada bueno. En aquél momento se justifica porque había una Guerra Fría y el
águila del norte no se podía permitir un enclave enemigo en sus cercanías. Pero
ya la Urss desapareció y los pajarracos siguen en la misma. No aprenden. Ahora
tendrían que ayudar el designio del cielo y cumplir lo que los comunistas
prometen en vano. Si en el primer lustro hubiesen leído en los hechos que los
camaradas no saben cambiar el mundo, aunque lo desean fervientemente, y que el
pueblo lo necesita con urgencia, y se hubiesen puesto ellos a hacerlo, ya
estuvieran en el gobierno desde las segundas elecciones. Si hubiesen sacado
limpiamente un primer villorrio de las dominaciones y creado allí un verdadero
poder vecinal, si hubieran fundado un primer liceo donde los muchachos, en vez
de someterse mutuamente, aprendieran a ser todos líderes de compartir, la gente
los hubiera preferido pronta y merecidamente. La mayoría de los maestros son de
esos viejos partidos medio democráticos, pero sólo piden aumentos. ¡Para
libertar comunidades no hace falta estar en el gobierno, basta con saber qué es
lo que hace falta! ¿Por qué, si no, Yunus pudo ayudar a tanta gente sin apoyo
del estado ni de los fabricantes de dinero?
No intuyen que les conviene más aprender a
ser verdaderos demócratas. ¡No osan avanzar con los tiempos! Siguen fieles a la
tradición europea, mantenida por sus herederos de Norteamérica: ¡escogen
libremente asesinar contrincantes! Tal como mataban gente desde el gobierno,
ahora matan desde la oposición. Escogen afianzar su inclinación al mal. Esa
degeneración espontánea los llevó a sabotearse entre ellos mismos cuando
gobernaron y tal saboteo escandaloso fue en parte el responsable de su propia
destrucción y caída. Evidentemente, no develan que esta construcción de un
mundo diferente es un designio divino. Por eso no respetan mi legado. No
adivinan que están destinados a desaparecer y a volverse Nuevas Creaturas.
Ascender varios grados éticos, criticar con buena intención, escuchar y aprender.
Realizar obras hermosas y llevarse a la gente al lugar donde cabemos todos. Eso
es el diálogo, cambiar y disponerse a construir juntos. Odiar e ir tramando la
guerra mientras conversas, es traicionar el espíritu y sabotear la República.
Tenemos que hacer una película para
reclutar a todos los Artigas y a los San Martín que haya por aquí. Una donde se
vea que los sectarios no vendrán al baile. ¡A mí que nadie me siga! Ya tuve
bastante de eso. Seguidores y muertos, nunca más. Que nadie siga a nadie. Se necesita
gente que entienda los problemas y sepa reunir al resto de la gente. En la
película, miles de protagonistas harán manifestaciones contra las desviaciones
del gobierno revolucionario, ¡sin ser enemigos de la revolución, sino como
ayudantes soberanos, como poder supremo!: ser oposición sin odiar, ser esa
nueva estirpe que se opone desde el amor y la unión, ¡ése es el paso de
gigantes que debemos dar! Hay que conseguir la forma de burlarse de los
sectarios y de los funcionarios. Una caricatura diaria. Quizá el lugar más
adecuado sea una telenovela humorística. Una donde aparezcan multiplicados por
cien, por mil los ejemplos de los héroes en acción y los vicios de los
gobernantes subalternos del tercer milenio. Debe ser una enseñanza directa para
que la gente no quiera más ser funcionaria sino Nueva Creatura. Me gusta esa
expresión de Morrison: la reacuño. Hace falta todo un mundo de creaciones
inéditas, pero los de la oposición no están pendientes de aprovechar eso. Puro
loco desorbitado es lo que hay entre sus hordas seguidoras. Tú les dices que el
gobierno esconde la comida para que el pueblo pague sus errores electorales y
te lo creen. ¿Qué se podría construir con gente así, aparte de un manicomio o
una guerra civil, que es lo mismo? Pero igual están los prosélitos del
gobierno, bailando y gritando en centenares de marchas, cuando hace falta
fabricar sosa cáustica para entregársela a los productores comunales y abaratar
el jabón; y moler maíz en cada comunidad para acabar con los consorcios, y
traer las frutas directamente a la gente, para acabar con la especulación. ¿Qué
se podría construir con gente así? Pero ése es el trabajo inmenso que está por
delante. Para eso es que debemos invocar el Amor, el más formidable y divino de
los poderes.
A la película habrá que ponerle una clave
para que los cristianos y los bolivarianos –igual que los capitalistas y los
fascistas- vean la diferencia entre comprender y seguir. No aparecerá nadie que
venga a discutir airado y a encolerizarse con los que ya están capacitados para
crear una secta fanática y matar. Si hacemos la película mostrando héroes
excelentes que sobrepasen el nivel del miedo sectario, entonces sobrará con
quien irse a cualquier rincón a hacer las cosas bien para exhibirlas como
ejemplo, y ennoblecer la vida poco a poco hasta que quede fundado el Nuevo
Mundo. Tras ver esos filmes sobrarán poblaciones que quieran ser el enclave
modelo. Entonces vendrá la acometida multitudinaria perfecta y le habremos
arrebatado al caos un primer territorio virgen. Un primer país de la nueva
cultura americana. Y después de ganar esa primera batalla, los muchachos sabrán
que la meta no es jugar rugby de playa ni ser funcionarios y defender al
gobierno con marchas o discursos, sino liberar territorio punto por punto y así
cuidar que el Presidente no se vuelva dios y deje la revolución para después,
en las palabras por siempre, hasta la próxima llegada de la inspiración.
