Libro IX                                     El que vino de lejos

 

Miren a éste, el carajo anda tan orgulloso por creerse un protagonista principal en este centro comercial lujosísimo, ¡que no se mueve a su derecha para dejar pasar al que le llega de frente, seguramente porque vio que es un hombre sencillo del pueblo! Tenía para donde moverse y conoce las reglas de urbanidad, pero escogió no desviarse y avasallar al que venía en sentido contrario. El ciudadano se le apartó moviéndose hacia su izquierda algo sorprendido. Y supongo que nuestro amigo estirado asimiló como un triunfo que su contrincante –para él fue un contrincante- le haya cedido el paso, aunque le correspondía mantenerlo. Decido instantáneamente que ni siquiera hurgaré en la cara del vencedor para evitar a toda costa el roce con la estupidez de una fiera menor como ésta, varada desde antaño en su supuesta superioridad. Si lo hubiera visto de cerca, me habría recordado la mirada y el gesto de aquel sobrino mío que era realista. Es evidente: aquí hay gente que no ha empleado el tiempo para salir de lo que era. A los cuarenta años ya demuestran claramente si vinieron a crear y crecer como personas, o si a envejecer prematuramente de tanto repetir lo que hacían sus abuelos.

 

Ahora en el Metro esta caraja, que con su gesto facial deja saber que se cree más que los mestizos, me obliga a pensar que no sabe cuánto se disminuye cuando imagina que alguien es menos. Tampoco nota que en realidad está obedeciendo a lo que recuerda o imagina, prisionera en su mente. Está siendo usada por un circuito impreso, por una máquina, y se empequeñece cuanto le niega al otro, quedando reducida al grado más insignificante. Cada vez que incomprende dónde está parada, niega su inteligencia. Es como quien se duerme en su concierto favorito por haber comido demasiado antes de la función. Lo que mejor hago es estar atento mientras la gente anda sumida cada cual en su mundo de sueños y acosos virtuales. Lo de sueños y acosos virtuales lo logro leer viendo sus caras.

 

Al fin en el Centro. Todavía no puedo creer que haya regresado. Después de doscientos años, me resulta extraño estar de nuevo en casa, aunque ya sé qué ocurrió desde mi partida. Pero todavía me toca descifrar a quiénes ha traído para acá la Providencia, qué ha reunido el universo en este maravilloso paraje, mi hogar predilecto del cosmos, para esta segunda y definitiva jornada.

 

Pasear por aquí me trae el recuerdo de las negras sobradamente amorosas con el heredero huérfano, solitario y callejero. Su trato especial para “el hijo de los amos”. Matea apoyaba mis correrías. Nadie podrá decir que las hice para imitar a Pedro el Grande. Cómo disfrutaba aquellas incursiones, eran la diversión más ilustrativa. Escapado, lograba olvidar todo infortunio. El presente inquietante y distinto me liberaba de mí y de todo. Un día, justo cuando regresaba, descubrí que un esclavo huyente estaba saltando la verja e ingresando al patio de mi casa. Entré y, tomando todas mis precauciones, lo busqué entre los matorrales. Estaba herido y venía escapando de sus verdugos. Me hice su amigo. Lo amparé unos días y me dijo que sus familiares habían fundado los primeros enclaves libres del país, hacía ya doscientos años. Los negros, con sus irrevocables ansias de independencia, ¡tenían dos siglos siendo más libres que todos nosotros! Igual tendríamos que hacer ahora los adelantados -apartando los colores y salvando los detalles y el tiempo-, para ir más allá de tanta declaración, consigna y palabreo sin sustento en la mente de cada uno. Luego, cuando tenía 12, fue lo de José Leonardo, pero sólo escuché los murmullos en la casa. Mi tío desconfiaba de mí porque yo no les tenía miedo a los negros y él sí. El maestro Robinson desapareció después de lo de Gual y España. Desde el principio se sospechó su participación, pero fue después, en Europa, cuando me contó todo.  Tampoco pude ver con mis propios ojos cuando ajusticiaron a España en la plaza. Los maestros de la escuela llevaron a todos los niños, obedeciendo la ordenanza real, para que la parvulería presenciara la ejecución y quedaran todos aterrorizados, atados corto a la voluntad del rey. Ellos sí vieron cómo llegó, casi arrastrado por un caballo, y cuando lo ahorcaron y le cortaron la cabeza. Yo, en Europa desde hacía poco, supe que la frieron en aceite y la pusieron en una puerta de la ciudad para asustar más a los súbditos. Antes de morir soltó su anatema “¡No tardará el día en que os ahoguen mis cenizas!”. Yo, del otro lado del océano, escuché ese grito y lo clavé muy profundo en mi ser. Ahora volví a caer en la misma trampa. Creí que viniendo preparado en lo personal y sabiendo qué hacer, podría tener éxito y resulta que estoy nuevamente solo. Necesito una veintena, un centenar de capitanes excelentes y no los veo por ningún lado. Nadie entiende el cambio de mentalidad o, si lo entiende, no se integra a un proyecto específico para establecerlo. Nadie apoya una expedición de cambiar nosotros primero en un club, usando precisiones, un método y proyectos evaluables hasta en lo más mínimo. No logro convencer a un contingente de ciudadanos libres para irnos a fundar la utopía en una pequeña comunidad de carne y hueso. Sólo he coincidido con los poetas salvajes, locos e irreverentes, los más audaces, pero indisciplinados respecto a lo real. Hay algunos trovadores más desquiciados todavía, que prefieren asesinarse con alcohol o gastarse acarreando incómodas cargas burocráticas. No se puede contar con esa gente.

 

Al regimiento libertador debe caracterizarlo esta vez una férrea disciplina basada en la habilidad sencilla y puntual de no tener enemigos en la mente: ¡hay que deshacerlos allí mismo cada vez que aparezcan, lo cual es la fórmula secreta para no arrecharse con lo que haga otro ni con lo que ocurra, sino entenderlo y responder desde la inteligencia! Usaremos ese poder para construir enclaves del paraíso aquí en la tierra, ¡poblados libres! ¡cumbes de estos días, con gente de todos los colores!, para que la gente los admire y quiera irrefrenablemente mudarse. ¡Atraer a la gente con ese tipo de belleza, enamorarla, unirla y mudarla: ésa es la tarea! Bueno, al menos la mía. Claro, allí deberemos evaluar lo que se haga diariamente y establecer los parámetros de lo que significa avance y lo que significa estancamiento, repetición, retroceso, vejez y muerte en vida. Con eso bastará para desplegarnos y arribar, en esta segunda oportunidad, a la sociedad sin sectarios ni guerra: al Paraíso, exactamente ahí. Ese es el plan que trazamos Jesse y yo. Establecer la fundación y dejarla bien plantada, así como la vez pasada dejé firmemente plantada una república mantuana, aunque quería la Reina de las Naciones. Para vencer ahora, el grupo de líderes tiene que mostrar una hermosura inaudita, un crecimiento absoluto e infinito en lo íntimo. Sofisticadas habilidades de comunicación persona a persona. Una verdadera nobleza de espíritu. Ésas son las coordenadas a que deben responder, tanto el bando libertador como sus realizaciones. No me importa de donde vengan los próceres, si de la oligarquía y sus huestes marchitas, o de la revolución y sus copartidarios, por ahora triunfantes. Lo que cuenta es que los elegidos quieran alcanzar en vida nuestro más glorioso destino.

 

Se requiere un ejército realmente excepcional. Miles de campeones que amen por igual a los camaradas y a los anticomunistas, y los ayuden a ambos a conquistar, no el poder gubernamental, que es para ellos un factor de discordia, sino lo que los une, conquistar lo que en el alma quieren ambos. ¡Los camaradas y los opositores libertarios lo que quieren es la sociedad más bienaventurada y feliz, la sociedad más luminosa y próspera! ¡Ambos persiguen esa misma belleza! Así es. Para que los mejor intencionados de todos los bandos tengamos éxito, tendrán que aparecer aquí, en Venezuela, durante estos días, miles de seres como Cristo, como Buda, miles de Luther Kings y de Mandelas, miles de Gandys y de Lao Tses de esta época. Ésa es la fase de la revolución que está comenzando. Me imagino que están por ahí. Eso fue lo elucubrado, volver la sociedad terrestre un Edén. Es la obra más divina del universo, así que no nos falta la ayuda celestial, y los héroes para tal epopeya con seguridad están cerca y sólo tengo que aprender a distinguirlos, mirarlos aparecer y reunirlos.

