Sábado 6 de noviembre de 2021:

Mis diez mejores momentos:

Pensé: “Los Vietnamitas nos trajeron comida –en vez de libros o folletos, como han hecho otros países cuando les ha tocado ser los invitados de honor a la feria- para picar durante la fiesta de ver los libros, porque saben la que estamos pasando, ya que ellos también estuvieron acosados, por el mismo imperio”, y fui feliz hasta la sonrisa pública y casi el llanto sentimental. Después noté que quizá es sólo la propaganda de un restaurante que ellos tienen aquí en Caracas.  Pero, ¿y si son las dos cosas? La verdad es que no importa. Fui muy feliz.

Me enamoré de una bailarina jovencísima, pero la olvidé al poco rato.

Descubrí que mis calambres son como sucesivas cuadrillas de combate que mando a hacerle frente a un peligro inexistente, inventado por mí, pero que ayuda a armar el choque, la parte culminante de esos dos inventos.

Y que pasar buenos momentos, abrazar a quien te quiere, enamorarte de las bailarinas así no las veas más y andar con algún arte, son una excelente cura, casi tan buena como reconocer la inutilidad de las órdenes defensivas.

Hoy varias veces vivencié cómo me aligeraba, soltaba peso durante un lapso, disfrutable como un viaje y llegaba a mi lugar de la armonía.

Uno de esos momentos, fue en medio del ajetreo y la espera casi desesperante en un andén del Metro.  De repente, no tuve en absoluto nada qué hacer ni motivo de padecimiento, obtuve un alivio majestuoso, un éxito total en la vida.

Me salí de otras cuantas trampas notables: estaba esperando y llegué a la nada, estaba pesado y regresé a la ingravidez y a la nada, estaba tratando de entender los calambres y supe que eso era fabricarlos. Saber lo que hacía, ver lo que estaba haciendo fue ya otra cosa: el otro mundo. 

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