Hay que aprovechar que ya la sociedad
tiene suficiente conocimiento de la economía como para superar el modelo
depredatorio. Ya tenemos un arsenal de maravillas y humanismo de sobra como
para liquidar el apartheid ético y espiritual, y Pedagogía de la Liberación,
deportes nuevos, canciones de amor a todos, ¿qué es lo que no hay? ¡Podemos ir
adelante en vez de retrocediendo y negando el futuro! ¡Una época está
terminando y nos corresponde ayudarla jubilosos a desaparecer asumiendo el
radiante presente que no es otro que el cielo de la tierra: unir el cielo con
la tierra, como diría mi gran amigo, el viejo Tsé! ¡En la vida real, millares
de ciudadanos sabios deberán hacer manifestaciones contra los que mienten para
derrocar la revolución en nombre de la libertad, pero esos mismos millones de
héroes deben encauzar la revolución fuera de su desliz burocrático! Los líderes
viejos creen que el pueblo no aprende: ¡Claro, ellos no aprenden! ¿Cómo podrían
creer que otro pueda hacerlo?
Jesse hubiese aprobado las tenelovelas y
los filmes del futuro apenas verlos. Pero no se preocupó por los detalles
porque conoce la eternidad mejor que nadie. Sabe que venceremos. Él juega,
olvida ciertas nociones. No les da importancia a cien o doscientos años. Se
divierte, ríe, celebra. Yo, realmente, aún no quiero ser así. Me desespero a
veces (y me consta que lo disfruto), ya no me provoca asesinar, pero me
gustaría hacer milagros. Quizá de aquí a doscientos años más regrese haciendo
magia, pero no para confundir o persuadir por temor, sino para que todos vean
que se pude. Será una revolución magnífica. No. Magnífica es ésta, que no conoce
sus escalones, pero los sube a tientas, a veces en medio de la más ciega
obcecación triunfante.
Algún día escribiré lo que hablábamos
Cristo y yo allá arriba durante todos los años en que tuvimos tiempo libre,
cuando reflexionábamos. Poco a poco fui evolucionando desde mi lógica de
libertar mediante guerras a muerte hasta lo poco que he podido escalar hacia la
inteligencia infinita. Él me dijo, ve para que te diviertas y aprendas, pero
reconoce de antemano que, aunque estás preparado, no tienes un grupo de apoyo
mínimo, como antes. Tendrás que escarbar y sacar la miel con las uñas, si
quieres reunir grupos de acción. La otra opción era dejarlo para después,
preparar con tiempo una confabulación más organizada contra el caos,
desarrollar un mínimo de cien cabezas principales que llegaran y sorprendieran
desde diversos ángulos. Pero eso significaba postergar y correr el riesgo de
que se deteriorara más la vida social del país y se hiciera más difícil
revertir los daños. Entonces escogí venirme de una, sin mayor preparación,
confiando en el país, en mí y en la vida. Me dije que no sería difícil reunir
tres mil complotados que fueran más conciencia que ganas. Sabios, no de
gobernar ellos, sino de enseñar a gobernar, especialistas de ayudar a
transformar. Por ahí deben estar, pero no los encuentro. Preferí venirme
confiando en mi intuición. Aún creo en la gente y sé que el pueblo dará lo que
haga falta, así no haya estado previamente complotado. Pero, realmente no sé si
me equivoqué en esto.
No vinieron Urdaneta ni Sucre, o no los he
visto. Pero sí llegaron temprano los disfrutantes de la carne, que arribaron
para llevar hasta el fondo los experimentos de elevar el cuerpo a la mayor
potencia sensual. Y a sacar la moral pacata de sus carriles y destronarla del
todo. Fui advertido que al mismo tiempo que yo, vendría una bandada de
espíritus distractores y que, cuando llegara, encontraría a muchísima gente
involucrada en una rebelión gay, y en otra de poetas de leer poesía y disfrutar
la bohemia, y aún más, que hallaría una deslumbrante revuelta de músicos,
raperos, hip hopers y skaters. Hice una apuesta con Jessman. Él me aseguró que
más gente se iría hacia esas manifestaciones que la que yo pudiera atraer jamás
hacia la liberación a partir de una elevación del espíritu y supuse que
bromeaba. Si lo vemos hasta ahora, él va ganando. Pero entre 1814 y 1816 muy
poca gente creyó nunca que yo pudiera liberar cinco países del imperio y no
erigirme emperador, y logré ambas. Todo está por verse. Pronto sabrán lo que traje.
Lo gay les corresponde a ellos, a los
súbditos imperiales, a la gente de los centros poderosos que no tienen para
dónde crecer: nosotros sí tenemos. ¡Vamos a cambiar este universo de eje!
¡Vamos a destruir todas las cadenas! Los homos, que se diviertan todo lo que
puedan mientras tanto -eso no nos molestará para nada- con los erizamientos de
piel, están en su pleno derecho a pernoctar en ese nivel del goce. Fue a lo que
vinieron: ¡pero no me digan que eso es la revolución! La revolución es liberar
territorios, exterminar el caos para que nadie controle o manipule o someta a
otro en esos bastiones avanzados, generar conciencia, cambiar de mentalidad, y
no conozco ningún pueblo, ninguna ciudad que lo haya hecho aún. ¡Ni ningún
activista gay que lo esté intentando siquiera! No podrían. Tendrían que vaciar
su mente y ellos –si sacamos a los que tienen una carga biológica u hormonal no
convencional-, son básicamente, enredo en la mente. Si tuviera que vivir en un
mundo de mujeres hombrunas y hombres delicados de caminar insinuante,
rechazaría la aventura. Me iría a otro lado. Me vendría para este país, donde
la mayoría de las damas son femeninas –y las varoniles son más femeninas
todavía, para mí- y, aunque cada día se besan más entre ellas, eso es algo ya natural
y pasajero, una moda fugaz en el tiempo del universo, una aleación momentánea
de los códigos que la vida sabrá concordar como corresponda. Incluso las que
son algo masculinas tienen, para mí, liberacionista femenino por excelencia, un
encanto adicional que las hace especialmente atractivas. Y aquí aún la mayoría
de los hombres no se besan. ¡En ese sentido, esto es realmente un cielo para
mí! ¿Qué haría yo si el primero que se me presentara para liberar el barrio San
Agustín fuera gay psicológico, social o cultural? Lo entrenaría en deshacer
pensamientos, lo pondría a detectar y desarmar operadores divididos. Al final
del entrenamiento ya no sería gay. Sería una Nueva Creatura.