 

Hasta hace poco viví sin dama. Sabía que el universo me había enviado una, la más adecuada compañía y que en su momento la encontraría, pero lo importante era prepararme para la expedición. Adivinaba que tendría la distinción y la hidalguía de las aristócratas, y que a la vez ardería permanentemente en los fuegos patrios y que sería mi compinche y asesora en esta aventura de terminar de construir el país de mis sueños, uno libre y soberano entre patrias soberanas. Una nación que se abrirá a la luz y ayudará a sus vecinas a emerger, para no estar sola y para protegerse entre todas. Las mujeres que no tienen ese fervor heroico son para mí como niñas, y no me suscitan interés carnal alguno, más allá del deslumbramiento sorpresivo ante Eros Desencadenado. En mis sueños imaginaba la magia de María Teresa y la locura de Manuela. En eso andaba, discriminando a las demás como seres de un mundo anterior ya en extinción, cuando de pronto vi a María Luisa y supe que estaba ante el portento más inesperable. Ojos alechuzados, se me ocurre decir en honor al poeta, por la inclinación y la chispa de sapiencia que fulgura en ellos, y lejana como una mantuana de antes. Yo no creo en esas distancias aparentes, siempre he estado rodeado de mujeres de todas las edades y con todo tipo de problemas. Sin ir muy lejos, en mi casa de San Jacinto había más de veinte. Así que observaba a ésta pasearse de aquí para allá, como si realmente perteneciera a otro mundo, pero consciente de que ese mundo raro era pura invención de ella. Aun así, cuando al cabo de varias vueltas me sonrió, desató mi asombro más reverencial y mi más loca alegría. Ese día no pudimos terminar de encontrarnos. Pero desde entonces su existencia fue un prodigioso regalo y su recuerdo una presencia dominante e inspiradora. Por unos días, me aseguré de que era ella y siempre temía que cuando la viera de nuevo estaría con su esposo o que denunciaría una serie de códigos adversos, quizá fuera lesbiana, o evangélica y haría rodar mi intención por el suelo o algo así, pero eso no me detuvo. Si era ella, sabía que su rechazo o la aparente separación sería sólo al principio, igual que el primer día. La añoraba a pesar de ni siquiera poder rememorar bien su cara. Ahora ya me la sé de memoria, y se disolvieron todas esas esperas y las dudas. Estoy a cien kilómetros de ella, pero aun así me inquieta. Más que su recuerdo, es su estancia en este planeta lo que me entrecorta la respiración. Hoy nos vimos al medio día y luego ella se fue a hacer sus cosas, pero mientras avanzo tarde abajo en esta máquina infernal laborando en mi obra maestra para provocar el fin del imperio, voy hacia ella. Me provoca salir a caminar para conjugar a solas el factor inmaterial de su esencia. Tampoco es que tenga de ella principalmente una imagen celestial, o una erótica, ni una noción vaga ni una precisa. Hablo es de su dominio sobre mí, su cercanía amiga. Esa sonrisa cómplice junto a su soledad –quizá es la mía-, el grado de proximidad que logra o sugiere con sus gestos, la conmoción que me produce. Me recuerda cuando María y yo decidimos venirnos a Venezuela. Ella lo sabía de esa manera en que saben las mujeres, pero no lo formuló en palabras: “Si nos quedamos a vivir en Europa, tú no lo soportarás, morirás en pocos meses. Si nos vamos a Venezuela, moriré yo, pero lo prefiero. Presiento que debo hacerlo y que es irrevocable”. Yo también lo supe, pero no quise leerlo en su escueta frase: “Vayamos a nuestra corta felicidad”. Fue una vida fabulosa, pero no quiero recordarla. Estoy aquí, y tengo más de lo que nunca esperé recibir en este viaje. Merecer sí, merezco todo lo mejor. Espero que sea la corsaria cósmica que creo me fue destinada para que no ande solo y tenga éxito en esta navegación suprema. Pero todavía no la conozco bien, dejo el destino en sus manos. Total, es mi dama y le entrego el poder de hacer con nosotros lo que desee.

 

Hay, entre los muchachos de la revolución, unos que van directo a los puestos, no ven para los lados, no hacen nada que los desvíe de esa meta. Si no lo dice un jefe, no lo inventan ni lo descubren, no lo intuyen por sí mismos; aunque lo oigan, no lo entienden: con esa gente tampoco se cuenta. Otros creen que sólo con marchar van a hacerlo todo, o con pintar murales. Si no aparece quien les haga saber que el verdadero trabajo es ir a los barrios, pero no a pasear –ni a patearlos, como dicen horriblemente algunos-, ni a buscar necesidades y entregar “beneficios” sino a extraerlos del caos y fundar, en esos breves territorios, enclaves de una nueva sociedad, estamos jodidos. Se supone que ése era mi trabajo, que era yo quien tenía que seducirlos, fundando yo el primer recinto celestial para explicarles, en vivo, que ahora viene el segundo paso -después de haber tomado el gobierno por las buenas más de diez veces-, y que consiste en cambiar de mentalidad y construir ejemplos en vivo, barrios con sus fábricas de la gente y colegios donde se viva entre amigos cósmicos, que enamoren hacia la nueva y bella forma de vivir. Pero el hecho es que dondequiera que digo eso, congresos, foros, tertulias de bar o de plazas, mis palabras mueren en el silencio. Suscitan burlas o admiración impotente pero, indefectiblemente, las realizaciones quedan para después. Es una verdadera debacle: si yo quisiera irme hoy a un pueblo o a un barrio especial a crear uno de los emporios de la vida por venir, no tendría a quien llevar. No conozco a nadie que se tome en serio no esperar, no criticar ciego, no condenar, no arrecharse porque nos maten gente mientras nosotros no matamos a nadie: ¡todo eso a la vez!, y, por supuesto, no albergar una idea fija de que otro es enemigo. Si consigo alguien que no se molesta con enemigos, entonces no sabe desangustiarse. Y si no logran manejar su mente, ¿qué carajo van a hacer en los puestos avanzados, en los enclaves especiales del paraíso, aparte de sabotearlos sin culpa? Quien quiera sacar la sociedad de su rutina tiene que salir él primero, en vez de justificarse diciendo que la culpa es de la Cuarta, aunque en parte sí lo sea. Muchos camaradas, ahora que arrecia la acometida burguesa, hasta se han puesto a culpar al pueblo, “¡Es que la gente es muy cómoda!”, “¡Es que tienen el imperio en la cabeza!”, “¡Es que están esperando que se lo hagas todo!”. ¿Y los que aseguran que el cambio de mentalidad será de aquí a cincuenta, cien o quinientos años? No saben lo que es posponer, no saben lo que es cambiar de una buena vez. No saben que, si avanzas con ganas hoy, llegas al Edén de una, ¡hoy! Ni saben que al cambiar tú, descubres que los demás también pueden hacerlo y, sobre todo, cómo.

 

Lo que nos rodea debe ser una belleza, pero no de objetos artísticos fabricados por una élite de seres sensibles seleccionados por la cultura, sino que la vida misma debe ser una obra de arte. La relación entre las personas, ¡eso es lo que primeramente debe ser llevado a la calidad de obra de arte! Cada ciudadano debe estar en un proceso de transformarse gustosa y amenamente en un ser hermoso y amante de la belleza. El sufrimiento debe desaparecer o estar en vías de llegar a su fin. Ya hay conocimiento para eso y sólo faltan los líderes que lo apostolen, pero, los soldados de la revolución ya sabemos a qué se dedican. Estos manganzones del ejército civil patriota van a los barrios a poner a los muchachos a jugar hasta rugby de playa. Los pescan y los ponen a eso, les dan uniformes y todo, apoyo logístico lo llaman, cuando deberían estarlos entrenando para eliminar imágenes y crear deportes nuevos, para administrar su propia red de alimentación sin robar, para hacerse sinceros más allá del rumor y de los avasallamientos mutuos. Esta gente no tiene remedio. Si no supiera que quien comenzó todo este trajín fue el mismo Jesse, no me explicaría por qué aún sobrevive el proyecto. ¡Claro que sobrevive de milagro! ¿Cómo van a lograr matar lo viejo si está dentro de cada uno de ellos y sólo culpan, es decir: si creen que está afuera? Ya sé qué es la gloria: oír que repiten tu nombre porque no completan tu ideal: no pueden honrar tu nombre con hechos divinos, y se conforman con palabras y ceremonias. Y si les dices: hay que crear cumbes urbanos, te dicen que es una gran idea, pero lo dejan para luego, igual que hace doscientos años no entendieron lo de repartir las tierras, liberar a los esclavos, fundar una sola Colombia y ser preferiblemente Ciudadanos Libres. La gloria es ver cómo botan el caramelo y se comen el papel en tus propias narices. No me atormenta porque vine a ser feliz para darles el ejemplo, ése es el meollo de la estrategia pactada. Pero no me lo ponen nada fácil.

