Campaña
antifascista
Comenzando
el mes de marzo de este año, antes del comienzo de la pandemia, escribí el
siguiente comentario: ahora lo reviso para ver si está anclado a las
ganas de que el gobierno rectifique, porque eso no es lo que me mueve ahora. A
estas alturas, ese empeño sería un defecto. Ya esa posición fue rebasada: ahora
es más diáfano establecer el discurso francamente en la producción de una oposición
noble sin los chavistas.
“Mientras no se convenza a los que, sin ser
fascistas, dejan que estos ganen, o los ayudan a ganar -muchos se ilusionan con ellos a la hora de
votar y luego se desengañan, los que se cansan de que la revolución sólo tenga
un candidato que se eterniza en el mando principal, los que se levantan cada
mañana esperando que todo cambie sin saber que la espera es una de las
operaciones que deben aprender a sustituir por acción despierta, los que se
dejan manipular por las redes-; mientras a estos ciudadanos no se los hale
hacia el lado amoroso de la contienda, los fascistas seguirán creciendo y
ganando terreno. Existe una amplia masa, con una conciencia o un humanismo
mayor que los fascistas, pero no están organizados ni tienen una alternativa
clara al eterno imperio y a la dominación. Mientras esta masa desorientada no
sea ganada para el proyecto civilizatorio profundo, estarán a merced de los
manipuladores de voluntades y alimentarán con su voto la pira de los fascistas.
Esto equivale a decir, mientras la revolución no convenza, mientras no sea una
alternativa clara y evidente frente al liberalismo, mientras no entregue una
ventaja insuperable, mientras no exhiba una belleza contundente, el fascismo podrá
cosechar voluntades entre la población y seguirá cobrando fuerza”.
Está bien. Ahora le agregaría: Tiene que haber un vuelco sorprendente, una labor prodigiosa, un sorprendente despertador de conciencia
debe ser activado, ya.
Ya sabemos que ni la
izquierda europea ni las revoluciones burocráticas son capaces de mostrar la
belleza esplendente que se necesita para generar esa nueva hegemonía
revolucionaria.
La rev tradicional tiene
su piso, sus límites, En V, no llega a seis millones de votos, pero se conforma
con eso. Ponderemos con cuanto orgullo se repite que el psuv es el partido más
grande de Latinoamérica. Una de sus trabas es el sectarismo. Los revolucionarios
tradicionales trabajan desde el deseo frustrado de que todos sean chavistas,
culpan al que no los sigue de traidor, lo consideran defectuoso, escaso,
equivocado. Esa falta de una conciencia revolucionaria profunda los impulsa a
no revisar su actuación y, a no mejorar, no aumentan su posibilidad de atraer a
los que tienen sensibilidad humana. Los ciudadanos que dudan, que están en el
medio y oscilan, necesitan algo más que sensibilidad humana para salir de las
costumbres de sumisión, para salir del hábito de dejar hacer, de dejarse
ilusionar, aunque sea para después desengañarse, necesitan razones de peso, y
los revolucionarios tradicionales no las aporta, porque no se están revisando
ni rectificando: en los urbanismos no se puede vivir, pero en ninguno los rev
han intentado un experimento de aprendizaje de solución acelerada de conflictos
comunes, hasta lograr una convivencia 100 % satisfactoria. Ni ha promovido la
evaluación de las comunas según parámetros de calidad de vida. Ni han propuesto
un concurso con sus premios para el que mejor logre la meta. El camino de la
rectificación está adornado con palabras y cerrado. Pero ellos prefieren
quedarse en sus límites. En Norteamérica, Sanders no gana ni las primarias
demócratas, por más sensato y razonable que es su discurso. En Venezuela, el
psuv jamás ha llegado a los diez millones. Y sabemos que dentro del voto por la
revolución hay un porcentaje de no chavistas, que no crecerá mientras no se los
toque de una manera especial, verdadera. Peor aun, si quien los toca es un
hábil Bolsonaro venezolano, podrían irse para allá, esa es su condición,
oscilar. Y si es tan hábil como para
llevarse a los que a veces votan por la revolución, con más facilidad se
llevará a los que a veces votan por el proyecto neoliberal, con o sin la
tarjeta electoral, a los Franchesqui o como se escriba.
Más fácil es realizar ese
trabajo ideológico construyendo portentos, Barrios Felices, Pueblos Bonitos,
Colegios sin Dominación. Ciudades del Amanecer, a fin de persuadir con los
hechos. Esos prodigios atraerían a los revolucionarios leales siempre, a los
sensibles de todo rango, a los cercanos al proyecto revolucionario y a los
tendientes al proyecto fascista, que en el fondo sólo quieren reglas claras,
salida de la indeterminación o el estancamiento, salida fuera de las medidas
burocráticas, y de los manejos superficiales, que no tocan la estructura. Si
son sensibles, se les puede tocar con un trabajo verdadero. Ése sería el mejor
trabajo ideológico. Ser serios. Hacer una revolución de verdad en un punto en
un barrio feliz, en un pueblo bonito, en un Colegios sin Dominación, en una
Ciudad del Amanecer y dar allí respuesta a las incógnitas planteadas por la
sociedad en crisis. Así como el gobierno mostró seriedad inicialmente contra la
pandemia, asimismo mostrar nosotros -quien quiera ayudar queda convocado- una
certeza absoluta contra el caos.
Fundar un primer Barrio
Feliz significaría abordar con estricta determinación el cambio de mentalidad,
la revolución íntima en cada líder, y demostrar la Nueva Sociedad con hechos.
Volvernos gente de paz. Dar la talla
allí donde el contingente revolucionario no la da. Burlarnos de la revolución
burocrática asumiendo el cambio estructural. Al decirles esto a los
revolucionarios tradicionales involucrados en el actual proceso. dirán “Eso ya
se intentó y no sirvió”. Pero el llamado es para los que están más libres de
prejuicios y cansancios de inicio. Porque lo que hay que hacer requiere de una
preparación, de un entrenamiento serio disolviendo el pensamiento mecánico.
Para comenzar, no importa
que sean pocos. Diez o veinte líderes que se lo tomen en serio, podrán avanzar
con el entrenamiento de un contingente mayor, y luego publicitar y reclutar a
la gente para hacer el experimento en vivo en una urbanización, y finalmente
entregarle los resultados a los que tengan ojos y sensibilidad. Así como la
seriedad contra el coronavirus ganó o está ganando muchas voluntades a favor
del gobierno revolucionario, asimismo la construcción del primer barrio feliz
atraería a muchísima gente que está en las filas de la revolución, pero
desilusionada, y a los activistas externos de tendencia izquierdista, pero
también a los que son opositores pero quieren salir de donde estamos hacia algo
que sea hermoso.
Si no escalamos hacia la
belleza existencial, hacia la trascendencia de la vieja mentalidad, si no
mostramos los nuevos caminos practicables, las innovaciones válidas, las
respuestas a la mano, si no inventamos, estaremos errando.
Cuando un primer país
salga de la duda, del área de prueba y error y se asiente en la armonía social
alternativa, entonces los revolucionarios de todo el mundo tendrán un método
preciso para acometer a cambio social, mostrar la belleza de la nueva sociedad
y reunir a sus mayorías en cada país. Con esa escalada a la conciencia por parte
de las mayorías sensibles, los fascistas de todas las naciones serán
derrotados.
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