Viendo esta marcha, reconozco algunas
caras y, lo que era una sospecha, se me torna certeza: los milicianos, que
ahora avanzan en paz riendo, soñando, bebiendo licores y bailando con la
alegría del tambor: ¡son aquellos que dieron su vida peleando en Mucuritas, en
los Horcones y antes, en todas aquellas batallas de la primera gesta, y ahora
fueron invitados a retornar para recibir este premio! Aquí se arriesgarán
igual, danzan desafiando la mira de los avechuchos imperiales. Pero no habrá
más guerra que la mediática o la financiera tratando de ahogarnos, y los falsos
positivos de los oligarcas de Colombia, que serán develados todos a tiempo.
¡Somos los que hemos persistido durante siglos lanzando miles de cargas
sucesivas! ¡Los que perdimos innumerables batallas, pero nunca nos rendimos y
vencemos cada vez más contundentemente! Ahora arremetemos cantando y tañendo
para celebrar nuestro ingreso definitivo al Cielo Entre Nosotros. Estamos avanzando
en pelna fiesta de la Asunción. Todo el que se atreva a solicitar su ascenso
con el mayor ardor y con el convencimiento de que es mejor libertad que
esclavitud, descorrerá el velo, tendrá la puerta abierta y podrá franquearla.
Desde ya nos reímos con creces del intento imperial de matarnos de hambre.
Cuando el cielo se propone una empresa, diseña la estrategia y envía a sus
ángeles al rescate. Nosotros somos esos ángeles aprendices. Los malos ratos
servirán para fortalecer el espíritu vengador noble del pueblo y para ir
anidando, mejorando el hogar, atendiendo el camino y acampando. El premio es
estar hoy habitando este lugar maravilloso. Los que aún no saben del todo dónde
realmente estamos, poco a poco terminarán descubriéndolo.
Lloré por doscientos años los muertos de
aquellas batallas, los tres mil degollados en La Puerta, los emigrados a
Oriente, sobre todo aquellas mujeres sin sus maridos gracias a la contienda,
que en esa travesía se pegaron a mis botas para morir junto a sus niños y
quedar regados por el camino, abandonados a las fieras. No me hacía sufrir el
sentimiento de culpa, sino cierta responsabilidad, estupor ante la calamidad,
ante el infortunio del ser humano. Lloré incontinente hasta que un día entendí
que habría redención para todos y comencé a ascender hacia tal acontecimiento.
Quería ayudar, corregir, enmendar, acometer todo lo que fuera posible. Ahora me
llega pleno y hermoso el sentimiento de estar en el centro del portento, aquí,
y saber que pertenezco a ese mundo que añoraba, o, que tengo carta de
pertenencia, segura residencia, en él. O, dicho de una buena vez, saber que
ambos para mí, son el mismo lugar y que éste es también el Cielo.
La lucha entre hermanos es algo horrendo.
Y no lo digo sólo por mi pasado, hablo de ahora. Así se trate sólo de un simple
saboteo mutuo entre maestros en una escuela pública, es algo horrible y
funesto. Cualquier lucha enana es el feto de la más feroz y desnaturalizada
matanza. La única forma de conjurar ese destino es haciendo las cosas al revés:
que haya excelencia en las escuelas pioneras y en los barrios especiales: que
haya belleza en las comunidades de vanguardia, ¡y que, así, se obligue a las
demás a avergonzarse de lo gris, de lo trivial y lo baladí! ¡Que todos se
mantengan aprendiendo, que nadie se conforme con repetir, que todos critiquen,
construyan y socorran a los líderes que aún no sepan cómo se hace! ¡Que todos
se mantengan aprendiendo y enseñando! El problema es el ser humano, su
configuración mental primigenia: eso es lo que hay que trascender. El miedo.
¡El reto es elevar al rango de Cristos y Budas a todos los ciudadanos en este
continente! ¡Elevar al hombre de la calle al rango de ciudadano emancipador,
volver el país una región de gloria sin parangón! Que lo bello no sea sólo en
los paisajes naturales, en los museos y en las gloriosas intenciones de la
mayoría, sino que haya una excelencia en el trato diario, una calidad
extraordinaria de vida. Que haya amor al prójimo en las comunidades, más allá
de los partidos y se consolide la unión.
Los líderes de la revolución no lo harán.
Ellos hacen lo que pueden, tienen sus aciertos y cometen sus errores (si se
puede llamar error a operar con la mejor voluntad usando lo que la vida
sucintamente te dio, es decir, sin un equipamiento especializado en destruir a
fondo la raíz de la estructura imperial), que haya altos y bajos es inevitable.