 

Esta vez no soy el heredero más rico del continente, ni el que más arriesga ni el más viajado por Europa, ni el más leído. Ni se trata de reunirlos para matar gente –aprovechando las ganas que tenían represadas por siglos-, eso ya no está en la primera línea del menú. Ahora el trabajo es dejar de temer y eso los asusta. Conclusión, no he podido reunir a un solo capitán. La mayoría reconoce la belleza o la relevancia de mis propuestas, el vuelo ético de mi intención, pero nadie se dispone a ponerlo en práctica. Por supuesto, los camaradas y sus amigos no tienen la culpa, nadie la tiene. Y hay que agradecerles a todos esos jovencitos -y a los venerables ancianos que los preceden- que estén dispuestos a dar hasta la vida por su ideal. Pero ahora eso no es lo que hace falta. Morir no serviría de nada. Aquella vez nos quedamos casi sin jóvenes. La guerra amontonó millares de cadáveres y el odio confluyó principalmente contra mí. Durante una década los llevé a masacres que parecían infructuosas y exigía más y más sangre. Menos mal que ya estamos aquí. Mientras los bisoños cantan y gritan y bailan en las marchas, me esmero en terminar la sorpresa que les estoy preparando para reunir a la gente y comenzar la acometida final. Aunque a veces me provoca dejar ya todo así y darme por vencido. Sólo el recuerdo o la vivencia del cielo me reincorpora al trabajo sagrado.

 

Yo estaba esa tarde pensativo y Jesús, sabiendo que cavilaba sobre el día de mi retorno, me puso la mano en el hombro, se sentó a mi lado y me dijo: En verdad no es que te vaya a ayudar ni que haya sido oído tu ruego silencioso. Se trata de otra cosa: necesito que me hagas una segunda. Lo miré extrañado, hurgando osadamente en su pupila infinita, punto de convergencia de todos los soles y las luciérnagas. Ayúdame, resumió. Vamos a tu país. Regresarás. Yo quiero sembrar allí la nueva fase de la revuelta del amor a escala planetaria, y tu ciudad natal me parece como pintada para empezar esta vez. ¡Allá no les apena decir que son “la sucursal del cielo”, y tú tienes pendiente la epopeya suramericana, aquella tarea que empezaste, de darle fin a los imperios y fundar una nación que los aventaje siendo diferente! Ni soñando lo combinaríamos mejor. Pero esta vez nos intercambiaremos los roles, planificó. El vendría como un soldado no aficionado a matar gente, pero que redime a los desarrapados mediante la paz, y yo como un profeta que no hace milagros ni funda una religión, pero con ello logra deshacerlas todas o fundirlas en una sola: el aprecio por la gente. Son las dos caras de la misma vaina. Yo apareceré primero, dijo, tomaré el gobierno y revolveré el avispero: haré milagros –se refería a lo de regresar al tercer día y cosas semejantes- para señalar que el pueblo ya comenzó a mandar. Y cuando todo esté ahí, ni de un lado ni del otro, me apartaré y tú entonces estarás libre para presentarte y aprovechar tu genio ecuménico y lo que has aprendido estos doscientos años de calma, para terminar tu obra y hacer la revolución humana más profunda, una verdadera rebelión cultural que logre sentar las bases de la independencia íntima en toda una nación pionera. Necesitamos un primer país que se encumbre, no para arrastrar a los demás debajo de sí, sino para ser feliz y dar el ejemplo de cómo elevarse sin masacrar conciudadanos: cómo compartir el poder. Eso ayudará a que los otros países pierdan el miedo, dijo. No establecimos con certeza si nos encontraríamos y conoceríamos aquí abajo. Sólo que alguien vendría antes para arreglar los edificios emblemáticos de Caracas y ponerla bonita, a fin de que no me inspirara tristeza que tanta gente no hubiera evolucionado lejos de la tramoya y la viveza, y del sectarismo y los partidos. Y a fin de disimular un poco que recientemente la libertad malentendida ha inaugurado la costumbre de orinarse y cagarse en la calle. Eso planeamos.

 

Me vine impulsado por mi natural seguridad, pero, la verdad es que no está nada sencillo reunir un contingente de libertadores en esta época. La vez pasada fue elemental: se necesitaba ferocidad y, con la gente del llano de nuestro lado, fuimos los más salvajes e invencibles. Aquella sublime osadía de los llaneros nos salvó. Pero ahora no se trata de tomar el gobierno, ya eso lo hizo Jesús por las buenas, tal y como quedamos. Ahora la tarea será elevar a cada uno de los habitantes al rango de Ciudadano Libre, no por un nombramiento hueco, sino por sus hechos cotidianos, por la calidad de la vida que se dé y le dé a la República.

 

Esta tarde, en el Metro, saqué a un niño de un encantamiento que lo hacía llorar sin descanso. Estaba fijo en una imagen, sólo había que distraerlo fuera de ahí. Lo toqué amoroso y se dejó cargar e hizo silencio con gran sorpresa de todos en el vagón. Estoy seguro de que nadie ahí supo que ese poder está en todos, y que lo tiene que desarrollar cada uno para ser ciudadano y para que pueda haber una República Verdadera, una V República, una República Mutante de signo amoroso, no manipulable por ningún operador extranjero. Va a ser difícil para los niños del Este de la ciudad amar a los camaradas y superarlos: hacer bien lo que los revolucionarios intentan y no saben lograr. ¿Cómo les va a caer cuando se les diga que la estrategia para su triunfo es mudarse de inmediato a vivir en el cielo sobre la tierra y brillar desde esta altura ética, para marcar la diferencia con los rojos? Los rojos, ineficientes en lo de matar la vieja sociedad, quedarán por un poco tiempo rezagados detrás de los del Este, eficientes en construir un paraíso verdadero, pero enseguida se pondrán las pilas y se habrá consolidado la unión: esa es la sencilla tarea. ¿De qué manera lo voy a explicar, que ya no lo haya intentado? Los que se vengan tendrán que demostrar el abolengo, la sabiduría, la alcurnia, si es verdad que la tienen, haciendo algo que realmente sea diferente al pasado, al odio, al crimen, a la villanía trasatlántica. ¡El que no sepa hacer algo mejor que lo que están haciendo los revolucionarios -que al menos están procurando cambiar el mundo-, que se quede callado y quieto, que no interrumpa a los héroes mientras aprenden! Héroe es el que se atreve contra las costumbres, así quede en ridículo. Y por lo regular queda. Sabio es el que, no sólo se atreve a querer cambiarlas, sino que además descubre cómo salirse con la suya. Mago es el que lo logra. Poeta es el que celebra así no se vislumbre por ahí el éxito. Si en verdad sabes y puedes hacer algo mejor e ir más allá de sólo la buena intención y el odio, entonces ven a hacerlo: ¡enhorabuena, bienvenido! Serás uno de mis generales o uno de mis sanos competidores. Lo que deshonra es quedarse quieto en el pasado o querer regresar, no transformar nada y, encima, ponerse a destruir lo bueno que ha podido hacer el otro. ¡Por ahí no es, compatriotas! Por ahí sólo se le daría un triunfo más a la muerte y nos conduciríamos de nuevo a la ruina, al destino más oprobioso y oscuro.

 

Los partidos democráticos, desde que aparecieron, escogieron el camino de sabotear a los comunistas a fin de caerle bien a los norteamericanos. Ya antes habían saboteado el gobierno de Medina, porque estaba siendo bien acompañado por los rojos, y se negaron a reconocerles nada bueno. En aquél momento se justifica porque había una Guerra Fría y el águila del norte no se podía permitir un enclave enemigo en sus cercanías. Pero ya la Urss desapareció y los pajarracos siguen en la misma. No aprenden. Ahora tendrían que ayudar el designio del cielo y cumplir lo que los comunistas prometen en vano. Si en el primer lustro hubiesen leído en los hechos que los camaradas no saben cambiar el mundo, aunque lo desean fervientemente, y que el pueblo lo necesita con urgencia, y se hubiesen puesto ellos a hacerlo, ya estuvieran en el gobierno desde las segundas elecciones. Si hubiesen sacado limpiamente un primer villorrio de las dominaciones y creado allí un verdadero poder vecinal, si hubieran fundado un primer liceo donde los muchachos, en vez de someterse mutuamente, aprendieran a ser todos líderes de compartir, la gente los hubiera preferido pronta y merecidamente. La mayoría de los maestros son de esos viejos partidos medio democráticos, pero sólo piden aumentos. ¡Para libertar comunidades no hace falta estar en el gobierno, basta con saber qué es lo que hace falta! ¿Por qué, si no, Yunus pudo ayudar a tanta gente sin apoyo del estado ni de los fabricantes de dinero?

