Sobre el crecimiento espiritual    

Programa 17    de La oposición Noble

 

 

Espiritual es lo no material. La dimensión inmaterial de la creatura humana, lo que hacen las personas dentro de su cerebro nuevo: el pensamiento de lo desconocido, pero también los sentimientos, las intuiciones, los estados de ánimo, las creencias, valores, ideas, fantasías, y el imaginario, las leyendas y los mitos, la producción cultural, las doctrinas y las teorías.

Cuando hablamos de crecimiento espiritual, nos referimos a un enriquecimiento en el ámbito de lo no material, a un cambio que trae mejorías, avances, logros significativos en ese ámbito, que traen como consecuencia una elevación de la calidad de la existencia de las personas y las poblaciones.

En nuestro caso específico, crecimiento espiritual se refiere escuetamente al salto del nivel de sobrevivencia ciega, o de la situación de bienestar o confort, que vela por uno o por muy pocos, al nivel estético de vida, que toma en cuenta a todos. Dicho con otras palabras, crecimiento espiritual es el cambio de la acción del nivel dividido, sea sumisa o rebelde, a la acción integrada, madura y feliz, autoelegida, ecológica. Entonces crecimiento espiritual es la conquista de la felicidad y la paz, el arribo a la armonía.

La revolución tiene entonces una dimensión espiritual, que implica un cambio radical que ejecutan los dominados en sus creencias y actitudes, en el manejo de sus sentimientos, en su percepción del mundo, y como resultado, la finalización de lo que rebajaba o indignaba y el alcance de una máxima plenitud.

El fin de la dominación es el aspecto esencial de la revolución, no sólo en lo espiritual, en todos los ámbitos, en lo económico, en lo político, en lo ideológico, en lo científico, y seguir a otro es la forma de dominación a ser prioritariamente trascendida. Ser seguidor es no desarrollarse como ser humano pleno. Permanecer como subalterno, aceptar que otro tiene un rango superior y no aspirar jamás a ese rango, es generar una injusticia. Considerarse una raza o una capa inferior que no tiene acceso posible a los privilegios de la clase superior, es establecer un sistema de castas, generar una partición entre la gente que dirige y la gente que va atrás copiando, repitiendo. Seguir es establecer una separación, una desigualdad estructural y una fuente de esclavitud. La revolución no consiste, solamente en que la gente toma el gobierno y apoya a una capa dirigente acompañándola estoicamente en sus errores. El problema central aquí es que cuando alguien acepta seguidores, establece para el futuro que el otro no va a crecer. Ya se le dio un puesto y eso establece un sistema. En vez de estar marchando cinco veces a la semana, el pueblo debería estar liberando sus barrios. Pero el dirigente revolucionario novato lo lleva a cinco marchas, una diaria. Quizá lo correcto sería hacer solamente una marcha y liberar un barrio por semana. Hacer la marcha, porque hace falta que se vea a la gente movilizada, sacar las fotos y que se vea el bulto, el volumen, la risa, los bailes, la joda. Pero durante esa misma semana hay que hacer el trabajo de fondo, el estructural, afianzar la liberación de los barrios donde vive esa gente que marcha y declarar libre aunque sea a uno, porque hace falta que el pueblo avance hacia el Primer País de la Armonía, que se haga poder, que haya poder popular auténtico.  Seguir religiones es otro aspecto de este mismo frente, pero le dedicaremos un capítulo aparte.

 

Ahora bien, el dirigente es quien tiene que activar que la gente sepa qué es lo importante. Pero el dirigente revolucionario novato no sabe qué es crecer, en los términos de dar fin a las dominaciones. Entonces no lo auspicia. Y cuando decide cinco marchas, establece que lo importante es tener seguidores. El dirigente reno no sabe siquiera que aceptar seguidores es dominar. Quisiera tener más seguidores. Quisiera que todo el país fuera seguidor. Puede hasta declarar que es necesario que el pueblo alcance una conciencia superior, pero no define los parámetros de esa conciencia superior ni la ejecuta en el presente, sino que decide las marchas: una flagrante contradicción. ¿Hasta qué punto el dirigente cree que la gente siempre va a ser seguidora? ¿Hasta qué punto está dejando el cambio de mentalidad en el pueblo para después de cincuenta, cien o dos mil años?

