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                                                     LA OPOSICIÓN NOBLE                             

                                                    

 Emisión #  21                                Las discusiones ciegas        

 

Hay un tipo de discusión en que cada uno cree que sólo él tiene razón, y que el otro sólo sirve para fastidiar, molestar, entorpecer el avance de la verdad absoluta. El otro quiere quitarte tu razón y tu derecho a ser el único de ambos que posee una verdad. En ese sentido, el otro es un enemigo y la discusión es una pelea. Una discusión de ese tipo se lleva adelante para dominar al otro y sólo tiene un final feliz posible, convencerlo. Y si el otro no queda convencido, se le culpa de la frustración que sufrimos. Cuando el interlocutor también cree que sólo él tiene razón, y que su contrincante está ahí para fastidiar, entonces ninguno oirá al otro, sólo esperará a que termine de hablar para lanzar un nuevo intento persuasivo. Ninguno se percata de que no es oído, de que el otro también tiene su modelo y que sólo ve ese modelo, el propio. Como para cada cual su modelo es lo único importante sobre la mesa, interrumpe al otro. Cada cual trata de agarrarse toda la conversación. Hablo media hora y, cuando el otro va a hablar, lo interrumpo para seguir en el uso de la palabra. ¿Por qué? Porque lo que va a decir el otro no me importa para nada. Lo único importante es lo que yo traigo, lo que pienso, lo que quiero imponer. Ese tipo de discusión es un intento descarado de dominación, un ejercicio autoritario frustarado. Porque cada cual quiere imponer y no lo logra. A cada uno le gustaría hablar sólo y que el otro acatara calladito. Y cada uno está tan convencido de que el otro dirá sandeces, que apenar comenzar a oírlo hablar se enfurece. Cada uno cree que quien defienda una posición contraria a la suya es un estúpido. Y quizá no sólo lo piensa y va y lo dice. Y si el otro está en la misma y es prepotente, autoritario, sectario y está totalmente convencido de su idea, y de la necedad del otro, entonces despreciará, ofenderá. Así que pelean. Es decir, la discusión ciega se convierte en lo que era en el fondo, deja de ser una apariencia de diálogo y muestra lo que en realidad era, una contradicción antagónica, un choque de trenes. Un choque de egos.

Un activista extremo tiene ciertas premisas inviolables, cinco o diez ideas que no está dispuesto a reconsiderar, menos a negociar y menos aún a cambiar por otras mejores. Para él no hay nada mejor que lo que éldescubrió, piensa y sostiene. Para los activistas extremos de la derecha, todos los rojos son corruptos, toda la gente en el gobierno está metiendo la pata y robando. Y lo primero que se robaron fueron las elecciones, de modo que el gobierno es ilegítimo y la única forma de sacarlos de ahí es matándolos. Porque s te inventas una política que los adverse (a los del gobierno), te amenazan primero, ydespués te matan (no tienen pruebas de asesinatos selectivos ni evidencias de desaparecidos, pero para ellos es igual de cierto). Todo el país está lleno de fosas comunes. Son tan ineficientes que destruyeron la economía del país, y la culpa también la tienen los cubanos, que los asesoran. No se puede hacer más nada, hay que tumbar la dictadura y empezar de cero. Esa es la Biblia para el activista extremo de la derecha

Para alguien de la izquierda ciega o extrema o súper sectaria, los de la oposición son traidores, vende patria, no se puede conversar con ellos. Alguien que no quiere a su país no merece el gentilicio, están atrayendo una invasión y hay que matarlos. El pueblo no aprende y hay que comandarlo, comprarlo, manejarlo mientras tanto, no te puedes dedicar al cambio de mentalidad, eso hay que dejarlo para después, para de aquí a unos cien años o más. Los que hablan de paz son contrarevolucionarios, es posible que hasta sean agentes de la cía. Aquí no se puede hacer más  nada: hay que matar a un poco de gente, empezando por los corruptos del gobierno.  Si dos de ellos, con esa pretensión de verdad absoluta y ese desprecio total por el otro y esas ganas de hablar solos y no dejar al otro decir sus “estupideces” (no dejar hablar al otro es una  forma simbólica  de darlo por muerto, de asesinarlo, es una efectuación del deseo de eliminar al otro, es negarse a ver que está ahí).

Si, con esa dotación de imágenes y sentimientos, ambos contrarios se ponen a hablar, terminarán como empezaron, enemigos, quizá más convencidos de sus premisas iniciales inquebrantables, de sus banderas y de la necesidad de matar gente. Ellos no se saldrán, pero los demás sí podemos dejar de enredarnos en discusiones ciegas y emplear la energía en otra cosa. Quizá en conformar una mayoría suficiente y, desde la alegría, reírnos de ese nivel, lo que ayudaría a que lo vieran críticamente y entonces, sí quisieran salir.

Conversar es otra cosa: es comenzar dispuesto a aprender algo, sentarse a descubrir sabrosamente, que es disponerse a cambiar, poner en la mesa lo que traigo para que se le vean las costuras, los errores y avanzar hacia mi meta. Y es ver lo que el otro trae y aceptarle lo bueno y rechazarle ló malo. Es reunirse con el otro para entender algo, para ampliar el panorama abarcado, para ayudar al otro a enriquecer su panorama con nuestras visiones, es andar juntos. Es una actividad radicalmente direfente a la discusión ciega, estructulalmente distinta, más social y disfrutable, más productiva y placentera.

Los activistas extremos no se vendrán a la transformación avanzada ni al nuevo país después de una discusión ciega. No vale la pena discutir con ellos. Intentarlo, es perder el tiempo. Ellos no están con ganas de entender, quieren imponer. Dominar. Matar simbólicamente. Si los dejáramos se matarían y nos llevarán a todos a ese despeñadero. Lo bueno del proceso social es que los activistas polarizados no son la mayoría. La mayoría estamos en condiciones de ver ese proceso, esa trampa y salirnos. Si los capaces de una discusión nutritiva, de un aprendizaje en el seno del grupo, de un avance en lo social y en lo ético espiritual, planteamos un plan coherente y comenzamos a realizar lo que ellos consideraban imposible, ellos se vendrán. Cuando los que conversan, dialogan, aprenden y cambien sin ofenderse, sin asesinarse, y si construyen lo que el activista extremo quería, pero no creía posible, entonces respetará las verdades ajenas, la vida, las posibilidades desconocidas del universo, se le abrirá el horizonte. Finalmente se vendrá, sin necesidad de discutir. Entonces conversaremos.

Una de las finalidades de hacer la oposición noble es ésa, lograr que la gente que, en la izquierda y en la derecha, dice que aquí si te opones te silencian y apareces con un mosquero en la boca –junto a los que dicen que no se puede hacer nada, que la gente no cambia de mentalidad por las buenas y que primero hay que matar a muchos-, sepan que están alucinando. Para que vean la realidad y dejen de usar esos argumentos. Los de la izquierda llegan ahí por su psicosis persecutoria, la tradición asesina de la humanidad. Desde su escalón de la historia, quedan ideológicamente convencidos de que una revolución sin sangre no es tal, y que hay que colorearla de rojo. Y los de la derecha, lo creen porque no tienen cultura política ni documentación histórica, muchos no saben lo que es realmente una dictadura, y sobre todo porque están informativamente mediatizados. Pero si no los detenemos con un ejemplo de que sí puede haber una oposición, destruirán este país, en su ingenuidad, en su desesperación inocente, en su ignorancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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