No intuyen que les conviene más aprender a ser verdaderos demócratas. ¡No osan avanzar con los tiempos! Siguen fieles a la tradición europea, mantenida por sus herederos de Norteamérica: ¡escogen libremente asesinar contrincantes! Tal como mataban gente desde el gobierno, ahora matan desde la oposición. Escogen afianzar su inclinación al mal. Esa degeneración espontánea los llevó a sabotearse entre ellos mismos cuando gobernaron y tal saboteo escandaloso fue en parte el responsable de su propia destrucción y caída. Evidentemente, no develan que esta construcción de un mundo diferente es un designio divino. Por eso no respetan mi legado. No adivinan que están destinados a desaparecer y a volverse Nuevas Creaturas. Ascender varios grados éticos, criticar con buena intención, escuchar y aprender. Realizar obras hermosas y llevarse a la gente al lugar donde cabemos todos. Eso es el diálogo, cambiar y disponerse a construir juntos. Odiar e ir tramando la guerra mientras conversas, es traicionar el espíritu y sabotear la República.

 

Tenemos que hacer una película para reclutar a todos los Artigas y a los San Martín que haya por aquí. Una donde se vea que los sectarios no vendrán al baile. ¡A mí que nadie me siga! Ya tuve bastante de eso. Seguidores y muertos, nunca más. Que nadie siga a nadie. Se necesita gente que entienda los problemas y sepa reunir al resto de la gente. En la película, miles de protagonistas harán manifestaciones contra las desviaciones del gobierno revolucionario, ¡sin ser enemigos de la revolución, sino como ayudantes soberanos, como poder supremo!: ser oposición sin odiar, ser esa nueva estirpe que se opone desde el amor y la unión, ¡ése es el paso de gigantes que debemos dar! Hay que conseguir la forma de burlarse de los sectarios y de los funcionarios. Una caricatura diaria. Quizá el lugar más adecuado sea una telenovela humorística. Una donde aparezcan multiplicados por cien, por mil los ejemplos de los héroes en acción y los vicios de los gobernantes subalternos del tercer milenio. Debe ser una enseñanza directa para que la gente no quiera más ser funcionaria sino Nueva Creatura. Me gusta esa expresión de Morrison: la reacuño. Hace falta todo un mundo de creaciones inéditas, pero los de la oposición no están pendientes de aprovechar eso. Puro loco desorbitado es lo que hay entre sus hordas seguidoras. Tú les dices que el gobierno esconde la comida para que el pueblo pague sus errores electorales y te lo creen. ¿Qué se podría construir con gente así, aparte de un manicomio o una guerra civil, que es lo mismo? Pero igual están los prosélitos del gobierno, bailando y gritando en centenares de marchas, cuando hace falta fabricar sosa cáustica para entregársela a los productores comunales y abaratar el jabón; y moler maíz en cada comunidad para acabar con los consorcios, y traer las frutas directamente a la gente, para acabar con la especulación. ¿Qué se podría construir con gente así? Pero ése es el trabajo inmenso que está por delante. Para eso es que debemos invocar el Amor, el más formidable y divino de los poderes.

 

A la película habrá que ponerle una clave para que los cristianos y los bolivarianos –igual que los capitalistas y los fascistas- vean la diferencia entre comprender y seguir. No aparecerá nadie que venga a discutir airado y a encolerizarse con los que ya están capacitados para crear una secta fanática y matar. Si hacemos la película mostrando héroes excelentes que sobrepasen el nivel del miedo sectario, entonces sobrará con quien irse a cualquier rincón a hacer las cosas bien para exhibirlas como ejemplo, y ennoblecer la vida poco a poco hasta que quede fundado el Nuevo Mundo. Tras ver esos filmes sobrarán poblaciones que quieran ser el enclave modelo. Entonces vendrá la acometida multitudinaria perfecta y le habremos arrebatado al caos un primer territorio virgen. Un primer país de la nueva cultura americana. Y después de ganar esa primera batalla, los muchachos sabrán que la meta no es jugar rugby de playa ni ser funcionarios y defender al gobierno con marchas o discursos, sino liberar territorio punto por punto y así cuidar que el Presidente no se vuelva dios y deje la revolución para después, en las palabras por siempre, hasta la próxima llegada de la inspiración.

 

Hay que aprovechar que ya la sociedad tiene suficiente conocimiento de la economía como para superar el modelo depredatorio. Ya tenemos un arsenal de maravillas y humanismo de sobra como para liquidar el apartheid ético y espiritual, y Pedagogía de la Liberación, deportes nuevos, canciones de amor a todos, ¿qué es lo que no hay? ¡Podemos ir adelante en vez de retrocediendo y negando el futuro! ¡Una época está terminando y nos corresponde ayudarla jubilosos a desaparecer asumiendo el radiante presente que no es otro que el cielo de la tierra: unir el cielo con la tierra, como diría mi gran amigo, el viejo Tsé! ¡En la vida real, millares de ciudadanos sabios deberán hacer manifestaciones contra los que mienten para derrocar la revolución en nombre de la libertad, pero esos mismos millones de héroes deben encauzar la revolución fuera de su desliz burocrático! Los líderes viejos creen que el pueblo no aprende: ¡Claro, ellos no aprenden! ¿Cómo podrían creer que otro pueda hacerlo?

 

Jesse hubiese aprobado las tenelovelas y los filmes del futuro apenas verlos. Pero no se preocupó por los detalles porque conoce la eternidad mejor que nadie. Sabe que venceremos. Él juega, olvida ciertas nociones. No les da importancia a cien o doscientos años. Se divierte, ríe, celebra. Yo, realmente, aún no quiero ser así. Me desespero a veces (y me consta que lo disfruto), ya no me provoca asesinar, pero me gustaría hacer milagros. Quizá de aquí a doscientos años más regrese haciendo magia, pero no para confundir o persuadir por temor, sino para que todos vean que se pude. Será una revolución magnífica. No. Magnífica es ésta, que no conoce sus escalones, pero los sube a tientas, a veces en medio de la más ciega obcecación triunfante.

 

Algún día escribiré lo que hablábamos Cristo y yo allá arriba durante todos los años en que tuvimos tiempo libre, cuando reflexionábamos. Poco a poco fui evolucionando desde mi lógica de libertar mediante guerras a muerte hasta lo poco que he podido escalar hacia la inteligencia infinita. Él me dijo, ve para que te diviertas y aprendas, pero reconoce de antemano que, aunque estás preparado, no tienes un grupo de apoyo mínimo, como antes. Tendrás que escarbar y sacar la miel con las uñas, si quieres reunir grupos de acción. La otra opción era dejarlo para después, preparar con tiempo una confabulación más organizada contra el caos, desarrollar un mínimo de cien cabezas principales que llegaran y sorprendieran desde diversos ángulos. Pero eso significaba postergar y correr el riesgo de que se deteriorara más la vida social del país y se hiciera más difícil revertir los daños. Entonces escogí venirme de una, sin mayor preparación, confiando en el país, en mí y en la vida. Me dije que no sería difícil reunir tres mil complotados que fueran más conciencia que ganas. Sabios, no de gobernar ellos, sino de enseñar a gobernar, especialistas de ayudar a transformar. Por ahí deben estar, pero no los encuentro. Preferí venirme confiando en mi intuición. Aún creo en la gente y sé que el pueblo dará lo que haga falta, así no haya estado previamente complotado. Pero, realmente no sé si me equivoqué en esto.

 

No vinieron Urdaneta ni Sucre, o no los he visto. Pero sí llegaron temprano los disfrutantes de la carne, que arribaron para llevar hasta el fondo los experimentos de elevar el cuerpo a la mayor potencia sensual. Y a sacar la moral pacata de sus carriles y destronarla del todo. Fui advertido que al mismo tiempo que yo, vendría una bandada de espíritus distractores y que, cuando llegara, encontraría a muchísima gente involucrada en una rebelión gay, y en otra de poetas de leer poesía y disfrutar la bohemia, y aún más, que hallaría una deslumbrante revuelta de músicos, raperos, hip hopers y skaters. Hice una apuesta con Jessman. Él me aseguró que más gente se iría hacia esas manifestaciones que la que yo pudiera atraer jamás hacia la liberación a partir de una elevación del espíritu y supuse que bromeaba. Si lo vemos hasta ahora, él va ganando. Pero entre 1814 y 1816 muy poca gente creyó nunca que yo pudiera liberar cinco países del imperio y no erigirme emperador, y logré ambas. Todo está por verse. Pronto sabrán lo que traje.