Activar que el otro crezca, es una tarea, y activar que el otro siga, es algo muy diferente. Son dos paradigmas, el de la liberación y el de la dominación mutua. Para promover crecimiento, el líder tiene que haber producido en sí mismo un cambio estructural (saber que es posible calmarse antes de actuar, resolver la angustia en un instante, dejar  de ser dominado por las imágenes durante la emoción, saber cómo opera el síndrome de temor al castigo, saber detectar los mecanismos de dominación y manejar los niveles de acción. Para promover el crecimiento de un barrio o la liberación de un liceo, es preciso saber discernir cómo una empresa comunitaria reproduce el capitalismo y cómo instaura una nueva sociedad, y detectar qué canción repite la estructura de la Muerte y el dolor y cuál la rompe y erradica). Si el líder ha profundizado a ese punto, entonces no va a querer  que la gente haga marchas todos los días sino que se va a esmerar en que la gente descubra, asimile, asuma este conocimiento y que acceda al poder de gobernar por sí misma cada comunidad, cada región y el país, y que pueda levantar su voz en las  cuestiones internacionales, para que pueda  deducir estrategias contra el neofascismo, en vez de seguir. Cuando el líder no tiene una teoría de la liberación ni un método, mantiene a los seguidores en su estatus de sometidos. Niega la potencialidad desarrollable del seguidor, lo castra. Su estado intermedio de conciencia y las vicisitudes de la gobernabilidad, lo llevan a volver al otro un seguidor, y a ser él mismo un opresor.

Todo ser humano, o al menos la gran mayoría, debe ser considerado apto para ejercer las mayores glorias del espíritu, ascender a la mayor elevación, al mayor desarrollo humano, al más sofisticado crecimiento psicológico personal. Y la labor de los conductores sociales es lograr que ese postulado se cumpla: eso es lo que justifica que se pueda hablar de democracia como gobierno de todos. Redefiniendo lo anterior: el papel del estado es facilitar que todos los ciudadanos desarrollen las mayores glorias del espíritu y usufrutuen la mayor plenitud de la vida. Impedir que los privilegios de eras pasadas se cuelen en el intento transformador –como ocurrió con la burguesía, que heredó de la nobleza el privilegio de dominar- y generen nuevos privilegios y desigualdades. Garantizar que todos tengan acceso a las mieles de la vida. Corregir las asimetrías en el acceso a esas ventajas y privilegios. Garantizar que se logre la democracia plena, el poder personal pleno de todos y su ejercicio público a través del poder popular

 

 Entonces, el activista no está ahí en la marcha porque “Vino un gran hombre y nos despertó y vamos a estar eternamente agradecidos y repitiendo lo que él dijo para darnos ánimo y agarrar pauta”. No. El activista social debe estar en su tarea de ciudadano en la vanguardia, porque todos estamos destinados a crecer. En ésa estamos. Cuando uno del pueblo responde ante el micrófono en una marcha, está creciendo. Antes se hubiese asustado y rehusado la oferta, porque antes se habría dicho, “campesino es bruto”. Su sociedad lo habría criado para inhibido político, para nulo. Para no líder. Pero en la democracia participativa, ya él sabe que nació para líder y eso lo lleva a decir bellezas como: ”El Comandante nos dejó el armamento, que es esta Constitución”. Algunas veces el soberano meterá la pata, otras repetirá, pero en la medida en que apuntemos a que desarrolle deducción autónoma, eso se logrará y de pronto, en diez años o menos tendremos una mayoría que no repita clichés, que hable con cabeza propia y exponga pensamiento original. El asunto es cómo hacer para que el liderazgo se plantee resolver el problema de que el pueblo crezca y vaya adelante en vez de solo apoyar y alcahuetear y salirse cuando se desengaña. Ésa es la pregunta.

La respuesta es sencilla: el liderazgo revolucionario chavista no va a resolver ese problema. Las vicisitudes de la gobernabilidad no se lo permitirán. La guerra multiforme es para eso, mantendrá a los líderes novatos a la zaga, a la cola del imperio, en su terreno, respondiendo con medidas coyunturales y no tendrán tiempo para el cambio cultural. El problema del crecimiento tiene que abordarlo y resolverlo, una élite nueva, que no esté ocupada en las tareas del gobierno revolucionario, y que se enfoque específicamente en el problema del crecimiento espiritual, del cambio mental, del salto a la conciencia superior.

Para enamorar a la población de la belleza, del ascenso espiritual, hay que darle rienda a todos los proyectos factibles, una telenovela de procesos tras otra, un festival tras otro, de las canciones de la tf, comics, novelas del futuro próximo, con los héroes del cambio mental y los vericuetos de la gesta, caricaturas, videojuegos altermativos de no matar, de no dominar sino unir.  Los recreadores  y los prescolares sin dominación. Todo eso es trabajo en el espíritu. Y, por supuesto, la forma canónica de ganar la batalla espiritual es fundar un bf y formar ahí a un contingente, resolver ahí todos los retos, alcanzar todos los aprendizajes requeridos para liberar uno a uno todos los barrios del país. Ése es el trabajo espiritual. 

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