Al menos están en el gobierno, y es porque hicieron lo que había que hacer para
ello. Si hubiese llegado yo primero, habría dicho ¡Vamos a acabar el deporte de
competencia, las religiones, todo lo superfluo!, ¡y no hubiésemos obtenido sino
cinco votos! O menos. Pero ahora que hace falta unir la tierra con el cielo,
como dicta el Tao, toca a los seres divinos que están entre nosotros acometer
las tareas angélicas sobre el terreno. Debemos conseguir que una cosa concuerde
con la otra. Lo de arriba, con lo de abajo; lo divino, con lo profano. La
sociedad divina debe ser instaurada y el primer paso es asumir que el gobierno
revolucionario no lo hará. El pueblo es quien hará el cambio profundo, a medida
que despierte, pero con los rojos en el gobierno como telón de fondo, como
referencia de lo que queremos todos, una patria libre y como garantes del marco
legal, la Constitución que ellos mismos idearon y no pueden realizar. Y también
como referencia de lo que no se debe hacer si quieres reverenciarla. Porque si
los fascistas tomaran el gobierno, ocurriría lo de otros esbozos de República
en el continente: el pueblo padecería sacrificado en protestas onerosas y de
logros inciertos, marchas en México, migraciones en Guatemala, Protestas en
Brasil y demasiados muertos en Colombia y Chile. Con los chavistas en el poder
cometiendo sus errores, pero al menos defendiendo la Constitución
participativa, el pueblo poco a poco, amorosamente, en paz, irá construyendo el
paraíso. El bravo pueblo será la oposición noble que construya nuestro Edén, a
pesar de los revolucionarios en el gobierno.
A veces me provoca irme y no regresar
nunca más. Pero esa no es mi naturaleza verdadera, ni mi pasión preeminente. Si
algo he aprendido con los siglos es salir de los decaimientos. Son sucesivos y
obligatorios, así que ya sé qué hacer con ellos. Antes me desesperaba, creía
que en verdad cejaría y dejaría la lucha a medias. Ahora sé que, frente a las
dificultades, puedo creer que flaquearé, pero que eso jamás ocurrirá por mucho
tiempo: al recuperar la energía volveré de nuevo a ésta, que es la aventura más
gratificante, la diversión más espléndida, mi tarea más interesante en todo el
orbe. Así que, cuando decaigo o aparecen adversidades infranqueables en
apariencia, descanso, me retiro estratégicamente, y de pronto ya estoy de nuevo
ideando cómo colocarle impulsores nuevos a la acción. Ese sube y baja de la
energía y el entusiasmo es el ritmo de los acontecimientos, su oleaje natural y
ya sé flotar en su vaivén sin hacer esfuerzo ni preocuparme. Luego, durante mi
reinstalación en la estancia de la armonía, percibo y entiendo lo que está
pasando: empezamos sin las herramientas, con bisoños que no conocen a fondo los
pormenores del camino hacia la meta, igual que la vez pasada. ¡Pero no nos
vamos a quedar toda la vida siendo novatos, huérfanos de la autocrítica ni nos
vamos a estancar en el lamento! ¡Vamos a continuar, que por el camino estamos
aprendiendo lo que nos falta! ¡Si alguien tiene que devolverse o adelantarse,
que lo haga él sólo y aprenda por allá y nos traiga lo que sea que encuentre, a
ver si hace falta! ¡Pero los demás no nos detendremos: vamos a garantizar el
asalto a las cumbres de la nueva vida sin enemigos ni sufrimientos: a eso fue
que vinimos!
El saboteo tiene que cesar. ¿En qué cabeza
cabe que un ciudadano honesto, bella persona en muchos otros aspectos, deba
volverse mala gente para liberar su país? ¡Eso era antes! ¡Volverse un asesino
o apoyar a los torvos homicidas para hacer que pierdan los comunistas es
entorpecer la vida, arruinar el presente en nombre del futuro: es como cuando
alguien dice que dejará de fumar mañana! ¡Eso es todo menos una solución! Pero,
sobre todo, es no comprender lo que está haciendo el otro. Los camaradas
quieren arreglar el país porque, entre todos, el país había estado poniendo una
descomunal torta. ¿Que ellos no lo saben hacer? ¡Vamos a hacerlo nosotros! ¡La
solución es volvernos héroes con poder auténtico y, en vez de una torta empeorada,
construir un paraíso! Yunus tuvo éxito dando ese tipo de auxilio: ¡no estaba en
el gobierno, no fue asistido por los banqueros globales y sin embargo ayudó a
centenares de pobres a progresar! ¡Eso se hace! ¡Esa es la forma civil de
impedir que los camaradas, con la mejor intención, cometan apasionadamente los
peores errores! ¡Podemos ayudarlos a que tengan éxito! Yo vine a impedir que
los demócratas – asesorados por esas bestias de allá arriba- arruinen el país
en nombre de la libertad; y a imposibilitar, mediante la inteligencia del
pueblo llano, ¡que los camaradas adoctrinen en vez de crear conciencia! Vine a
evitar que gobiernen ellos en vez de poner a la gente a ejercer el poder, y
vine a garantizar que no endiosen al partido, o a la revolución nominal o a los
líderes muertos. Vine a impedir que se dediquen a domesticar a la gente y a
volverla seguidora, en vez de transformar a cada quien en un Libertador. O en
una Libertadora, como hablan ahora. La tarea es divinizar la vida diaria de los
vecindarios y llevarla a su cauce celestial, edénico: a eso vine, pero creo que
estoy fracasando otra vez. Porque ¿dónde están los Sucre y los Rivas y los
Urdaneta que me ayudarán en esta tarea ciclópea? ¿Qué haré, si sólo conozco
gente que se acomoda en un puesto y lo cuida, y se olvida de proponer algo
diferente porque sabe que sus jefes dirían, apenas les presenten el proyecto,
que es una utopía o una locura? ¿Y qué haré con esa gente que se atrinchera a
conseguir errores en el gobierno, pero no acerca una al mingo de las
soluciones? Ya ven el tamaño de mi enajenación: creer que un pueblo puede dejar
unos amos sin caer bajo el yugo de otros, creer que la gente puede dejar de
arrastrar sus cadenas y fundar un paraíso en una sola generación. Pero a eso me
dedico ahora, casi igual que antes.