 

Lo gay les corresponde a ellos, a los súbditos imperiales, a la gente de los centros poderosos que no tienen para dónde crecer: nosotros sí tenemos. ¡Vamos a cambiar este universo de eje! ¡Vamos a destruir todas las cadenas! Los homos, que se diviertan todo lo que puedan mientras tanto -eso no nos molestará para nada- con los erizamientos de piel, están en su pleno derecho a pernoctar en ese nivel del goce. Fue a lo que vinieron: ¡pero no me digan que eso es la revolución! La revolución es liberar territorios, exterminar el caos para que nadie controle o manipule o someta a otro en esos bastiones avanzados, generar conciencia, cambiar de mentalidad, y no conozco ningún pueblo, ninguna ciudad que lo haya hecho aún. ¡Ni ningún activista gay que lo esté intentando siquiera! No podrían. Tendrían que vaciar su mente y ellos –si sacamos a los que tienen una carga biológica u hormonal no convencional-, son básicamente, enredo en la mente. Si tuviera que vivir en un mundo de mujeres hombrunas y hombres delicados de caminar insinuante, rechazaría la aventura. Me iría a otro lado. Me vendría para este país, donde la mayoría de las damas son femeninas –y las varoniles son más femeninas todavía, para mí- y, aunque cada día se besan más entre ellas, eso es algo ya natural y pasajero, una moda fugaz en el tiempo del universo, una aleación momentánea de los códigos que la vida sabrá concordar como corresponda. Incluso las que son algo masculinas tienen, para mí, liberacionista femenino por excelencia, un encanto adicional que las hace especialmente atractivas. Y aquí aún la mayoría de los hombres no se besan. ¡En ese sentido, esto es realmente un cielo para mí! ¿Qué haría yo si el primero que se me presentara para liberar el barrio San Agustín fuera gay psicológico, social o cultural? Lo entrenaría en deshacer pensamientos, lo pondría a detectar y desarmar operadores divididos. Al final del entrenamiento ya no sería gay. Sería una Nueva Creatura.

 

Viendo esta marcha, reconozco algunas caras y, lo que era una sospecha, se me torna certeza: los milicianos, que ahora avanzan en paz riendo, soñando, bebiendo licores y bailando con la alegría del tambor: ¡son aquellos que dieron su vida peleando en Mucuritas, en los Horcones y antes, en todas aquellas batallas de la primera gesta, y ahora fueron invitados a retornar para recibir este premio! Aquí se arriesgarán igual, danzan desafiando la mira de los avechuchos imperiales. Pero no habrá más guerra que la mediática o la financiera tratando de ahogarnos, y los falsos positivos de los oligarcas de Colombia, que serán develados todos a tiempo. ¡Somos los que hemos persistido durante siglos lanzando miles de cargas sucesivas! ¡Los que perdimos innumerables batallas, pero nunca nos rendimos y vencemos cada vez más contundentemente! Ahora arremetemos cantando y tañendo para celebrar nuestro ingreso definitivo al Cielo Entre Nosotros. Estamos avanzando en pelna fiesta de la Asunción. Todo el que se atreva a solicitar su ascenso con el mayor ardor y con el convencimiento de que es mejor libertad que esclavitud, descorrerá el velo, tendrá la puerta abierta y podrá franquearla. Desde ya nos reímos con creces del intento imperial de matarnos de hambre. Cuando el cielo se propone una empresa, diseña la estrategia y envía a sus ángeles al rescate. Nosotros somos esos ángeles aprendices. Los malos ratos servirán para fortalecer el espíritu vengador noble del pueblo y para ir anidando, mejorando el hogar, atendiendo el camino y acampando. El premio es estar hoy habitando este lugar maravilloso. Los que aún no saben del todo dónde realmente estamos, poco a poco terminarán descubriéndolo.

 

Lloré por doscientos años los muertos de aquellas batallas, los tres mil degollados en La Puerta, los emigrados a Oriente, sobre todo aquellas mujeres sin sus maridos gracias a la contienda, que en esa travesía se pegaron a mis botas para morir junto a sus niños y quedar regados por el camino, abandonados a las fieras. No me hacía sufrir el sentimiento de culpa, sino cierta responsabilidad, estupor ante la calamidad, ante el infortunio del ser humano. Lloré incontinente hasta que un día entendí que habría redención para todos y comencé a ascender hacia tal acontecimiento. Quería ayudar, corregir, enmendar, acometer todo lo que fuera posible. Ahora me llega pleno y hermoso el sentimiento de estar en el centro del portento, aquí, y saber que pertenezco a ese mundo que añoraba, o, que tengo carta de pertenencia, segura residencia, en él. O, dicho de una buena vez, saber que ambos para mí, son el mismo lugar y que éste es también el Cielo.

 

La lucha entre hermanos es algo horrendo. Y no lo digo sólo por mi pasado, hablo de ahora. Así se trate sólo de un simple saboteo mutuo entre maestros en una escuela pública, es algo horrible y funesto. Cualquier lucha enana es el feto de la más feroz y desnaturalizada matanza. La única forma de conjurar ese destino es haciendo las cosas al revés: que haya excelencia en las escuelas pioneras y en los barrios especiales: que haya belleza en las comunidades de vanguardia, ¡y que, así, se obligue a las demás a avergonzarse de lo gris, de lo trivial y lo baladí! ¡Que todos se mantengan aprendiendo, que nadie se conforme con repetir, que todos critiquen, construyan y socorran a los líderes que aún no sepan cómo se hace! ¡Que todos se mantengan aprendiendo y enseñando! El problema es el ser humano, su configuración mental primigenia: eso es lo que hay que trascender. El miedo. ¡El reto es elevar al rango de Cristos y Budas a todos los ciudadanos en este continente! ¡Elevar al hombre de la calle al rango de ciudadano emancipador, volver el país una región de gloria sin parangón! Que lo bello no sea sólo en los paisajes naturales, en los museos y en las gloriosas intenciones de la mayoría, sino que haya una excelencia en el trato diario, una calidad extraordinaria de vida. Que haya amor al prójimo en las comunidades, más allá de los partidos y se consolide la unión.

 

Los líderes de la revolución no lo harán. Ellos hacen lo que pueden, tienen sus aciertos y cometen sus errores (si se puede llamar error a operar con la mejor voluntad usando lo que la vida sucintamente te dio, es decir, sin un equipamiento especializado en destruir a fondo la raíz de la estructura imperial), que haya altos y bajos es inevitable. Al menos están en el gobierno, y es porque hicieron lo que había que hacer para ello. Si hubiese llegado yo primero, habría dicho ¡Vamos a acabar el deporte de competencia, las religiones, todo lo superfluo!, ¡y no hubiésemos obtenido sino cinco votos! O menos. Pero ahora que hace falta unir la tierra con el cielo, como dicta el Tao, toca a los seres divinos que están entre nosotros acometer las tareas angélicas sobre el terreno. Debemos conseguir que una cosa concuerde con la otra. Lo de arriba, con lo de abajo; lo divino, con lo profano. La sociedad divina debe ser instaurada y el primer paso es asumir que el gobierno revolucionario no lo hará. El pueblo es quien hará el cambio profundo, a medida que despierte, pero con los rojos en el gobierno como telón de fondo, como referencia de lo que queremos todos, una patria libre y como garantes del marco legal, la Constitución que ellos mismos idearon y no pueden realizar. Y también como referencia de lo que no se debe hacer si quieres reverenciarla. Porque si los fascistas tomaran el gobierno, ocurriría lo de otros esbozos de República en el continente: el pueblo padecería sacrificado en protestas onerosas y de logros inciertos, marchas en México, migraciones en Guatemala, Protestas en Brasil y demasiados muertos en Colombia y Chile. Con los chavistas en el poder cometiendo sus errores, pero al menos defendiendo la Constitución participativa, el pueblo poco a poco, amorosamente, en paz, irá construyendo el paraíso. El bravo pueblo será la oposición noble que construya nuestro Edén, a pesar de los revolucionarios en el gobierno.