Hoy
es domingo, no porque haya más sol o esté más brillante. Sino porque sabía que
encontraría personajes como esta chica, que se vistió para lucir; y sabía que
iba a sentarme junto a esta pareja con niña, no por la mujer, sino para estar
cerca del milagro de ellos tres juntos. Ahora siempre quiero que todos los días
sean domingo, y en días como hoy lo logro y el Metro es otro a mis ojos. Todos,
para mí, están hoy de vacaciones. Todos están en la vida que escogieron y que
pueden cambiar si no les gusta, aunque no saben que pueden ni cómo hacerlo.
Sabíamos que la primera parte sería sólo eso, un comienzo, algo incompleto, la
mitad del recorrido, levantar los ánimos de un gran contingente, poner a sus
contrarios en ascuas y desatar la reflexión entre los cercanos a esa virtud.
Todo fue preparado para que entonces viniera yo y me luciera ejecutando lo
recientemente aprendido, lo que me faltó antes: para que saldara mi deuda
pública, la revolución en la conciencia. Mi dama de mirada de sabio me domina
como un señuelo encantado. Aquí llega y cesa el tiempo, la espera y el resto
del paisaje. Todo pasa a ser su marco perfecto y yo me transformo en un
adorador silencioso que no necesita nada más sino tenerla en el centro,
obedecer a su mandato de ser hermosa para atraer amores. No me queda otra
ocupación que sobreestimarla merecidamente. Hoy no es el deseo de rozar su
piel. Ése es otro mundo perfecto que no necesito recordar ahora. Tocarla es tan
sublime como sentir la belleza que siento ahora. Pero esto no es deseo, es
seguridad. Ella es un arco irradiante. Una fuente de poder a la cual estoy
conectado, un aliciente extremo, un antídoto contra el olvido, una letanía
infinita de deleites. Suelo olvidarme de ella por el trabajo. A veces estoy más
feliz y loco que de costumbre y la voy a buscar y le digo de mil nuevas formas
cuánto la amo. Y sé que no miento porque con ella no me hubiera importado que
no conociera el código. Me gusta que tengamos algo tan cierto y hermoso. Que yo
pueda agarrarla por donde quiera. Acariciarle el pelo, meterle la mano en los
bolsillos, jorungar lo que tiene ahí, y que a ella le dé risa todo lo que yo
invente. Eso es mejor que ponerte a buscar algo dificilísimo que hacer, para
que alguien desconocido te quiera. Dice que va a llover y sostengo que todos
estos días se ha puesto así y no ha llovido nada. Pero no discutimos por eso.
Apostamos, ella a que llueve y yo a que si gano me abrazará bien fuerte, lo más
fuerte e intrincado que pueda, yo le diré como, planeamos. Y si gana, la
abrazaré yo, aceptando todas sus sugerencias, con tal que sea igual de fuerte e
intrincado, conmigo dócil a su mandato. Lo que no vamos a hacer nunca más es
algo como aquel silencio incómodo del primer día, en que por unos minutos no
sabíamos qué hacer y a mí no se me ocurría nada mejor que preocuparme porque no
todo estaba saliendo bien. Hasta que se me ocurrió y cesó el desencantamiento.
A veces, aún con ella cerca, la sueño en un arrebato de gloria, y es tan
hermoso ser querido por esta dama hasta en sueños, que me duele imaginar que un
día pudiera cesar nuestro hechizo. Por supuesto, salgo al instante de esos
dolores imaginarios, pero lo hago por respeto a mi tarea de líder de una
liberación total, no porque considere infame o deshonroso sufrir por alguien
como mi señora de los fulgores de arcoíris.
Los capitanes del norte son la vergüenza
de América, lo darían todo por no defraudar a sus antepasados transoceánicos y
reproducir entre nosotros la miseria moral y la ética guerrera de Europa. Los
del Noble Sur no queremos esa parte de la herencia: constantemente hemos
desenmascarado lo turbio que llega de allá, y descontinuado sus malos hábitos,
sin negar que permanecen siendo nuestros abuelos. No vale olvidar que, en
aquellas poblaciones del septentrión, la gente de la calle está haciendo un
hermoso y esforzado trabajo por quitarse de encima a esos generales miedosos y
diabólicos, y es nuestra hora de ayudar a ese vilipendiado pueblo en su
emancipación. Cuanto hagamos aquí los del sur para mejorar la calidad de
nuestra novedosa democracia y definir el ascenso de todos a la sociedad
paradisíaca, ayudará a que los ciudadanos de las metrópolis del viejo mundo
vean un camino noble y aprendan a deshacerse de sus verdugos locales. No debemos fallar a esta hora de pulir los
métodos independizatorios y salir de las centurias del odio y el horror entre
hermanos, y venir lo antes posible al milenio luminoso y a la gloria soberana
de la gente en esta tierra. ¡Qué vida! ¡Qué vida tenemos aquí, ya y por delante!
Me agrada haber venido a concluir la tarea. Vienen venturosos días de cambios
asombrosos en el gobierno de los pueblos, y es una inmensa ventura poder ayudar
con el ejemplo. ¡Cada quien se hará aquí un líder de todos: sin echar un tiro!
¡Sin nuestro espejo no harían nada nuevo los europeos! Repetirían lo conocido:
forjarían una Tercera o una Cuarta, hasta una Última Guerra Mundial. ¡No
podemos fallarles: son nietos de nuestros ancestros! ¡Europeos cavilantes,
ustedes, las poblaciones sin sus jefes genocidas, están llamados a defender a
Rusia, que tantas veces los salvó de los bárbaros de Oriente, que después de
Napoleón les puso la otra mejilla y tras el zarpazo del Fhurer, aunque les
llegó al corazón de Berlín, a las pocas décadas declinó su derecho a imperar
sobre medio continente, reconoció cuan tortuoso es vivir esclavizados a las
tareas de defensa, y decidió preponderar haciendo amigos afectuosamente!