 

A veces me provoca irme y no regresar nunca más. Pero esa no es mi naturaleza verdadera, ni mi pasión preeminente. Si algo he aprendido con los siglos es salir de los decaimientos. Son sucesivos y obligatorios, así que ya sé qué hacer con ellos. Antes me desesperaba, creía que en verdad cejaría y dejaría la lucha a medias. Ahora sé que, frente a las dificultades, puedo creer que flaquearé, pero que eso jamás ocurrirá por mucho tiempo: al recuperar la energía volveré de nuevo a ésta, que es la aventura más gratificante, la diversión más espléndida, mi tarea más interesante en todo el orbe. Así que, cuando decaigo o aparecen adversidades infranqueables en apariencia, descanso, me retiro estratégicamente, y de pronto ya estoy de nuevo ideando cómo colocarle impulsores nuevos a la acción. Ese sube y baja de la energía y el entusiasmo es el ritmo de los acontecimientos, su oleaje natural y ya sé flotar en su vaivén sin hacer esfuerzo ni preocuparme. Luego, durante mi reinstalación en la estancia de la armonía, percibo y entiendo lo que está pasando: empezamos sin las herramientas, con bisoños que no conocen a fondo los pormenores del camino hacia la meta, igual que la vez pasada. ¡Pero no nos vamos a quedar toda la vida siendo novatos, huérfanos de la autocrítica ni nos vamos a estancar en el lamento! ¡Vamos a continuar, que por el camino estamos aprendiendo lo que nos falta! ¡Si alguien tiene que devolverse o adelantarse, que lo haga él sólo y aprenda por allá y nos traiga lo que sea que encuentre, a ver si hace falta! ¡Pero los demás no nos detendremos: vamos a garantizar el asalto a las cumbres de la nueva vida sin enemigos ni sufrimientos: a eso fue que vinimos!

 

El saboteo tiene que cesar. ¿En qué cabeza cabe que un ciudadano honesto, bella persona en muchos otros aspectos, deba volverse mala gente para liberar su país? ¡Eso era antes! ¡Volverse un asesino o apoyar a los torvos homicidas para hacer que pierdan los comunistas es entorpecer la vida, arruinar el presente en nombre del futuro: es como cuando alguien dice que dejará de fumar mañana! ¡Eso es todo menos una solución! Pero, sobre todo, es no comprender lo que está haciendo el otro. Los camaradas quieren arreglar el país porque, entre todos, el país había estado poniendo una descomunal torta. ¿Que ellos no lo saben hacer? ¡Vamos a hacerlo nosotros! ¡La solución es volvernos héroes con poder auténtico y, en vez de una torta empeorada, construir un paraíso! Yunus tuvo éxito dando ese tipo de auxilio: ¡no estaba en el gobierno, no fue asistido por los banqueros globales y sin embargo ayudó a centenares de pobres a progresar! ¡Eso se hace! ¡Esa es la forma civil de impedir que los camaradas, con la mejor intención, cometan apasionadamente los peores errores! ¡Podemos ayudarlos a que tengan éxito! Yo vine a impedir que los demócratas – asesorados por esas bestias de allá arriba- arruinen el país en nombre de la libertad; y a imposibilitar, mediante la inteligencia del pueblo llano, ¡que los camaradas adoctrinen en vez de crear conciencia! Vine a evitar que gobiernen ellos en vez de poner a la gente a ejercer el poder, y vine a garantizar que no endiosen al partido, o a la revolución nominal o a los líderes muertos. Vine a impedir que se dediquen a domesticar a la gente y a volverla seguidora, en vez de transformar a cada quien en un Libertador. O en una Libertadora, como hablan ahora. La tarea es divinizar la vida diaria de los vecindarios y llevarla a su cauce celestial, edénico: a eso vine, pero creo que estoy fracasando otra vez. Porque ¿dónde están los Sucre y los Rivas y los Urdaneta que me ayudarán en esta tarea ciclópea? ¿Qué haré, si sólo conozco gente que se acomoda en un puesto y lo cuida, y se olvida de proponer algo diferente porque sabe que sus jefes dirían, apenas les presenten el proyecto, que es una utopía o una locura? ¿Y qué haré con esa gente que se atrinchera a conseguir errores en el gobierno, pero no acerca una al mingo de las soluciones? Ya ven el tamaño de mi enajenación: creer que un pueblo puede dejar unos amos sin caer bajo el yugo de otros, creer que la gente puede dejar de arrastrar sus cadenas y fundar un paraíso en una sola generación. Pero a eso me dedico ahora, casi igual que antes.

 

Hoy es domingo, no porque haya más sol o esté más brillante. Sino porque sabía que encontraría personajes como esta chica, que se vistió para lucir; y sabía que iba a sentarme junto a esta pareja con niña, no por la mujer, sino para estar cerca del milagro de ellos tres juntos. Ahora siempre quiero que todos los días sean domingo, y en días como hoy lo logro y el Metro es otro a mis ojos. Todos, para mí, están hoy de vacaciones. Todos están en la vida que escogieron y que pueden cambiar si no les gusta, aunque no saben que pueden ni cómo hacerlo. Sabíamos que la primera parte sería sólo eso, un comienzo, algo incompleto, la mitad del recorrido, levantar los ánimos de un gran contingente, poner a sus contrarios en ascuas y desatar la reflexión entre los cercanos a esa virtud. Todo fue preparado para que entonces viniera yo y me luciera ejecutando lo recientemente aprendido, lo que me faltó antes: para que saldara mi deuda pública, la revolución en la conciencia. Mi dama de mirada de sabio me domina como un señuelo encantado. Aquí llega y cesa el tiempo, la espera y el resto del paisaje. Todo pasa a ser su marco perfecto y yo me transformo en un adorador silencioso que no necesita nada más sino tenerla en el centro, obedecer a su mandato de ser hermosa para atraer amores. No me queda otra ocupación que sobreestimarla merecidamente. Hoy no es el deseo de rozar su piel. Ése es otro mundo perfecto que no necesito recordar ahora. Tocarla es tan sublime como sentir la belleza que siento ahora. Pero esto no es deseo, es seguridad. Ella es un arco irradiante. Una fuente de poder a la cual estoy conectado, un aliciente extremo, un antídoto contra el olvido, una letanía infinita de deleites. Suelo olvidarme de ella por el trabajo. A veces estoy más feliz y loco que de costumbre y la voy a buscar y le digo de mil nuevas formas cuánto la amo. Y sé que no miento porque con ella no me hubiera importado que no conociera el código. Me gusta que tengamos algo tan cierto y hermoso. Que yo pueda agarrarla por donde quiera. Acariciarle el pelo, meterle la mano en los bolsillos, jorungar lo que tiene ahí, y que a ella le dé risa todo lo que yo invente. Eso es mejor que ponerte a buscar algo dificilísimo que hacer, para que alguien desconocido te quiera. Dice que va a llover y sostengo que todos estos días se ha puesto así y no ha llovido nada. Pero no discutimos por eso. Apostamos, ella a que llueve y yo a que si gano me abrazará bien fuerte, lo más fuerte e intrincado que pueda, yo le diré como, planeamos. Y si gana, la abrazaré yo, aceptando todas sus sugerencias, con tal que sea igual de fuerte e intrincado, conmigo dócil a su mandato. Lo que no vamos a hacer nunca más es algo como aquel silencio incómodo del primer día, en que por unos minutos no sabíamos qué hacer y a mí no se me ocurría nada mejor que preocuparme porque no todo estaba saliendo bien. Hasta que se me ocurrió y cesó el desencantamiento. A veces, aún con ella cerca, la sueño en un arrebato de gloria, y es tan hermoso ser querido por esta dama hasta en sueños, que me duele imaginar que un día pudiera cesar nuestro hechizo. Por supuesto, salgo al instante de esos dolores imaginarios, pero lo hago por respeto a mi tarea de líder de una liberación total, no porque considere infame o deshonroso sufrir por alguien como mi señora de los fulgores de arcoíris.

Los capitanes del norte son la vergüenza de América, lo darían todo por no defraudar a sus antepasados transoceánicos y reproducir entre nosotros la miseria moral y la ética guerrera de Europa. Los del Noble Sur no queremos esa parte de la herencia: constantemente hemos desenmascarado lo turbio que llega de allá, y descontinuado sus malos hábitos, sin negar que permanecen siendo nuestros abuelos. No vale olvidar que, en aquellas poblaciones del septentrión, la gente de la calle está haciendo un hermoso y esforzado trabajo por quitarse de encima a esos generales miedosos y diabólicos, y es nuestra hora de ayudar a ese vilipendiado pueblo en su emancipación. Cuanto hagamos aquí los del sur para mejorar la calidad de nuestra novedosa democracia y definir el ascenso de todos a la sociedad paradisíaca, ayudará a que los ciudadanos de las metrópolis del viejo mundo vean un camino noble y aprendan a deshacerse de sus verdugos locales.  No debemos fallar a esta hora de pulir los métodos independizatorios y salir de las centurias del odio y el horror entre hermanos, y venir lo antes posible al milenio luminoso y a la gloria soberana de la gente en esta tierra. ¡Qué vida! ¡Qué vida tenemos aquí, ya y por delante! Me agrada haber venido a concluir la tarea. Vienen venturosos días de cambios asombrosos en el gobierno de los pueblos, y es una inmensa ventura poder ayudar con el ejemplo. ¡Cada quien se hará aquí un líder de todos: sin echar un tiro! ¡Sin nuestro espejo no harían nada nuevo los europeos! Repetirían lo conocido: forjarían una Tercera o una Cuarta, hasta una Última Guerra Mundial. ¡No podemos fallarles: son nietos de nuestros ancestros! ¡Europeos cavilantes, ustedes, las poblaciones sin sus jefes genocidas, están llamados a defender a Rusia, que tantas veces los salvó de los bárbaros de Oriente, que después de Napoleón les puso la otra mejilla y tras el zarpazo del Fhurer, aunque les llegó al corazón de Berlín, a las pocas décadas declinó su derecho a imperar sobre medio continente, reconoció cuan tortuoso es vivir esclavizados a las tareas de defensa, y decidió preponderar haciendo amigos afectuosamente! ¡Ayudemos a que, con esta tercera acometida europea, venzan definitivamente las fuerzas de la paz y sea rescatado todo el viejo continente! ¡Napoleón, Hitler y la Otan han existido para que Rusia entienda que Europa es realmente bárbara, una región salvaje comandada por asesinos hereditarios, que de ella no hay ya nada más que aprender, y que Rusia está destinada a hacer la diferencia, a tomar la bandera cultural que Occidente pisotea siglo tras siglo, y erigirse en fuente de la paz terrena y cuna de la nueva civilización planetaria!  ¡Como premio por alejarse de las horribles y anticuadas costumbres de Albión, los eslavos encontrarán fraternalmente a los chinos, a los persas, a los hindúes, a los brasileros, a los turcos antimperiales y, junto a todos los latinoamericanos, a las recientes fabulosas creaturas del Caribe, nuestro Nuevo Ponto, la cuna cálida del Nuevo Mundo!

 

A Rusia le toca ahora devolver el brillo reflejado por Europa, aumentado al infinito. Invertir el espejo, en vez de captar luz entregarla. Producirla e irradiarla. Asumir su mayoría de edad ante un hermano mayor infantil e inmaduro, sumamente cruel. A Rusia le toca ahora adelantarse en el Conocimiento de Uno, que Europa se niega a reinventar, para resolver los problemas internacionales, y volverse la líder civilizatoria del nuevo milenio. Influenciar, alimentar, despertar la conciencia de los dormidos occidentales: es la hora de la madurez. Los rusos, que amaron el Oeste desde el principio, que imitaron hasta el cristianismo, que defendieron, con la vida, la cultura europea, ahora enseñarán a sus antiguos maestros a hacer La Paz. Menos mal que América les puede seguir dando el ejemplo, demostrando que el pueblo es el único capaz de salvarse a sí mismo de otra guerra imperial. En realidad, el viejo mundo, la vieja civilización es el infierno. Si se ve de cerca lo que han estado haciendo por miles de siglos, masacrándose para robarse las tierras, las mujeres, el oro, para imponerse cultos religiosos, defraudándose y, últimamente, encompinchándose para destruir a otros, sólo cabe un veredicto: no se equiparon para compartir el poder y deben aprender a hacerlo de manos de un experto y amoroso guardián del porvenir. 

 

¡Para dar fin a las religiones, hay antes que aprender a vivir sin miedo al misterio! Somos el misterio, el infinito es nuestro seno: podemos estar tranquilos en él. Tras tantos siglos de masacres fanáticas, es hora del dictamen reprobatorio: ¡Ninguna religión ha llevado calma duradera a ningún lado! ¡Hay que vivir sin ellas! Lo que hace falta es comprender, perdonar, estar cerca: en vez de separar, unir. Sobre todo, hay que dejar de lado La Biblia, que apoya las invasiones antipalestinas. Los nuevos códigos sagrados plantean que un conflicto termina cuando el más inteligente se sale. Yo me salgo primero que nadie, aunque Sai Baba ya dijo que no había religión que valiera más que el amor. Eso fue tan sabio como lo de Salomón: Córtalo por la mitad y llévate tu parte, y como lo de Jesse: Lánzale la primera, si no tienes nada que esconder. En el cielo no hay sectas ni libros sagrados que valgan, ni culto a la personalidad de nadie, ni enemigos ni dogmatismos qué defender. Todos, perdonadas nuestras flaquezas, somos igualmente merecedores de la gloria y de la vida eterna y de la felicidad que poseemos. Todo el que está aquí hizo sus méritos para recibir la delicia de poder dar amor a todos, que es a la vez un don y una recompensa, el reposo en los brazos de la Armonía. Aquí no hay discusiones. ¡Nadie se sienta atacado! ¡Por el contrario, váyase preparando cada quien y entre lo antes posible: cambie lo más aprisa que pueda y pase! ¡Cualquier otra gestión es distracción, pérdida de un tiempo más valioso que el oro, una mengua!

 

Converso con mi dama intentando persuadirla de que éste es el cielo. La prueba eres tú, le digo, y su presencia me convence más de que éste es ciertamente el lugar de los máximos galardones. Le doy otras: los sabores que más te gustan, la posibilidad de acariciarte con tu ser amado, los pies femeninos, que ya no son principalmente para sostenerte al caminar sino para lucirlos, desnudarlos en público, mostrar zapatos y sandalias como obras de arte integradas al cuerpo. Ella ríe, rebate. Cree que es un piropo. No me doy prisa. A medida que deja de sufrir, se está mudando –como todos-, se hace ciudadana de aquí. Me refuta con nuevos argumentos. ¿Cómo va a ser éste un cielo si aquí hay religiones en pugna, temores, cultos políticos sectarios, ejércitos, guerras y violadores? Yo comienzo por las religiones. Nosotros no tenemos ninguna, aparte del Amor. Entonces vivimos el cielo y los demás irán entrando poco a poco. Tú no tienes ejércitos, enemigos ni guerras. Eso te ubica en un lugar privilegiado adonde los demás están arribando según su ritmo cósmico. Entonces ella esgrime su arma más incisiva. ¿Cómo puedes llamar esto cielo si hay tanto dolor, miseria y hambre en el mundo? ¡Estamos rodeados, acorralados en un gheto! Mi respuesta es simple: Puedes acompañarlos con la emoción prisionera, sufriendo tú y lista para culpar y atacar agregando males en vez de soluciones y eso sería pervivir en el infierno; pero puedes despegarte emocionalmente. Madurar hasta el cielo: saber que están ahí pero no sufrirlo, ¡sino ayudar a que eso acabe!, y entonces habitar un mundo en progreso raudo hacia la solución, hacia la belleza definitiva, contigo en la vanguardia sin dolores de cabeza. Si, gracias a ti iniciativa edénica, el problema de la miseria ya tuvo un final feliz: eres la simiente de una redención que tiende a ser absoluta: eres el paraíso desde ahora. El cielo está contigo y ser feliz es la forma de expandirlo. Ella se queda serenamente pensativa, procesando los últimos insumos del universo en su máquina de transformar todo en belleza.

 