¡Ayudemos a que, con esta tercera acometida europea, venzan definitivamente las
fuerzas de la paz y sea rescatado todo el viejo continente! ¡Napoleón, Hitler y
la Otan han existido para que Rusia entienda que Europa es realmente bárbara,
una región salvaje comandada por asesinos hereditarios, que de ella no hay ya
nada más que aprender, y que Rusia está destinada a hacer la diferencia, a
tomar la bandera cultural que Occidente pisotea siglo tras siglo, y erigirse en
fuente de la paz terrena y cuna de la nueva civilización planetaria! ¡Como premio por alejarse de las horribles y
anticuadas costumbres de Albión, los eslavos encontrarán fraternalmente a los
chinos, a los persas, a los hindúes, a los brasileros, a los turcos
antimperiales y, junto a todos los latinoamericanos, a las recientes fabulosas creaturas
del Caribe, nuestro Nuevo Ponto, la cuna cálida del Nuevo Mundo!
A Rusia le toca ahora devolver el brillo
reflejado por Europa, aumentado al infinito. Invertir el espejo, en vez de
captar luz entregarla. Producirla e irradiarla. Asumir su mayoría de edad ante
un hermano mayor infantil e inmaduro, sumamente cruel. A Rusia le toca ahora
adelantarse en el Conocimiento de Uno, que Europa se niega a reinventar, para
resolver los problemas internacionales, y volverse la líder civilizatoria del
nuevo milenio. Influenciar, alimentar, despertar la conciencia de los dormidos
occidentales: es la hora de la madurez. Los rusos, que amaron el Oeste desde el
principio, que imitaron hasta el cristianismo, que defendieron, con la vida, la
cultura europea, ahora enseñarán a sus antiguos maestros a hacer La Paz. Menos mal
que América les puede seguir dando el ejemplo, demostrando que el pueblo es el
único capaz de salvarse a sí mismo de otra guerra imperial. En realidad, el
viejo mundo, la vieja civilización es el infierno. Si se ve de cerca lo que han
estado haciendo por miles de siglos, masacrándose para robarse las tierras, las
mujeres, el oro, para imponerse cultos religiosos, defraudándose y,
últimamente, encompinchándose para destruir a otros, sólo cabe un veredicto: no
se equiparon para compartir el poder y deben aprender a hacerlo de manos de un
experto y amoroso guardián del porvenir.
¡Para dar fin a las religiones, hay antes
que aprender a vivir sin miedo al misterio! Somos el misterio, el infinito es
nuestro seno: podemos estar tranquilos en él. Tras tantos siglos de masacres
fanáticas, es hora del dictamen reprobatorio: ¡Ninguna religión ha llevado calma
duradera a ningún lado! ¡Hay que vivir sin ellas! Lo que hace falta es
comprender, perdonar, estar cerca: en vez de separar, unir. Sobre todo, hay que
dejar de lado La Biblia, que apoya las invasiones antipalestinas. Los nuevos
códigos sagrados plantean que un conflicto termina cuando el más inteligente se
sale. Yo me salgo primero que nadie, aunque Sai Baba ya dijo que no había
religión que valiera más que el amor. Eso fue tan sabio como lo de Salomón:
Córtalo por la mitad y llévate tu parte, y como lo de Jesse: Lánzale la
primera, si no tienes nada que esconder. En el cielo no hay sectas ni libros
sagrados que valgan, ni culto a la personalidad de nadie, ni enemigos ni
dogmatismos qué defender. Todos, perdonadas nuestras flaquezas, somos
igualmente merecedores de la gloria y de la vida eterna y de la felicidad que
poseemos. Todo el que está aquí hizo sus méritos para recibir la delicia de
poder dar amor a todos, que es a la vez un don y una recompensa, el reposo en
los brazos de la Armonía. Aquí no hay discusiones. ¡Nadie se sienta atacado!
¡Por el contrario, váyase preparando cada quien y entre lo antes posible:
cambie lo más aprisa que pueda y pase! ¡Cualquier otra gestión es distracción,
pérdida de un tiempo más valioso que el oro, una mengua!
Converso con mi dama intentando
persuadirla de que éste es el cielo. La prueba eres tú, le digo, y su presencia
me convence más de que éste es ciertamente el lugar de los máximos galardones.
Le doy otras: los sabores que más te gustan, la posibilidad de acariciarte con
tu ser amado, los pies femeninos, que ya no son principalmente para sostenerte
al caminar sino para lucirlos, desnudarlos en público, mostrar zapatos y sandalias
como obras de arte integradas al cuerpo. Ella ríe, rebate. Cree que es un
piropo. No me doy prisa. A medida que deja de sufrir, se está mudando –como
todos-, se hace ciudadana de aquí. Me refuta con nuevos argumentos. ¿Cómo va a
ser éste un cielo si aquí hay religiones en pugna, temores, cultos políticos
sectarios, ejércitos, guerras y violadores? Yo comienzo por las religiones.
Nosotros no tenemos ninguna, aparte del Amor. Entonces vivimos el cielo y los
demás irán entrando poco a poco. Tú no tienes ejércitos, enemigos ni guerras.