¿Dónde estará la gente que me vino a ayudar? ¿Y si no vinieron Buda ni Lao Tse, ni el negro King, ni el pequeño Alma Grande, ni el inmenso Malcolm? ¿Y si bajaron, pero se fueron a otros países? Es demasiado extraño no haberlos encontrado aún. ¿Y si no vine a comandar un contingente de héroes eximios hasta completar una proeza inaudita? ¿Y si vine fue a aprender a tener paciencia, a no frustrarme por andar solo y a no sufrir por no estar cumpliendo mis deseos más descabellados? La ilusión siempre irá adelante, es bueno recordarlo. ¿Y si vine a terminar de descubrir cómo calmarme y entender al instante, justo lo que le suelo recomendar a mi dama? Quizá siempre va a ser así: creo que vengo a hacer algo, y termino implantando otra cosa. Y quizá de aquí a 200 años llegue otra vez, haciendo magia, adelantado de nuevo, y una multitud termine adorándome y formando sectas en vez de aprendiendo ellos la magia por disfrute de la vida sin trabas. ¿Y si lo que me toca es ser un Ciudadano Libre común y corriente y es de esa manera como vine a cerrar el ciclo, y me corresponde representar un sencillo pero sabio personaje popular anónimo que conoce para dónde van las cosas y no se deja engañar ni desviar de la senda áurea hacia el futuro, ni por los enemigos de su patria, ni tampoco por su gobierno, y lo reconduce acertadamente para que no erre, pero no en una vanguardia reconocida públicamente, sino en la más calmada y esclarecida anonimia: un sencillo ciudadano despierto que no se deja acaudillar, que no endiosa a nadie ni forma sectas, y que de esa manera cuida al gobierno que se ha dado el pueblo? ¿Y si, por ser un espíritu atento, soy ya un comandante, junto con los otros millones de comandantes, efectivos o en potencia? Quizá no vine a dirigir a nadie. En ese caso, debo aprender a estar en los grupos sin pensar que las personas a mi alrededor deben ser como yo. Cambiar a ser como yo. Sin creer que estoy mejor aparejado y ellos deben amoldarse a mí. Todos los seres humanos tienen esa presunción, pero yo debo quitármela. Por mi bien y por eld e todos. ¿No era una presunción mayúscula mía ésa de esperar que estuvieran por ahí para que yo los jefeara? ¿Y si vinieron, pero para dirigir ellos también la operación global siendo cada uno un ciudadano libre y protagonista, un recto librepensador, desde su puesto de comando individual? ¿Y si aquí todos somos capitanes y es por eso que ningún taxista –y ningún jubilado ni casi nadie- te deja exponerle completa tu idea porque quiere dibujarte la suya? Quizá las expediciones comunitarias vecinales no ocurrirán como lo planeo, reuniendo y entrenando previamente a los expedicionarios, sino que están aconteciendo ya de alguna otra forma, más sabiamente elaborada por la vida. Y entonces estar aquí es, además de un premio, el comienzo de una exquisita y diáfana diversión sideral. Yo no veo a los promotores del cielo, pero quizá se estén formando entre los  niños o los jóvenes y en breve, en un futuro próximo, aparezca su eclosión y deslumbren con sus hazañas. Debo ver bien lo que está haciendo la gente. Es posible que mil gérmenes estén girando y combinándose por ahí, y que pronto la magia de la existencia propicie la aparición de centenas de miles, una gran legión de difusores de radio y tv que animen a la población a fundar enclaves del paraíso y se prenda la gran fiesta de la refundación. ¿Y si ya pasó todo lo malo que iba a pasar, o lo peor, y sólo toca consolidar la Verdadera República, la V República, como dice aquel poeta? Poco a poco se marchitarán los enemigos, a medida que aprendamos a ver a través de su miedo sin contagiarnos, y lo que viene es dejar los grandes desvelos y reconocer que eres una gota más en la revolución, que es una descomunal ola del vendaval global, de la acometida ecuménica en todo el planeta, pero algo muy pequeño alojado en el nivel local de nuestro globo, apenas un detalle en el universo. Quizá debo es ser un poblador ejemplar del paraíso, hallar un trabajo más productivo que el de temer desesperado un retroceso o una caída de las huestes revolucionarias, dejar de procurar agrupamientos defensivos y apuntalar mejor el amor de mi dama. ¿Y si para entrar definitivamente al paraíso debo volverme trabajador de algo que haga realmente falta y me dé total satisfacción, no por el ocio ni por la promesa redentora, sino por la belleza o la funcionalidad de lo producido, zapatos cómodos, bombillos eternos, naves todo terreno impulsadas por magnetismo? Quizá deba ser un labriego periurbano y cosechar avena. Un general retirado que se entretiene como campesino próspero junto a su dama. ¿Y si los demás ya están agrupados en una pléyade de avanzadores, donde cada cual luce como un solitario labrador erguido y glorioso? Los comerciantes, incluidos los buhoneros, no son trabajadores sino aprovechadores. Y los mototaxistas sobrantes practican una especie de cesantía subsidiada. Y eso de las esquinas calientes es inconcebible, grupos de activistas desmovilizados haciendo la revolución con la boca, cuando cada uno debería estar engendrando un vecindario líder, sembrando un conuco, fabricando champú, haciendo galletas, purificando agua para que los vecinos no tengan que comprársela a los mercaderes. Las alternativas son muchas: irnos al campo a sembrar, pescar, cultivar cachamas en las ciudades, confeccionar calzado sólo con insumos nacionales, o cualquier cosa que ahora se importe por desidia, por costumbre de hacerle caso a la tv. Lo que vale es distribuir alimentos junto a las comunidades, dentro de ellas, no contra ellas desde una emboscada acumulatoria. Debo especializarme y quedar colocado en un lugar donde muestre que es posible sobrevivir sin depredar. Debo iniciar mi traslado, realizar mi transferencia a una factoría o a un negocio del pueblo. Por ejemplo, uno donde nadie le gane a nadie por comerciar alimentos, y que esa labor se vuelva un trabajo social, un servicio público. Tener éxito en eso ayudará a que muchos quieran arreglar su propio traslado al Nuevo Mundo. Yo primero, en vez de esperar, trasladarme para que la ley entre por casa.

 

A lo mejor, eso era cuanto quería Jesse, que viniera a recibir este descomunal regalo de andar por aquí, ya libre de aquella tarea de dar muerte y también del ajetreo de buscar capitanes que reúnan gente para cumplir proyectos asombrosos que enciendan la fiesta iluminando el camino. ¡Ya la fiesta está encendida: cada quien es su comandante! Y me trajo para que goce vivir siendo un desconocido, la delicia de que nadie repare en mí al pasar, ni me quiera matar ni me culpe de los muertos ni de lo que supuestamente está saliendo mal, y para que disfrute las peripecias menudas en esta aventura de estrenar la cuna del cielo en la tierra. Por eso no me anticipó que en este viaje sería un hijo del pueblo, sin fortuna pecuniaria, sin títulos académicos, ni que estaría en la posición más desventajosa para comandar un contingente de principales. Si es que ya todos llegaron y están por ahí, gozando la vida plena, y me quedé de último por andar preocupado, ansioso, presintiendo y anticipando desgracias, tengo que enmendarme: dejar de negar lo extraordinario de lo que está aconteciendo. Por supuesto, seguiré trabajando en mis dispositivos maravillosos de acabar definitiva y bellamente con los imperios, es parte de la eterna poesía celestial, pero no hablaré más de ese asunto con todo el mundo en el Metro o en las plazas como un poseso. Y dedicaré más tiempo a agradecer lo que hacen los revolucionarios bisoños: mal que bien han luchado y vencido hasta hoy, no debería quejarme, ni dudar que el cielo los ayudará a permanecer incólumes hasta el arribo general. Todo esto es parte del plan divino. Debería tener la desfachatez de ver y declarar que Esto es perfecto, como dice aquel aeda en su bonita canción.

 

¡Claro que es así! ¡Jesse esta vez no vino haciendo milagros sobrenaturales sino cosas de hombre audaz e inteligente, susceptibles de ser emuladas por todos, para que cada uno se estimulase a hacerlo también! Y por eso no vine escoltado con Sucres y Urdanetas, Artigas reconocibles y un prodigioso San Martín: porque tengo que actuar sin regimiento. Igual que cada quien debe levantarse a sí mismo, unido a los demás por el espíritu, por la tarea única y los métodos sin mancha. Si aparece la vecindad modelo, no será porque alguien acaudille a los demás, sino porque una madurez social haga que las personas libres coincidan por iniciativa propia. Se acabó el amontonar gente y el seguir a otro. El que va atrás no es un ciudadano libre, es un cándido zombi, como los cristianos, que no son capaces de fundar un barrio sin comerciantes depredadores. Claro, los más sueltos ayudarán a los que estén rezagados en el camino, como siempre, pero no como modelos para ser repetidos, sino como estímulo entre artistas cotidianos que se inter influencian, entre próceres y descubridores normales. No como borregos, que cuando les falta el pastor se dispersan ante el lobo y los vuelven a joder. Ahora cada cual será un ahuyentador de lobos. Me tomaré más en serio averiguar si están todos por ahí –aquí o más allá, disfrutando el presente e irradiando de lejos-, asumiré el regalo de estrenar mi cielo sin religión –no ellos sin religión, sino yo sin más religión que amarlos-, sin temores, sin líderes principales comandados por mí ni cultos sectarios, mi mundo donde oigo una canción que dice “Cálmate mi niño, sólo faltas tú, ponte cómodo, niño impetuoso, sosiega tu ánimo, sólo faltas tú, vente de una vez… ”, y me acompañan todos asidos al coro sideral del universo, capitaneando cada quien su nave, quien puede risueña, si no, aprendiendo mansamente, en medio del suave bambolear de sus mentes aún semiacostumbradas a la ilusión cada vez más tenue y fugaz. Estaré más atento, acalmaré mi espíritu para entrar con los ojos del alma en esta nueva dimensión del eterno acontecer.  Seré un ejemplo de adaptación a la gracia del cielo, haga éste lo que haga. No habrá un Regimiento Libertador que se diga bolivariano: sería un partido más, una secta, una de las categorías que deben desaparecer para quedar todos transformados en Señores de la Unión, Ciudadanos de la Alegría. Menos mal que ahí viene María Luisa, como para recordarme que debo dedicarme más en serio a pasarla bien.

 

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