Eso te ubica en un lugar privilegiado adonde los demás están arribando según su
ritmo cósmico. Entonces ella esgrime su arma más incisiva. ¿Cómo puedes llamar
esto cielo si hay tanto dolor, miseria y hambre en el mundo? ¡Estamos rodeados,
acorralados en un gheto! Mi respuesta es simple: Puedes acompañarlos con la
emoción prisionera, sufriendo tú y lista para culpar y atacar agregando males
en vez de soluciones y eso sería pervivir en el infierno; pero puedes
despegarte emocionalmente. Madurar hasta el cielo: saber que están ahí pero no
sufrirlo, ¡sino ayudar a que eso acabe!, y entonces habitar un mundo en
progreso raudo hacia la solución, hacia la belleza definitiva, contigo en la
vanguardia sin dolores de cabeza. Si, gracias a ti iniciativa edénica, el
problema de la miseria ya tuvo un final feliz: eres la simiente de una
redención que tiende a ser absoluta: eres el paraíso desde ahora. El cielo está
contigo y ser feliz es la forma de expandirlo. Ella se queda serenamente
pensativa, procesando los últimos insumos del universo en su máquina de
transformar todo en belleza.
¿Dónde estará la gente que me vino a
ayudar? ¿Y si no vinieron Buda ni Lao Tse, ni el negro King, ni el pequeño Alma
Grande, ni el inmenso Malcolm? ¿Y si bajaron, pero se fueron a otros países? Es
demasiado extraño no haberlos encontrado aún. ¿Y si no vine a comandar un
contingente de héroes eximios hasta completar una proeza inaudita? ¿Y si vine fue
a aprender a tener paciencia, a no frustrarme por andar solo y a no sufrir por
no estar cumpliendo mis deseos más descabellados? La ilusión siempre irá
adelante, es bueno recordarlo. ¿Y si vine a terminar de descubrir cómo calmarme
y entender al instante, justo lo que le suelo recomendar a mi dama? Quizá
siempre va a ser así: creo que vengo a hacer algo, y termino implantando otra
cosa. Y quizá de aquí a 200 años llegue otra vez, haciendo magia, adelantado de
nuevo, y una multitud termine adorándome y formando sectas en vez de
aprendiendo ellos la magia por disfrute de la vida sin trabas. ¿Y si lo que me
toca es ser un Ciudadano Libre común y corriente y es de esa manera como vine a
cerrar el ciclo, y me corresponde representar un sencillo pero sabio personaje
popular anónimo que conoce para dónde van las cosas y no se deja engañar ni
desviar de la senda áurea hacia el futuro, ni por los enemigos de su patria, ni
tampoco por su gobierno, y lo reconduce acertadamente para que no erre, pero no
en una vanguardia reconocida públicamente, sino en la más calmada y esclarecida
anonimia: un sencillo ciudadano despierto que no se deja acaudillar, que no
endiosa a nadie ni forma sectas, y que de esa manera cuida al gobierno que se
ha dado el pueblo? ¿Y si, por ser un espíritu atento, soy ya un comandante,
junto con los otros millones de comandantes, efectivos o en potencia? Quizá no
vine a dirigir a nadie. En ese caso, debo aprender a estar en los grupos sin
pensar que las personas a mi alrededor deben ser como yo. Cambiar a ser como
yo. Sin creer que estoy mejor aparejado y ellos deben amoldarse a mí. Todos los
seres humanos tienen esa presunción, pero yo debo quitármela. Por mi bien y por
eld e todos. ¿No era una presunción mayúscula mía ésa de esperar que estuvieran
por ahí para que yo los jefeara? ¿Y si vinieron, pero para dirigir ellos
también la operación global siendo cada uno un ciudadano libre y protagonista, un
recto librepensador, desde su puesto de comando individual? ¿Y si aquí todos
somos capitanes y es por eso que ningún taxista –y ningún jubilado ni casi
nadie- te deja exponerle completa tu idea porque quiere dibujarte la suya?
Quizá las expediciones comunitarias vecinales no ocurrirán como lo planeo,
reuniendo y entrenando previamente a los expedicionarios, sino que están
aconteciendo ya de alguna otra forma, más sabiamente elaborada por la vida. Y
entonces estar aquí es, además de un premio, el comienzo de una exquisita y
diáfana diversión sideral. Yo no veo a los promotores del cielo, pero quizá se
estén formando entre los niños o los
jóvenes y en breve, en un futuro próximo, aparezca su eclosión y deslumbren con
sus hazañas. Debo ver bien lo que está haciendo la gente. Es posible que mil
gérmenes estén girando y combinándose por ahí, y que pronto la magia de la
existencia propicie la aparición de centenas de miles, una gran legión de
difusores de radio y tv que animen a la población a fundar enclaves del paraíso
y se prenda la gran fiesta de la refundación. ¿Y si ya pasó todo lo malo que
iba a pasar, o lo peor, y sólo toca consolidar la Verdadera República, la V
República, como dice aquel poeta? Poco a poco se marchitarán los enemigos, a
medida que aprendamos a ver a través de su miedo sin contagiarnos, y lo que
viene es dejar los grandes desvelos y reconocer que eres una gota más en la
revolución, que es una descomunal ola del vendaval global, de la acometida
ecuménica en todo el planeta, pero algo muy pequeño alojado en el nivel local
de nuestro globo, apenas un detalle en el universo. Quizá debo es ser un
poblador ejemplar del paraíso, hallar un trabajo más productivo que el de temer
desesperado un retroceso o una caída de las huestes revolucionarias, dejar de
procurar agrupamientos defensivos y apuntalar mejor el amor de mi dama. ¿Y si
para entrar definitivamente al paraíso debo volverme trabajador de algo que
haga realmente falta y me dé total satisfacción, no por el ocio ni por la
promesa redentora, sino por la belleza o la funcionalidad de lo producido,
zapatos cómodos, bombillos eternos, naves todo terreno impulsadas por
magnetismo? Quizá deba ser un labriego periurbano y cosechar avena. Un general
retirado que se entretiene como campesino próspero junto a su dama. ¿Y si los
demás ya están agrupados en una pléyade de avanzadores, donde cada cual luce como
un solitario labrador erguido y glorioso? Los comerciantes, incluidos los
buhoneros, no son trabajadores sino aprovechadores. Y los mototaxistas
sobrantes practican una especie de cesantía subsidiada. Y eso de las esquinas
calientes es inconcebible, grupos de activistas desmovilizados haciendo la
revolución con la boca, cuando cada uno debería estar engendrando un vecindario
líder, sembrando un conuco, fabricando champú, haciendo galletas, purificando
agua para que los vecinos no tengan que comprársela a los mercaderes. Las
alternativas son muchas: irnos al campo a sembrar, pescar, cultivar cachamas en
las ciudades, confeccionar calzado sólo con insumos nacionales, o cualquier
cosa que ahora se importe por desidia, por costumbre de hacerle caso a la tv. Lo
que vale es distribuir alimentos junto a las comunidades, dentro de ellas, no
contra ellas desde una emboscada acumulatoria. Debo especializarme y quedar colocado
en un lugar donde muestre que es posible sobrevivir sin depredar. Debo iniciar
mi traslado, realizar mi transferencia a una factoría o a un negocio del
pueblo. Por ejemplo, uno donde nadie le gane a nadie por comerciar alimentos, y
que esa labor se vuelva un trabajo social, un servicio público. Tener éxito en
eso ayudará a que muchos quieran arreglar su propio traslado al Nuevo Mundo. Yo
primero, en vez de esperar, trasladarme para que la ley entre por casa.
A lo mejor, eso era cuanto quería Jesse,
que viniera a recibir este descomunal regalo de andar por aquí, ya libre de
aquella tarea de dar muerte y también del ajetreo de buscar capitanes que
reúnan gente para cumplir proyectos asombrosos que enciendan la fiesta
iluminando el camino. ¡Ya la fiesta está encendida: cada quien es su comandante!
Y me trajo para que goce vivir siendo un desconocido, la delicia de que nadie
repare en mí al pasar, ni me quiera matar ni me culpe de los muertos ni de lo
que supuestamente está saliendo mal, y para que disfrute las peripecias menudas
en esta aventura de estrenar la cuna del cielo en la tierra. Por eso no me
anticipó que en este viaje sería un hijo del pueblo, sin fortuna pecuniaria,
sin títulos académicos, ni que estaría en la posición más desventajosa para
comandar un contingente de principales. Si es que ya todos llegaron y están por
ahí, gozando la vida plena, y me quedé de último por andar preocupado, ansioso,
presintiendo y anticipando desgracias, tengo que enmendarme: dejar de negar lo
extraordinario de lo que está aconteciendo. Por supuesto, seguiré trabajando en
mis dispositivos maravillosos de acabar definitiva y bellamente con los
imperios, es parte de la eterna poesía celestial, pero no hablaré más de ese
asunto con todo el mundo en el Metro o en las plazas como un poseso. Y dedicaré
más tiempo a agradecer lo que hacen los revolucionarios bisoños: mal que bien
han luchado y vencido hasta hoy, no debería quejarme, ni dudar que el cielo los
ayudará a permanecer incólumes hasta el arribo general. Todo esto es parte del
plan divino. Debería tener la desfachatez de ver y declarar que Esto es perfecto,
como dice aquel aeda en su bonita canción.
¡Claro que es así! ¡Jesse esta vez no vino
haciendo milagros sobrenaturales sino cosas de hombre audaz e inteligente,
susceptibles de ser emuladas por todos, para que cada uno se estimulase a
hacerlo también! Y por eso no vine escoltado con Sucres y Urdanetas, Artigas
reconocibles y un prodigioso San Martín: porque tengo que actuar sin
regimiento. Igual que cada quien debe levantarse a sí mismo, unido a los demás
por el espíritu, por la tarea única y los métodos sin mancha. Si aparece la
vecindad modelo, no será porque alguien acaudille a los demás, sino porque una
madurez social haga que las personas libres coincidan por iniciativa propia. Se
acabó el amontonar gente y el seguir a otro. El que va atrás no es un ciudadano
libre, es un cándido zombi, como los cristianos, que no son capaces de fundar
un barrio sin comerciantes depredadores. Claro, los más sueltos ayudarán a los
que estén rezagados en el camino, como siempre, pero no como modelos para ser repetidos,
sino como estímulo entre artistas cotidianos que se inter influencian, entre
próceres y descubridores normales. No como borregos, que cuando les falta el
pastor se dispersan ante el lobo y los vuelven a joder. Ahora cada cual será un
ahuyentador de lobos. Me tomaré más en serio averiguar si están todos por ahí
–aquí o más allá, disfrutando el presente e irradiando de lejos-, asumiré el
regalo de estrenar mi cielo sin religión –no ellos sin religión, sino yo sin
más religión que amarlos-, sin temores, sin líderes principales comandados por
mí ni cultos sectarios, mi mundo donde oigo una canción que dice “Cálmate mi
niño, sólo faltas tú, ponte cómodo, niño impetuoso, sosiega tu ánimo, sólo
faltas tú, vente de una vez… ”, y me acompañan todos asidos al coro sideral del
universo, capitaneando cada quien su nave, quien puede risueña, si no,
aprendiendo mansamente, en medio del suave bambolear de sus mentes aún
semiacostumbradas a la ilusión cada vez más tenue y fugaz. Estaré más atento,
acalmaré mi espíritu para entrar con los ojos del alma en esta nueva dimensión
del eterno acontecer. Seré un ejemplo de
adaptación a la gracia del cielo, haga éste lo que haga. No habrá un Regimiento
Libertador que se diga bolivariano: sería un partido más, una secta, una de las
categorías que deben desaparecer para quedar todos transformados en Señores de
la Unión, Ciudadanos de la Alegría. Menos mal que ahí viene María Luisa, como
para recordarme que debo dedicarme más en serio a pasarla bien.
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